NERUDA 100 AÑOS

ENTREVISTA A PABLO NERUDA

Tres edades del poeta


En estos días, cuando estamos a punto de padecer ‘hipernerudemia’ aguda, vale revisar esta entrevista que concedió Pablo Neruda al periodista Carlos Wilson en 1965, cuando la bulla era bastante menor. La conversación repasa tres momentos capitales en la vida de Neruda: la adolescencia sureña, con sus contactos naturales y primeras influencias; la soledad de los difíciles años como diplomático en el Oriente, y el entusiasmo, la amistad y la acogida de España y su Generación del 27, antes de la Guerra Civil.

 

Era el 9 de junio de 1965: en el mundo comenzaba a avizorarse el movimiento hippie, mientras en Chile gobernaba Eduardo Frei Montalva y su revolución en libertad. Años después, el sueño de las flores sucumbiría a su inocencia –Vietnam mediante– y en Chile los conflictos políticos llegarían a su clímax con el golpe militar. Un par de años antes de ese 11, Pablo Neruda recibía el segundo Premio Nobel para un chileno: era la coronación de su carrera.

Pero en junio de 1965 el poeta todavía no gozaba del alboroto mediático que provocó su premiación; aún podía sentarse, tranquilamente, a conversar. Eso es lo que se escucha, al menos, en esta entrevista realizada por el periodista Carlos Wilson. La voz pausada y melosa del poeta se encontró con la entonación grave y amable de Wilson, en esta reunión que se grabó en los estudios de la BBC de Londres, cuando Neruda visitó esa capital para recibir el grado honorífico de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford.

Neruda ya había publicado sus obras más celebradas y gozaba con sus caprichosos gustos. En la introducción a su entrevista –retransmitida por Radio Beethoven en 1983–, Wilson habla de los almuerzos del poeta, de sus conversaciones informales y nada sesudas con estudiantes ingleses, de sus merodeos en las ferias para completar sus colecciones con algún sofisticado objeto. El intercambio entre ambos fue un «intento simultáneo de autobiografía y antología personal». Se han omitido los poemas; se expone sólo el registro, los recuerdos, las anécdotas y las reflexiones de Pablo Neruda frente a su interlocutor.

Ese paisaje del sur de mi país

—Los recuerdos de su infancia, don Pablo, siempre han tenido una gran importancia en su poesía. ¿Qué podría decirnos usted acerca de sus primeros años en el sur de Chile?

—Bueno, usted sabrá, tal vez, que yo nací en el centro de Chile, en la zona del vino, de las uvas, en la zona más privilegiada por la naturaleza nuestra. Mis padres emigraron al sur de Chile y fueron pioneros en la construcción de la ciudad de Temuco. Yo pertenezco más bien a esa geografía del extremo sur de Chile, que comienza por esa latitud y termina en la Patagonia y en la Tierra del Fuego. Mi poesía sigue perteneciendo, a pesar de mis viajes por el mundo, a esa zona, que subjetivamente y físicamente impregnó la primera edad de mi poesía y mi formación de adolescente. Yo creo ser y he continuado siendo un poeta provinciano... Un poeta provinciano en el sentido de que soy un poeta local, de una región, de un continente, y al mismo tiempo de un país, y al mismo tiempo de la zona de la que hablamos.

—Usted ha dicho que la naturaleza, durante su niñez, le daba una especie de embriaguez. ¿Su contacto con la naturaleza en aquella época fue muy decisivo para el futuro de su carrera poética?

—Yo creo que sí, porque si vuelvo a releer mis primeros libros encuentro por todas partes la señal de mi vida en la naturaleza, con las desbocadas fuerzas del invierno en el sur de Chile. Por ejemplo, si vemos mi primer libro, Crepusculario, en las primeras páginas encontramos el recuerdo de una tormentosa catástrofe, unas crecidas de ríos, en que todo el sur se inundó. Yo recuerdo haber pasado en un tren por el sitio de las inundaciones inmensas, que destruyeron toda la región; era el invierno, pero asomaba la primavera. Estaban floreciendo los aromos, que se llaman, en España, mimosas. El contraste de esa seguridad de la primavera con la desolación del paisaje me hizo escribir los versos de mi primer libro, como «Aromos rubios en los campos de Loncoche».


Lugares comunes

—En esa misma época, don Pablo, aparte de estos contactos con la naturaleza, también fueron sus primeras lecturas, su primera época apasionada de lecturas, y también sus primeros contactos con algunas –no lo eran en ese instante, pero lo serían después– personalidades de la literatura chilena. Tengo entendido, por ejemplo, que a Temuco llegó en esa época, como directora del liceo de niñas, Gabriela Mistral.

