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CIUDADANÍA CORPORAL Y MEDIÁTICA Cristóbal García | Master of Science en Media y Communication en el MIT Libros, seminarios e investigaciones han tratado de dar respuesta a fenómenos como la desafección ciudadana, la despolitización, la apatía, la crisis de los partidos o el «no estar ni ahí». A quince años de que asumiera la primera administración de la Concertación, aún se ven esos síntomas. De hecho, después de cada elección, asistimos a sesudos análisis acerca del «mensaje de la gente», que muchas veces se acompañan de discusiones sobre la calidad de nuestra democracia. En el ring político, se cuestiona el legado de cada sector y el trabajo específico de administraciones, parlamentarios y alcaldes. Lo que no se pone en duda, sin embargo, son los instrumentos, preguntas y variables que dicen medir cuánto valoramos los chilenos a la democracia, a los políticos y a nuestras instituciones representativas. Lo que entiende el debate público y académico por democracia, institución representativa y ciudadanía es también parte del problema. Si no revisamos ese marco conceptual y sus circunstancias históricas, corremos el peligro de Sísifo en Grecia, cuando trataba una y otra vez de subir la piedra a la cima del monte, mas ella siempre volvía a caer: se intentaría mejorar la participación política por los mismos canales de siempre: educación cívica en los colegios, campañas, estudios o iniciativas en el Parlamento. Sería más de lo mismo y, probablemente, con similares resultados. No creo que aquellos caminos estén equivocados del todo, ni tampoco pretendo sugerir en estas líneas una nueva partida desde cero. Creo en las genealogías del pensar: el discurso y la acción. Pero, a veces, es bueno remover el polvo debajo de la alfombra y cambiar la posición de los objetos en nuestro espacio doméstico (y político). Quizás puedan aparecer nuevos aires o algo escondido. Promesas incumplidas Primero, la crisis de legitimidad política es un problema global. Dos tercios de la población mundial, según Gallup, siente que no es gobernada según su propia voluntad (the will of people, base de la democracia). Eso pasa en Francia, Alemania, Gran Bretaña, Italia, Estados Unidos y en gran parte de los países latinoamericanos. Escandinavia es una de las excepciones. Contrariamente a lo que a veces se interpreta después de las elecciones o encuestas sensacionalistas, la crisis (desafección) representa un rechazo a la maquinaria político-institucional-partidista, pero no a la vida en democracia ni a la esfera pública. Todavía más, esos rechazos, si bien se manifiestan e interpretan según el paradigma de la política institucional (la «política tradicional», según la jerga popular), tienen una dimensión más profunda, pues conectan con construcciones de sentido en la vida privada, social y mediática de las personas. ¿Por qué la gente desconfía cada vez más de su clase política? ¿Qué le sucede a la polis democrática en tiempos de la economía en red, el capitalismo avanzado y la creciente intermediación tecnológica? Si bien hay variables regionales y excepciones, se puede observar una tendencia en buena parte de los países desarrollados y en desarrollo. Esto tiene que ver –y aquí sigo al prominente sociólogo Manuel Castells– con una crisis de gestión derivada de una creciente tensión entre las redes globales de capital que coordinan los flujos financieros, por un lado, y los estados naciones y gobiernos regionales/locales que tienen que hacerse cargo de los asuntos públicos y prácticos de su gente1 . Los gobiernos se deben a su público pero tienen las manos cada vez más atadas debido a su condición de nodo en la red global (y a la posibilidad real de ser desconectados). Lo que los gobernantes pueden hacer y lo que los ciudadanos pueden controlar es cada vez más indirecto, mediado y diferido en el tiempo. La gente espera lo que se le promete, pero eso nunca llegará. No es mala fe de los políticos, sino una condición estructural de las sociedades globalizadas económicamente. Como es de esperar, todo esto genera crisis de legitimidad. Participación extrapolítica Pero también hay energías de creación de sentido y significado en constante expansión. En el mundo y en Chile, a la par con este proceso de desafección y tensión global-local, se han ido construyendo nuevas identidades y comunidades que llenan el vacío dejado por la políticas al retirarse del centro de la sociedad: tecnócratas, raperos, grupos con responsabilidad social y ambiental, actores y farándula, nuevos emprendedores, liberales, regionalistas, fundamentalistas, líderes y comunidades locales, indigenistas y grupos minoritarios, gays y lesbianas, fans, computines, telespectadores, consumidores... Todas estas formas periféricas serán cada vez más centrales, pues acogen, hablan y responden a las particulares experiencias de la vida en sociedad. Este tipo de política constituye una de las fuentes de la crisis de la legitimidad política, al proponer criterios y alternativas de construcción de sentido, autenticidad, goce, cercanía, intimidad, efectividad, lenguaje y sintonía con la vida cotidiana. Será, pues, tarea de las instituciones y de los nuevos líderes escuchar estas demandas y, quizás, redefinir la oferta y comunicación política así como los espacios posibles de participación. En un mundo que se vuelve complejo, abstracto y distante, aquellos que ofrezcan «espacios de experiencia» de manera consistente –ya sea ¿De qué desafección estamos hablando? La subpolítica produce nuevas maneras de participar y de relacionarse interpersonalmente. Dos dimensiones de estas formas emergentes me parecen particularmente interesantes: la urbana y la mediática. Por cuestiones de espacio, sólo mostraré algunos de sus aspectos más relevantes. 