VERSO FRESCO: Juan Cristóbal Romero

El calibre del oído

Ferias públicas, comercio callejero, griterío, robos en la calles, vagabundos... ¿Suena conocido? A mediados del siglo XVIII, Santiago refulgía con estos signos de autonomía y esplendor popular. Ante ello, la elite aristocrática y política comenzó un proceso de dominación y control que desembocó en un profundo desinterés del bajo pueblo por la gesta de la Independencia.

Juan Cristóbal Romero nació en 1974. Es ingeniero civil de la Universidad Católica, está casado y tiene dos hijas. En su único libro publicado, Marulla (1998-2002) (Ediciones Tácitas, 2003), Romero mostró que para ritmos y rimas su oído se encontraba muy bien calibrado. En el terreno minado de la cueca, por ejemplo, exhibió incuestionable oficio. La iniciativa recibió un aplauso cerrado, tanto de lectores que gustan de las perfecciones formales como de aquellos que protestan contra la cantinela enviciante de la sílaba repetida. Los poemas que aquí presentamos no pertenecen a ese libro, pero podrían formar parte de él; su doble registro así lo indica: los momentos líricos, los breves parlamentos dramáticos.

Cristóbal Joannon

 


Una muchacha descalza

Sin verla pasar la intuyo.
Acaso por su andar como
descuidado y sin asomo
de estridencias. Un murmullo
–suave contrapunto– a cuyo
paso parece la casa
no inquietarse. Se retrasa,
luego apura. La presiento,
como un puro pensamiento
que sin verlo pasar, pasa.

 

Abre paréntesis

Pena me da que Rulfo no escribiera
sino un par de libros. Lo mismo
González Vera.
Y digo un par de libros
y no más, porque Vidas Mínimas
y Eutrapelia no cuentan.

Entonces me baja por escribir
sobre los pobrecitos míos,
como si fueran gentes
de Comala o Zapotlán o nacidos
en un cité de Talagante.

Los descalzo y hago hablar
más de lo necesario.
Eso hago.
Y lo hago pensando que así podré
engañar la pena que cargo
por lo que Rulfo no escribió.
Y lo mismo González Vera.

 

La Visitación del arcángel Gabriel

Orfandad del padre ausente que ve crecer sus hijas por fotografías
y se sorprende ante cada nuevo detalle,
aros que no había advertido, el arco revuelto y terrible de las cejas, la torcedura
de los pequeños labios que recuerdan el gesto de cierto pariente
irreconocible entre el alto de álbumes que componen su trunca genealogía: cuatro ramas secas
y mal injertadas en mitad de la espesura. Frutos no siempre comestibles.

Recientemente ascendido
–a punta de fregar sus codos con el tipejo ese que le ha
tratado con exceso de familiaridad–
una buena mañana de marzo parte a su oficina, para volver campante
en las postrimerías de diciembre,
lo mismo que si fuera la noche de un mismo día;
extrañado ante la visión de su hija con el pelo abundante,
balbuceando en sueños su mamma y su babbo,
con un acento
como de lengua que tomara en broma el pozo del universo.

Orfandad del mantenedor que a las perdidas cumple con darse de puñadas
en las costillas, para nomás hincarse
volver a los trajines
que manda su fingida soltería.

 

Yao Hsin Hsien ve llegar las primeras lluvias de invierno

Después de tantos malos días y peores noches
de trabajar sin sueño, con la mitad de lo que saque
pagaré los impuestos.
Con la otra mitad mis deudas.
Los meses venideros habremos
de contentarnos con las reservas del armario,
midiendo cada taza
de arroz, cada gramo de sal.
Y más nos valdrá ser felices y agradecidos en la estrechez
sin importar cuánto trigo se pudra
en los graneros del imperio.

 

Antonio Pigafetta
tras circunnavegar el globo

Quise habitar los muros de Vicenza
recién desembarcado y abatido
como estoy, Felipe, cándido juez

de los tercetos que compongo,
al pie del cielo enorme de un verano
–que tanto más enferma cuanto más

disipa sus costumbres el gentío–
retomando los metros que usted sabe,
comencé y por fuerza dejé olvidados.

Burgués de nacimiento y de costumbres,
heme aquí, vuelto a la rutina
del sabio que nunca fui, sin mujer

ni contagios, como no sea
por algún venial desliz que me otorgo
para atemperar el ánimo y la vena,

dedicando ocios y vigilias
a contar las sílabas de mi diario
lo mismo que si fueran los recuerdos

de lo nunca vivido, pero sobrevivido
a razón de robarle a mi rutina
burgueses bienestares. Heme aquí

envuelto en la saliva del gusano que soy,
ignorante si me valdrá la seda
de mis intentos, ganancias, favores

o un pulgar apuntando al suelo.