—Sí, mi primer contacto con una personalidad literaria fue en realidad la presencia de Gabriela Mistral, que llegó a Temuco como directora del liceo de niñas. Yo la encontré muy pocas veces. Gabriela vivía muy encerrada en sus trabajos. Y yo, también, muy circundado por mi timidez y por mi corta edad: tenía 14, 15 años, precisamente la época en que escribí esos versos [«Aromos rubios…»], cuando conocí a Gabriela. Pero Gabriela me dio la deslumbrante sensación de un ser que, completamente terrestre, local, chilena, tenía una mirada universal hacia cuanto acontecía en el mundo, y un espacio vital, en su lectura y en su curiosidad intelectual, que verdaderamente fue una enseñanza y una lección para mí. Con su regia sonrisa, tan franca y deslumbrante como pocas he visto, ella me tendió los primeros libros de la gran novela europea; en especial, ella prefería, y me lo escribió en cartas más de una vez, la novela inglesa de la época y la gran novela rusa, que pasó a ser poco después la literatura más frecuentada por los escritores de mi generación, de América y de España. Con los primeros libros rusos que Gabriela me prestó, pude llegar a los dominios extraordinarios y subterráneos de Dostoievski, o a la vida de todos los días y a la crítica extraordinariamente sutil de Chéjov. Pudimos leer –no sólo yo, sino muchos otros– a Tolstoi, luego Andreiev y tantos otros, como Pushkin, Lermontov... Gabriela Mistral, en ese sentido, me abrió las puertas de una gran literatura que hasta ese momento era desconocida para mí, puesto que yo me nutría de Julio Verne y de Salgari, que eran mis lecturas infantiles, que subsistían en mi primera adolescencia.

—O sea, cuando llegó a Santiago por primera vez, en 1921, ya venía con buenas defensas literarias, por así decirlo.

—Sí, ya tenía un conocimiento bastante general de lo más importante de la literatura universal. Tendría que nombrar, también, junto con Gabriela Mistral, a un poeta chileno enteramente olvidado hasta ahora, y que, desde su cargo de director de la biblioteca del pequeño puerto llamado Puerto Saavedra o Imperial, escogió muchas lecturas y se encariñó de tal manera con el pequeño y flaco lector que llegaba ahí, que llegó a inquietarse por mis versos. Y después del año 21, que usted menciona, cuando yo volvía de veraneo a Puerto Saavedra, a pasar junto al mar los meses de verano junto a mi familia, don Augusto Winter, el poeta autor de «La fuga de los cisnes», un maravilloso poema romántico, me ayudó a tipografiar y a ordenar los originales del que sería después mi libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

—Este libro, como usted ha dicho, es el primero en que tuvo algo de trabajo triunfante, el primero que lo satisfizo.

—Sí, es un libro que está todo impregnado de la naturaleza que yo amaba y, en especial, de este pequeño puerto, Puerto Saavedra. En la «Canción desesperada» se describen los viejos muelles, y a través de todo el libro están las hojas, los pinos y los amores de aquella época de mi vida. Naturalmente este libro fue también el producto de una pequeña tragedia literaria para mí: yo me había propuesto escribir otro libro anterior, que después se llamó El hondero entusiasta. Éste, un libro de frenética ambición literaria, debió ser, sin embargo, frenado por la influencia de grandes poetas que yo leí en ese momento de mi vida. Veinte poemas de amor..., teóricamente, hablando estrictamente de su forma estética, nace, precisamente, del rechazo de una forma más ampulosa de expresión para buscar dentro de mí mismo una forma más apropiada y más ceñida a mi pensamiento. En esto no rehusé, cuando cambié y comencé a escribir mi libro Veinte poemas de amor..., a ninguno de los que parecían lugares comunes. Y algunas veces recurrí deliberadamente a las rimas más pobres. Por ejemplo, en el poema número 15, quise complacerme en un juego entre las rimas «alma» y «calma», que eran, precisamente, las rimas más desprestigiadas de nuestro idioma.

La extrañeza y la soledad

—Después de la época de Veinte poemas..., que fue publicado en 1924, usted fue nombrado cónsul en Rangún, y comenzó una época completamente distinta de su vida, ahora en el Oriente. ¿Qué recuerdos tiene de esta época, que estoy seguro de que tiene que haber sido una de las más fascinantes de su vida?

