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L'Osservatore Romano publicó reflexiones de psiquiatra y académico UC Imprimir
Martes, 17 de Septiembre de 2013 00:00


Bajo el título “Hacia una psicología sana: Por el diálogo con la recta filosofía y la teología”, el diario de la Santa Sede publicó un artículo de Pablo Verdier Mazzara, psiquiatra y académico de la UC, donde se señala que la psicología y la psiquiatría, por tratar directamente del hombre, necesitan más que cualquier otra disciplina científica, dialogar con una recta filosofía y teología. 

osservatore romano

El psiquiatra explica en el documento que, durante el Concilio Vaticano II, los Padres conciliares acuñaron la fórmula «psicología sana».

Un artículo que se refiere a la necesidad de que exista una psicología sana que se nutra de los principios de la antropología cristiana, fue publicado por el periódico L'Osservatore Romano. El texto, titulado “Hacia una psicología sana: Por el diálogo con la recta filosofía y la teología”, fue redactado por el académico UC Pablo Verdier Mazzara.

El psiquiatra explica en el documento que, durante el Concilio Vaticano II, los Padres conciliares acuñaron la fórmula «psicología sana»: “Con ella se referían a aquella psicología que no sólo no entra en contrariedad con las verdades de la fe y moral, sino que positivamente se funda y se nutre de los principios de la antropología cristiana. Desafortunadamente, la psicología y psiquiatría han seguido caminos que, en su conjunto, no son compatibles con aquellas formulaciones papales (cf. Juan Pablo II, Discurso al Tribunal de la Rota romana, 5 de febrero de 1987 y 25 de enero de 1988). Privadas del encuentro con la filosofía cristiana y la teología, estas ciencias humanas se ven tentadas a reducirse a ciencias naturales (Cf. Benedicto XVI, Discurso al grupo de trabajo de las Academias pontificias de las ciencias y las ciencias sociales, 21 de noviembre de 2005)”.

A continuación ofrecemos un extracto del artículo publicado en el diario de la Santa Sede.

La libertad humana. Una psicología sin alma espiritual, y que tenga por tanto una perspectiva materialista del hombre, ¿cómo explica, por ejemplo, la libertad humana? Ni el testimonio de la historia universal ni el de la Revelación nos permite dudar de categorías cívicas y morales como la responsabilidad, la culpa, el castigo, el mérito, el premio, la reprobación, etcétera.

¿Qué sentido pueden tener estas categorías si la libertad humana fuese pura ilusión? Sólo si la libertad humana es real y no ilusoria, serán reales también las categorías cívicas y morales antes señaladas. En caso contrario, llegaríamos al punto difícilmente sostenible de que la ciencia moderna habría desenmascarado la ilusión de libertad en la que la humanidad habría vivido por siglos, acrecentando con ello el conocimiento sobre la verdad del hombre, pero paradójicamente no constatándose con ello un crecimiento paralelo en su libertad; en esta situación, la verdad no nos haría libres.

Una psicología que niega la libertad, se automargina del conjunto de las disciplinas humanas que sí la consideran, y con ello se pierde la unidad de los saberes sobre el hombre. En tal caso, nos preguntamos, por ejemplo, ¿qué servicio puede prestarle una psicología sin libertad al orden judicial, a un tribunal canónico?; sin libertad, ¿cómo podría participar el paciente personalmente de su psicoterapia? La pretensión de una psicología científica, es decir, de una psicología que prescinda de las realidades humanas no verificables empíricamente, nos conduce a una «psicología sin persona».

Personalidad y madurez. Esta voluntad de existir como persona y de salvar el valor de la persona en sí misma, es un amor que asume y ordena los deseos parciales del hombre, ubicando e integrando sus respectivos objetos en un horizonte plenamente humano. En esta perspectiva, solo se verificará una personalidad madura cuando los deseos y dinamismos particulares queden referidos a un significado humano que trasciendan a sus respectivos objetos parciales, capacitando a la persona a superar sus gratificaciones parciales e inmediatas, poniéndolos al servicio de la dignidad y vocación personal.

Este amor que ordena las tendencias y deseos parciales no es una moldura sobreañadida y exterior que ejerce su influjo desde «fuera», violentando los «verdaderos» dinamismos del hombre, sino que es el factor que ordena las tendencias parciales poniéndolas al servicio de la persona toda, último sujeto de atribución de tales dinamismos. Quienes entienden la moral —que es el orden de los amores— en términos de ordenamiento extrínseco, no pueden menos que mirarla como amenazante y enemiga del verdadero desarrollo del hombre.

Este equívoco es un obstáculo que imposibilita un diálogo fecundo entre psicología y moral. La psicología necesita, pues, junto a una noción descriptiva de madurez psicológica entendida como aquellos comportamientos, afectos y logros típicos y propios de cada etapa de la vida, la noción de perfección moral, entendida como el recto orden de los amores según el cual el hombre se orienta a su fin último. La madurez y talla de una personalidad se mide pues por su connaturalidad afectiva con los valores verdaderos.

Para acceder a la publicación, presione el siguiente enlace:
http://www.larazon.es/damesuplementos/losservatore/2013-08-11_OSS/files/assets/basic-html/page9.html  

INFORMACIÓN PERIODÍSTICA
Virginia Soto-Aguilar C., periodista, msotoagu@uc.cl

 

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