1. La ciudad: nuevos encuentros entre extraños Estos son tiempos de renovación urbana: en proyectos como Transantiago, que pretende integrar el transporte público (REVISTA UNIVERSITARIA N°78); la Costanera Norte, que estimula aún más el uso del auto privado (ver artículo en este mismo dossier); la nueva extensión del Metro hasta la Quinta Normal, que hace converger distintas comunas en un parque público; las iniciativas de repoblamiento y renovación de barrios fomentadas por la Corporación para el Desarrollo de Santiago, entre otros, lo que está en juego es un cambio cultural y, por lo tanto, se afecta al ciudadano y su relación con los gobernantes. Muchas veces se esgrime, de manera un tanto determinista, que dada nuestra historia cultural nunca vamos a confiar en un extraño, en alguien que no conocemos y que no nos ha dado nada. Luego, dice este argumento, confiar en objetos lejanos está fuera de nuestras posibilidades históricas. Es cierto que la confianza en las personas e instituciones (con la excepción de la Iglesia, la televisión y los carabineros) es baja en Chile y en América Latina. Pero también es cierto que ha variado dependiendo del bienestar (well-being) de las personas.2 Y puede seguir cambiando positivamente si se diseñan no sólo políticas sino experiencias en la ciudad que incrementen las interacciones con los extraños. Como ha observado Richard Sennett, el diseño de espacios «porosos» que permitan el encuentro de comunidades extrañas, periféricas o simplemente ausentes, vitalizan la democracia vivida por la gente y no sólo las meras formalidades del discurso.3 Metros y trenes integran las distintas texturas de una ciudad de una manera no sólo eficiente. Otro ejemplo: es muy diferente instalar un almacén en el centro de un barrio que en el «borde» o límite entre dos comunidades. De los proyectos nombrados para el caso de Santiago, todos, salvo la Costanera Norte, e incluyendo los polémicos malls, van en esta dirección. 2. Los medios: un cinismo vigilante Los nuevos medios no nos pueden nublar la complementariedad que existe en el paisaje mediático, las novedades, transformaciones y experiencias que sustentan la ciudadanía a través de una pantalla. En el mundo y en Chile, la televisión es todavía el medio principal: es el que se ve con más frecuencia y al que se le deposita mayor confianza social. Otro fenómeno que se repite es la emergencia de la política del escándalo. Bien lo sabemos en Chile con los recientes casos de corrupción, pedofilia, excesos y coimas que se han ventilado: de la esfera pública al hogar del televidente. El efecto, creo, es paradójico: por un lado se le entrega conocimiento al ciudadano y, con ello, una suerte de accountability (control) sobre sus instituciones. Pero al mismo tiempo se estimula el círculo vicioso de la política mediática: los medios construyen eventos y escándalos (diferencias que hacen una diferencia), lo que produce una tendencia a la destrucción de las personalidades y finalmente se generaliza al resto del espectro político a través de un proceso social, no mediático. Es por ello que hemos visto surgir liderazgos extrapolíticos y extrapartidistas, que se alejan, cínicamente, de una actividad supuestamente contaminada. ¿Qué pueden ofrecer los medios para crear más ciudadanía en este escenario de apariencias mediáticas? ¿Educación cívica o más cinismo? Me inclino por más cinismo, pero uno inteligente, un escepticismo vigilante que remueva los lugares comunes y las construcciones de «eventos» y «escándalos»; que nos ponga otros marcos interpretativos. Que destruya y reconstruya las personalidades y los estilos. Una suerte de cinismo contemporáneo que interprete las historias colectivas, los significados y lenguajes que compartimos como chilenos, haciéndonos reír y educándonos al mismo tiempo. En definitiva, es el edutainment (la contracción de education y entertainment) político. En el mundo y en Chile se observan casos interesantes de edutainment político y social en programas de televisión (The Daily Show y Real Time, en EE.UU.; Caiga quien caiga, en Chile, Argentina y España, donde fue censurado), periódicos (The Clinic), páginas web de noticias (The Onion) y muchos blogs (especies de diarios murales en internet), como Slashdot.org (una suerte de open source de noticias creadas por ciudadanos). En todos ellos, la sátira, la conversación y la creación de significado son los encargados de «traer nuestros mundos a la mano» y hacernos conscientes no de datos, fechas o información, sino de nuestros contextos compartidos, límites sociales y lenguajes cotidianos. El humor es y será una potente arma política, pues desafía al poder y remueve los contextos de interpretación. Además, puede evitar que el público de las democracias liberales se quede dormido; es educativo y podría incentivar a los muchachos a votar, como sucedió con la campaña Rock the Vote de la cadena MTV. Si no pasa esto, al menos los invita a conversar sobre la polis, entre risas, y los mantiene atentos.
Citas 1 Castells, Manuel: «Grassrooting the Space of Flows», en Wheeler, Aoyama y Wharf (editores): Cities in the Telecommunication Age: The Fracturing of Geographies, Routledge, Nueva York y Londres, 2000.
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