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La reparación pendiente
Señor Director:
¿Cómo deben ser tratadas las culturas minoritarias como la mapuche o la rapa nui? ¿Debemos abogar por su protección, conferirle el derecho a gestionar su vida colectiva y darle recursos adicionales para evitar que naufrague, o, en cambio, debemos asegurar, nada más, los derechos individuales de los miembros de esos pueblos, dejando su supervivencia a la interacción social espontánea? ¿Por qué un indígena pobre debiera recibir más recursos que un proletario urbano? Algunas de estas preguntas son sugeridas y analizadas en el espléndido dossier que acompaña los veinticinco años de la REVISTA UNIVERSITARIA (N° 82). Examinar las respuestas más habituales a estas interrogantes podría ayudar a deliberar mejor este problema y, de paso, homenajear la publicación.
Por una parte, es posible sostener que lo que los pueblos indígenas necesitan es un mayor disfrute, por parte de sus miembros, de los bienes de la sociedad moderna. En vez de favorecer que quienes reconozcan un origen indígena se pongan al margen de la cultura dominante, hay quienes piensan que la mejor decisión sería hacer esfuerzos para que esos individuos se integren a esa cultura y aprovechen sus beneficios. Nada de esto significaría privarlos de los aspectos más relevantes de su idiosincrasia y de su historia. Provistos de derechos individuales y favorecidos por programas de discriminación positiva, esos grupos podrían, en el ejercicio de su autonomía, elegir la preservación de la cultura a la que pertenecen, educar a sus hijos en ella y asegurar, así, su pervivencia.
Por otra parte, hay quienes piensan que el precedente punto de vista reposa sobre ideas equivocadas acerca de la cultura y la sociabilidad humanas. Los bienes que aspiran los individuos no constituyen algo independiente de la cultura: ésta no dependería de la autonomía individual, sino de la existencia de una comunidad que la sostiene y la alimenta, y que, mediante sus diálogos y encuentros, ofrece un lugar en ella. Por eso, debe otorgarse a las culturas minoritarias un conjunto de derechos colectivos que sólo puedan ejercerse mediante la voluntad común de los miembros de esos pueblos. El derecho a ser educado en la lengua materna, por ejemplo, o es colectivo y se ejerce con programas educacionales y accediendo a la esfera de lo público, o equivale, simplemente, a una broma cruel.
Para quienes mantienen el primer punto de vista, la protección estatal de esas culturas –es decir, la transferencia de recursos públicos con miras a vigorizarlas y mantenerlas– sería una forma inaceptable de paternalismo –de desprecio–, que arriesga el peligro de sostenerlas en medio de costumbres arcaicas que han probado una poca capacidad adaptativa: una cierta inhabilidad para sobrevivir por sí mismas y mantener su identidad en medio de la abigarrada complejidad de la cultura moderna.
Los que, por su parte, abogan por el reconocimiento de los derechos colectivos a esos grupos, recuerdan que su condición actual no es fruto de una interacción espontánea, del mero ensayo y error con que acostumbramos a veces a concebir la historia. Hoy, la situación de esos grupos sería el revés de la que implicó la construcción del estado nacional (un proyecto de las elites del diecinueve para ampliar la ciudadanía mediante la fuerza y la letra, para erigir, por decirlo así, un público leal al estado). En el caso de los pueblos indígenas, se quedaron con el residuo de ese proceso: el saldo violento luego de que el proyecto del estado nacional resultó exitoso y llegó a término. Entonces, el reconocimiento de derechos colectivos compatibles con la autonomía no sería solamente una forma de subsidiar a esas culturas para que sobrevivan, o un paternalismo inaceptable, sino una reparación a la que tendrían derecho. A fin de cuentas, cuando todos reclaman un lugar en la esfera de lo público para sus creencias y sus ritos, ¿por qué no conceder lo mismo a quienes quieren reivindicar su cultura?
Walter Benjamin escribió alguna vez: «Tras todo documento de civilización se esconde un momento de barbarie». Llamó así la atención acerca del hecho de que los bienes de los que hoy día gozamos y nos enorgullecemos –la construcción de la nación, nada menos– tienen, a veces, rastros de violencia y de exclusión. Hacerse cargo de ellos –mediante las armas incruentas de la política democrática– es uno de los desafíos de una modernidad reflexiva, que en vez de hechizarse por sus logros es capaz, también, de reflexionar sobre sus pérdidas. Ésta es, desgraciadamente, una tarea que todavía está pendiente en nuestro país.
Carlos Peña González
Miembro de la Comisión
de Verdad Histórica y Nuevo Trato
Decano de la Facultad de Derecho, Universidad Diego Portales
La permanencia de Goic
en Huidobro
Señor Director:
Una vez más, tenemos que agradecerle a Cedomil Goic que nos conduzca hacia regiones poco exploradas de la poesía de Vicente Huidobro, en su artículo «Cuatro fórmulas para el poema creado» (REVISTA UNIVERSITARIA N° 82). Sus aportes no son recientes; recordemos que fue el primer crítico hispanoamericano en llamar la atención hacia la singular creación del poeta chileno, con la publicación de su estudio La poesía de Vicente Huidobro (1956).
Esta vez examina el empleo que hace Huidobro de la dimensión espacial y visual en el soporte gráfico del poema, lo que permite la puesta en escena de significantes no verbales, complementarios del lenguaje escrito. Desde luego que la crítica huidobriana ha hecho referencia a la dimensión aludida, pero hay que reconocer que ha sido poco explícita con respecto a las características del espacialismo, y más bien ha tendido a enfrentar este procedimiento como si el resultado fuera siempre el mismo tipo de poema. Goic hace ver, en cambio, que en el campo de lo espacial y lo visual es posible reconocer por lo menos cuatro direcciones distintas.
La primera es «el poema sugerente», en la que se omiten elementos sintácticos y la palabra cede el paso a elipsis o vacíos que el lector debe llenar. Después están los poemas de «estilo Nord-Sud», donde los signos de puntuación han sido eliminados y la disposición tipográfica permite que ciertos versos puedan leerse como si formaran una misma unidad sintáctica con otros, anteriores o posteriores. En reemplazo de la ausencia de puntuación, el poema usa las pausas naturales de la sintaxis oral, como puede verse cuando se comparan los textos «Alguien iba a nacer», de El espejo de agua, y «Âme», versión en francés del mismo poema. La tercera modalidad es la de los «poemas creados de 1917 y 1918», donde Huidobro incorpora palabras o versos enteros en mayúsculas e, incluso, escalonados. Dichos poemas se aproximan a la estructura del caligrama. Por último, están los «poemas pintados de Salle 14», que pueden describirse ya como caligramas, ya como invenciones cubistas.
Casi medio siglo después de que Cedomil Goic inaugurara el corpus de estudios huidobrianos en lengua española, vuelve a sorprendernos con un iluminador aporte sobre las distintas concreciones de la representación espacial y visual en la obra del gran poeta chileno. Al parecer, nuestra deuda con Goic es incesante.
Óscar Hahn
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