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Letras de Humanidad. Escritos en honor a Francesco Borghesi Sgolupi María José Cot y Claudio Rolle (editores)
Escriben: Humberto Giannini, Luis Flores, Óscar Velásquez, María José Cot, Catalina Balmaceda, Susana Gazmuri, Antonio Arbea, Ignacio Muñoz D, Jaime Rosenblitt, Santiago Aránguiz, Joaquín Fermandois, Ana María Stuven, Nicolás Cruz, Claudio Rolle, Alexandrine de La Taille, Lucrecia Enríquez, Alejandra Vega, Olaya Sanfuentes y Juan Ricardo Couyoumdjian. Presentación del libro por Claudio Rolle En 1353, cuando Francesco Petrarca tenía 49 escribió una carta dirigida a Dionisio da Borgo San Sepolcro, de la orden de San Agustín y profesor de sagradas escrituras. En el encabezado de la misma, que fechaba en 1336, es decir cuando tenía 32 años, Petrarca escribía que trataba “acerca de ciertas preocupaciones propias”. En ella el humanista narra al sabio agustino de su experiencia en la ascensión al Monte Ventoso, en las cercanías de Avignon, trasmitiéndole parte de las emociones vividas para superar ese desafío personal que es la conquista de una cumbre. Luego de dar cuenta de las dificultades y el cansancio del ascenso, pero así mismo de la impresionante vista que corona ese esfuerzo, Petrarca relata que “Mientras contemplaba estas cosas en detalle y me deleitaba en los aspectos terrenales un momento, para en el siguiente elevar, a ejemplo del cuerpo, mi espíritu a regiones superiores, se me ocurrió consultar el libro de las Confesiones de Agustín, un presente fruto de tu bondad, que guardo conmigo en recuerdo de su autor y de quien me lo regaló y que tengo siempre a mano; una obra que cabe en una mano, de reducido volumen, mas de infinita dulzura. Lo abro para leer cualquier cosa que salga al paso ¿pues, qué otra cosa, sino algo pío y devoto podría encontrar en él? Por azar, el volumen se abre por el libro décimo. Mi hermano, que permanecía expectante para escuchar a Agustín por mi boca era todo oídos. Dios sea testigo y mi propio hermano que allí estaba presente, que en lo primero donde se detuvieron mis ojos estaba escrito: “Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los anchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas y olvidaron mirarse a sí mismos”. Me quedé estupefacto, lo confieso, y rogando a mi hermano, que deseaba que siguiera leyendo, que no me molestara, cerré el libro, enfadado conmigo mismo, porque incluso entonces había estado admirando las cosas terrenales, yo que ya para entonces debía haber aprendido de los propios filósofos paganos que no hay ninguna cosa que sea admirable fuera del espíritu, ante cuya grandeza nada es grande”. La carta, de tono íntimo y confidente, busca trasmitir a su amigo la intensidad de las experiencias de aprendizaje y reflexión vividas por el autor aretino en esa excursión a la montaña. Recuerdo este texto y en particular este fragmento de Petrarca porque hoy celebramos a otro nativo de Borgo San Sepulcro, cerca de Arezzo, que con sus años de docencia nos animó a emprender desafíos y a superarnos día a día. A mirar nuevos paisajes y descubrir otras formas de relieve. Exigente como pocos, ha sido reconocido por muchos de nosotros como un verdadero maestro que ha conducido con su ejemplo, sus ideas y sus lecturas la aventura de conocernos mejor y de desarrollar un espíritu critico y libre. Francesco Borghesi nos enseñó con su proverbial sobriedad y su luminosa agudeza a buscar el cultivo de nuestras propias capacidades, a enfrentar desafíos auto impuestos para conseguir desarrollar mejor nuestra condición humana, a apreciar lo que tenemos y a proponernos metas que nos hagan más libres. Lejano a toda retórica de superficie, es justamente la profundidad de su reflexión y la claridad de su comunicación lo que ha hecho un profesor extraordinario que permanece en el recuerdo de quienes tuvimos la fortuna de ser sus estudiantes, de quienes tenemos la suerte de poder estar aquí para agradecerle su generosa entrega y su presencia siempre sólida como referente. Fue por ello que al acercarse los ochenta años de don Francesco, como le decimos muchos, quisimos regalarle algo de lo que el sembró al invitarlos a ascender a las altas cimas y concebimos la idea de este libro con escritos dedicados a honrar a nuestro maestro. Se invitó a muchas personas y nos consta a los editores que fueron numerosos lo que vieron con simpatía la iniciativa y no pudieron participar por motivos varios. Pese a nuestros esfuerzos los tiempos se alargaron y ya ese cumpleaños pasó pero queda este libro de tributo a quién se ha convertido en un monumento de nuestro Instituto en cuanto nos parece una persona digna de recordar con frecuencia y que se ha convertido en algún modo en un mito para las generaciones que no lo tuvieron como profesor a raíz de nuestras referencias y citas. Hemos querido reunir justamente bajo ese título en un libro parte de esas inquietudes poliédricas que don Francesco en algunos casos gatilló y en otros, con su docencia y su ejemplo, estimuló. Se trata de un texto con muchas voces, con diversas experiencias y con acentos variados que sin embargo se aúnan en la voluntad de agradecer a quién en la mejor tradición humanista nos invito a cultivarnos en el estudio y en la libertad de pensamiento.
