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El hombre no está en el centro del universo

Señor Director:

He leído con interés el artículo «Nuestro concepto del universo» de Alejandro Clochiatti (REVISTA UNIVERSITARIA Nº83). Se trata de una historia bien documentada que relata la evolución de la visión cosmológica del hombre en los últimos cinco siglos. Comienza con la primera gran revolución cosmológica copernicana que echa por tierra la visión geocéntrica para poner al Sol en el centro del universo conocido. Continúa con la segunda gran revolución que ubica al sistema solar en la periferia de una galaxia constituida por miles de millones de otros sistemas estelares.

La tercera gran revolución cosmológica está muy bien documentada y describe con detalle los trabajos de Albert Einstein y Edwin Hubble que culminaron sacando a la Vía Láctea del centro del universo y ubicándola en un lugar cualquiera entre medio de millones de otras galaxias. Este descubrimiento vino acompañado además de la gran revelación de que el universo ha estado en expansión por miles de millones de años a partir de un impulso inicial llamado Big-Bang. Si bien el artículo no lo menciona directamente, la hipótesis de que el universo no ha existido por siempre sino que nació en un momento definido fue confirmada posteriormente por dos observaciones independientes: la radiación de fondo cósmica descubierta en 1963 por Arno Penzias y Robert Wilson, y la medición precisa de abundancia de elementos químicos primordiales (hidrógeno, helio, deuterio y pequeñas cantidades de otros átomos). Estas observaciones constituyen pruebas fehacientes de que el Big-Bang tuvo lugar hace unos 14 mil millones de años atrás.

El texto procede a contarnos los sorprendentes descubrimientos astronómicos de los últimos diez años que condujeron a la cuarta gran revolución cosmológica. Con la propiedad que le confiere haber sido uno de los protagonistas de estos hallazgos, el autor nos revela que el universo no sólo está en expansión sino que cada vez lo hace mas rápido, debido a una misteriosa fuerza antigravitacional. Culmina prediciendo cuál será el futuro del universo dominado por esta enigmática energía del vacío.

Esta apasionante historia intelectual de los últimos cinco siglos estimula la reflexión y lleva a preguntarnos qué impulsó la expansión inicial del universo y si es necesaria la intervención de un creador. Si bien la ciencia contemporánea no da respuesta a esta profunda pregunta de carácter filosófico, sin duda que nos seguirá deparando sorpresas y conduciendo a nuevas revoluciones cosmológicas que nos hagan comprender mejor nuestros orígenes cósmicos.

Surge otra reflexión que tiene que ver con el lugar que el ser humano ocupa en el universo. A pesar de habernos afanado por muchos siglos en creer que el hombre estaba en su centro, Johannes Kepler, Galileo y Hubble nos enseñaron que el ser humano no vive en un lugar preferente de él: la Tierra es uno más entre nueve planetas de un sistema planetario, el Sol es una estrella común como miles de millones de otras estrellas de nuestra Galaxia, y la Vía Láctea es una galaxia como tantas otras. La última gran revolución cosmológica nos enseña que hay una misteriosa energía que acelera la expansión del universo y que esta energía constituye la mayor parte de toda la energía del universo. Podemos ver, entonces, que el hombre no sólo vive en un lugar cualquiera del cosmos, sino que está hecho de átomos que no juegan un papel importante en la dinámica del universo.

Mario Hamuy,
Hubble Fellow, Carnegie Observatories

 

El primer astrónomo chileno

Señor Director:

He leído con atención el artículo «Cuatro siglos de astronomía en Chile» de los profesores Hernán Quintana y Augusto Salinas, aparecido en el dossier del número 83 de la REVISTA UNIVERSITARIA y querría agregar una aclaración a la referencia al soldado Pedro Cuadrado Chaviño (pág. 51), el primero en hacer observaciones astronómicas en el país.

