SOL SERRANO

Pasiones

Mientras culmina una investigación sobre la religión y el espacio público en el siglo XIX, la profesora del Instituto de Historia recuerda algunas de las obras que más la han influido, en su vida académica y personal. Obras que, como dice, la han seducido, dislocado, conmocionado, liquidado, que le han dado vuelta la cabeza y llegado al alma. A continuación, algunos de esos nombres y títulos, explicados por su propia y apasionada voz.

 

«Cuando decimos ‘formación’ [ Bildung] nos referimos a algo más elevado y más interior, al modo de percibir que procede del conocimiento y del sentimiento de toda la vida espiritual y ética, y se derrama armoniosamente sobre la sensibilidad y el carácter».

Wilhelm von Humboldt, Gesammelte Schriften VII, 1, 30.

 

Historia

«El personaje clave en mi propia vida historiográfica es François-Xavier Guerra (1942-1992). Tiene dos clásicos. Uno es México: del antiguo régimen a la revolución (Le Mexique: de l’ancien régime à la révolution, 1985; en castellano, Fondo de Cultura Económica, México, 1988), y el otro, Modernidad e independencias: ensayos sobre las revoluciones hispánicas (FCE, México, 1993). Su renovación consiste en que la historia deja de ser estrictamente institucional o de ideas, y pasa a ser social y cultural, en la cual las ideas están ligadas a las prácticas».
«Mi segundo gran amor es François Furet (1927-1997). Tiene un libro que me dio vuelta la cabeza: Lire et écrire, l’alpha-bétisation des Français de Calvin à Jules Ferry (con Jacques Ozouf, 1977). Ahí formula su famosa frase: quién quiere la educación. Y contesta: la Iglesia, el Estado y las comunidades. Y, al final, la alfabetización implica la formación del individuo, que es mi preocupación última: cómo surge la figura del individuo en Chile».
«Pero probablemente el más –como dicen los ingleses– dear to my heart es Philippe Ariès (1914-1984). Me disloca. Es el gran inventor del concepto de historia de la vida privada, que es una veta maravillosa: es la recuperación del sujeto, que estaba absolutamente ahogado en la historia estructuralista. Él tiene un libro, Historiador de domingo (Un historien du dimanche, 1980), donde revisa cómo llegó a sus temas, intelectual y biográficamente».
«De mi juventud: ningún estudiante de historia deja de llorar con Marc Bloch (1886-1944) y Lucien Febvre (1878-1956). Ambos eran unos grandes apasionados de la historia como una disciplina abierta y enamorada de la sociedad. Introducción a la historia (Apologie pour l’histoire, ou Métier d’historien, 1949; en español, FCE, México, 1952), de Bloch, es un poema. Y el que me hacía palpitar el corazón, que me moría, era Combates por la historia (Combats pour l’histoire, 1953; en español, Ariel, Barcelona, 1970), de Lucien Febvre, algunos de cuyos ensayos él escribe estando preso en la segunda guerra».


Literatura


«Soy un antihéroe en esta materia, porque empecé a leer muy tarde, en una familia en que se leía mucho. Tardísimo: a los 16. Me acuerdo de mi primera novela: Todos los hombres son mortales (Tous les hommes sont mortels, 1946), de Simone de Beauvoir (1908-1986). Trata de un personaje que no muere: el dolor de no morir, su propio cansancio. Ahí debo haber tenido el instinto, porque es una novela sobre la temporalidad: es el problema básico de la historia.
»Mi segundo autor, el de mi alma, el que me formó seriamente, fue Hermann Hesse (1877-1962). Empecé con Demian (1919) y ahí ya lo leí entero. Recuerdo Narciso y Goldmundo (1930): no podía respirar de emoción. Cómo no: puede ser la escisión más dramática cuando uno tiene esa edad. Yo era más Narciso que Goldmundo, pero con muchas ganas de ser Goldmundo. Hesse me cambió el color de los ojos. Ahí estaban todas las contradicciones humanas puestas con tanta belleza... Parecía que podían vivirse sin culpa».


Cine

«Me gusta mucho, y lo que más me gusta es que no tengo ninguna pretensión culta. Ninguna. La película que recuerdo que más me gustó es Women in Love (1970), de Ken Russell. Fue algo que me marcó mucho. No sé por qué. Por el amor de ella... Es la amistad de dos hombres, y cómo la mujer mira esta amistad.
»Sophie’s Choice (Alan J. Pakula, 1982) me liquidó. Y una de las que más me ha conmovido en los últimos años, lo reconozco, es Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, Clint Eastwood, 1995). Pero mi amor, mi amor, mi amor, por sobre los que dije antes, es Pedro Almodóvar. Tiene una mirada infinitamente humana y sus personajes son marginales, pero muy dignos. Es un gran humanista. Con nada me he reído tanto como con Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988). Pero supongo que la que encuentro definitivamente una obra de arte es Hable con ella (2002)».