Palabras de Francesco Borghesi en la despedida de la universidad Católica Agradezco al director Patricio Bernedo y al profesor Claudio Rolle su bondadosa versión de mi vida académica, una prueba más del carácter subjetivo propio de la interpretación en historia, a la que habrá que tomar, como dicen los juristas, con beneficio de inventario. La publicación que se me entrega es un reconocimiento que recibo con mucha satisfacción pero con la duda de que vaya más allá de mis méritos. Es una distinción poco común en nuestro medio, que tiene, entre otras, la ventaja de evitar mayormente el panegírico y de conservar voces cercanas y afines en los artículos de apreciados colegas sobre temas de filosofía, ciencia política, literatura, y en numerosos otros escritos debidos a la pluma de ex alumnos de historia antigua y de teoría de la historia, de notable versatilidad y originalidad. En muchos de estos he vuelto a encontrar estilos y acentos de los viejos informes de lectura: lacónicos algunos, más prolijos otros, oceánicos unos pocos; y en cuanto a contenido, algunos descriptivos, otros críticos, unos cuantos polémicos, precursores del futuro estilo y estampa de sus autores. Un libro que significará para mi tanto el recuerdo de una amable despedida como de las personas con las cuales me fue grato convivir. Debo un especial agradecimiento a María José Cot y a Claudio Rolle, editores de la publicación, por su determinante esfuerzo en su realización, a la cual debieron destinar dedicación y paciencia. Se sabe que el tiempo y el lugar en que se nace condiciona, a menudo determina, nuestra postura hacia la historia. Pertenezco a una generación, como también la de mi padre, que ha sentido pasar demasiado cerca el estruendo de la historia; una generación que ha tenido que soportar en casi todo orden de cosas, el embate de cambios de tal radicalidad y extensión que han excedido en mucho la capacidad de asimilación y tolerancia que todo cuerpo de tradiciones puede sobrellevar. Cambios que para generaciones más jóvenes pueden parecer normales alternancias históricas, para los más viejos, que tenemos puntos de referencia más extensos, asumen el aspecto de un cambio de época como pocos en Occidente. Son los años de la caída de Europa, tras dos guerras mundiales, después de una primacía que se remontaba hasta Alejandro Magno; y son los cambios de este último medio siglo que no hay casi aspecto del pasado que no hayan alterado. Hemos terminado creyendo con Aristóteles que el Logos no habita en la historia y que ésta es el dominio de la contingencia. Empleando una bella frase de Flaubert, referida al lapso de tiempo entre Cicerón y Marco Aurelio, creemos vivir en una época en la que los antiguos dioses se han ido y los nuevos aún no han llegado; el tiempo en el que el hombre está sólo. Por todo esto no sabemos que moraleja pueda tener nuestra fábula. Al concluir mi tarea, deseo expresar a la universidad mi reconocimiento por la libertad y el respeto otorgados a mi trabajo; por la serenidad y la seguridad con las que he podido desempeñarlo; por la corrección del trato recibido por parte de autoridades, colegas y estudiantes; por la propiedad y decoro de su ambiente, tanto humano como físico; por los crecientes recursos académicos disponibles. Condiciones que esencialmente se han mantenido aún en situaciones difíciles y cuyo carácter excepcional mi experiencia en otros medios me ha hecho valorar mayormente. Al dejarla, puedo decir que la Universidad Católica ha constituido una etapa importante y positiva de mi vida, que me ha ayudado a precisar y a cultivar vocación e intereses, haciendo posibles nuevas y válidas perspectivas de pensamiento y de vida. Francisco Borghesi 30.9.2009.
(4 de octubre de 2010)
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