En su Historia de la ingeniería en Chile (Imprenta Universitaria, Santiago, 1944, Tomo III, pág. 23), Ernesto Greve escribe:
«En la carta que Pedro Cuadrado Chaviño dirigía al soberano español, fechada en Valdivia el 20 de marzo de 1582, exponía sus quejas y dudas sobre el cumplimiento de las órdenes recibidas de las autoridades de la metrópoli para la observación de los eclipses:

»‘E agora de nuevo ultimamente se me ha mandado observar el eclipse de la luna y sus sombras, que ha de ser a los 19 de junio deste año de 82, lo cual sería contra orden de naturaleza por ser aquel día conjunción de la luna y el sol, y es cosa infalible no poderse la luna eclipsar sino en el plenilunio, ni el sol sino en la conjunción suya con la luna el cual orden no se ha pervertido despues de que el mundo fue criado…’».

Es evidente que para hacer esta aclaración, Cuadrado Chaviño debía estar familiarizado con los principios generales de la cosmografía, disponer de un almanaque astronómico y conocer su uso práctico. Como lo anterior era poco común entre los conquistadores, se puede concluir que por sus conocimientos astronómicos era el encargado oficial de efectuar este tipo de observaciones, lo que explicaría, también, la frase inicial del párrafo de su carta que se transcribe.
De Pedro Cuadrado Chaviño, protoastrónomo chileno, solamente se cuenta con los datos biográficos que él mismo indica en la carta arriba mencionada. Pasó a las Indias en 1551 y a Chile en 1559, sirviendo «en lo que por los gobernadores le había sido mandado». Se avecindó en la región de Valdivia y es autor de la crónica «Descripción de Valdivia y provincias de su jurisdicción» (véase Medina, José Toribio: Diccionario biográfico colonial de Chile, Santiago de Chile, Imprenta Elzeviriana, 1906).

Miguel E. González Polanco
Santiago

Independencia, indiferencia

Señor Director:

El historiador Leonardo León, en su artículo «El pueblo vencido» (REVISTA UNIVERSITARIA Nº83) nos lleva de viaje por el Santiago de 1760, con sus «ferias públicas, comercio callejero, griterío, vagabundos y robos en las calles». Su hipótesis de que la activa autonomía económica del pueblo en la segunda mitad del siglo XVIII fue coartada y dominada por la naciente elite criolla, en alianza de los poderes coloniales, presenta un muy interesante punto de vista para entender la relativa indiferencia con que el pueblo asumió, años después, el proceso independentista.

Este artículo, que camina por la marginalidad del proceso, de las personas que lo componen y de los productos que venden, se inscribe dentro de la óptica de la historia popular y del mundo obrero. El fino análisis de la situación político-legislativa, la primera parte de lo que León Solís llama «el proyecto aristocrático de dominación», desarrolla un ideario del poder que llegaría a su máxima expansión durante la independencia. El segundo acto corresponde a la ‘dominación económica’ que emprende la elite al intentar –y lograr exitosamente– «la desarticulación sistemática de su aparato productivo [que] permitiría la transformación de la amplia masa mestiza en un conglomerado subordinado a los dictados del capital, en beneficio de la apertura comercial del reino y la implantación de un modelo económico basado en el trabajo asalariado».
Queda por descubrir lo que, espero, sea la segunda parte de este artículo, que analice la situación internacional, con las reformas borbónicas, la expansión del ideario revolucionario francés, la naciente revolución industrial inglesa y sus lejanas –o tal vez cercanas– repercusiones en estas colonias.

Fernanda Hevia Kaluf
Historiadora y periodista, FLACSO-Chile

La emancipación y la provincia

Señor Director:

Leyendo el último número de la REVISTA UNIVERSITARIA he descubierto varios artículos muy atractivos. Quisiera, sin embargo, destacar uno en particular, aquel del profesor Leonardo León titulado «El pueblo vencido» (Nº83). Lo considero ameno, ágil y tremendamente ilustrativo de una época muy desconocida de los tiempos de ayer: de aquellos que nos permiten entender, en no pocas oportunidades, los tiempos actuales. Para quienes somos provincianos, nos permite reflejar «algo más» que la centralización convertida en clave del protagonismo capitalino, en «línea fundamental» y quizás «única» (¡!) fuerza motriz del independentismo de aquella época. El relato de León demuestra que había algo más, y converge con las ilustraciones preliminares que tenemos de la situación en nuestra región.

Valga, por tanto, pedir que se reincida con temas de tamaña significación. Lo agradeceremos, por invitarnos a promover la apertura de espacios para pensar el país real.

Reinaldo Demetrio
Economista, Concepción