—Sí... Quiero decirle que fue más bien mi curiosidad del mundo y mi deseo de salir andando por otras tierras lo que me llevó a aceptar esa designación o a buscarla. No había mucha formalidad en esos tiempos para tales nombramientos. No hay que tomar muy en serio, tampoco –si usted se interesa por estos detalles de mi biografía–, estas cosas, porque estos nombramientos de cónsules eran casi ficticios. Lo más que presumían era un pasaporte que pasaba a través de las fronteras, lo que no era muy difícil en aquella época para mí –después ha cambiado un poco la historia. Y en el hecho no significaban ni las ventajas materiales que van asociadas a las palabras consulado, cónsul. No; muy por el contrario. Viajábamos en tercera clase y nos arreglábamos para vivir dentro de los estrictos límites de la honestidad, que era lo único que teníamos que cumplir. Pero siendo cónsul en Rangún, mi única obligación era sellar las facturas comerciales que traían, facturas de navegación, que venían al consulado cada cuatro meses. Es decir: una mañana de trabajo para cuatro meses, digamos, de abstención, que sirvieron, naturalmente, mucho para mi poesía. Igualmente, podríamos recordar que los salarios estaban casi completamente de acuerdo con este sistema de trabajo, porque por cuatro meses enteros yo no recibía sueldo alguno, y hacía milagros para vivir, para sobrevivir. Fue una época bastante difícil de mi vida. Tenía yo poco más de 20 años cuando llegué a mi primer puesto consular en Birmania, que entonces pertenecía geográfica y políticamente a la India. Birmania fue un país bastante difícil, y no era exactamente la puerta del Oriente para mí. Puesto que si yo pudiera encontrar el país más misterioso y secreto entre todos lo países orientales, sería tal vez éste, que no tenía las tradiciones de la religión hindú, sino que había sido el sitio de una gran revolución religiosa, y el país más budista del extremo oriente, con sus grandes monumentos, con su gente impenetrable, con sus antiguos guerreros. Fue para mí un país extraordinariamente exótico y muy difícil de comprender. Agréguese a esto mi desconocimiento de los idiomas de esa región y encontrará usted, junto con un clima nuevo y una soledad sobrecogedora para mi vida, una situación muy difícil para un joven poeta. De ahí nace, entonces, ese período más sombrío de mi literatura, de mi poesía, que está reflejada en los volúmenes de Residencia en la tierra.


Voces comprometidas

—La ida a España, posterior ya, en 1934, cambia por completo este problema suyo de la soledad, y se encuentra usted con una generación entera de escritores jóvenes, llenos de entusiasmo por la vida y por la poesía, también. ¿Qué podría decirme de esos años en España?

—En verdad, estos años, como usted dice, fueron de revelación extraordinaria. Yo puedo decir, con cierta autoridad, que esta gran poesía española y esta gran generación que me acogió fraternalmente estuvo ligada al desarrollo político; es el comienzo de la República. Parecía que todo iba a florecer, y estaba floreciendo. Podría decir que poetas como Federico García Lorca, gran amigo mío de cada uno de aquellos días, aunque se le considere ahora como un clásico de las literaturas europeas, estaba solamente comenzando una obra que pudo ser gigantesca. Igual puedo decir de poetas tan malogrados como Miguel Hernández, muerto en plena juventud, víctima de aquella guerra cruel. Otros poetas emigraron, más tarde, como Manuel Altolaguirre, como Alberti, como Machado.
»Yo encontré, al llegar, una fraternidad, en la poesía, que nunca había visto hasta ese momento. Nunca he visto una generación más generosa, y acompañaba el ritmo de todas las esperanzas de España de aquella época anterior a la guerra. Puedo contar como referencia que, reunidos los poetas, los jóvenes poetas de aquel tiempo, me encargaron a mí, que recién llegaba a España, la dirección de una revista de poesía que desgraciadamente duró muy poco, que fue Caballo verde para la poesía, cuyo único director alcancé a ser yo. Esta revista fue impresa por las manos de Manuel Altolaguirre, el poeta, y duró algunos escasos números. Tendría tanto que contar de Vicente Aleixandre, de Machado, de tantos de ellos; de Luis Cernuda, que estuvo después en Londres, exiliado. Todos ellos brillaban por su gran inteligencia, por su exigencia intelectual, pero también por su acendrado y único patriotismo, su deseo de crear en la tierra española un centro espiritual digno de las grandes tradiciones de España.

»En ese sentido, para mí, la guerra española, sin hablar de sus implicaciones políticas, fue una gran tragedia, puesto que arrasó con todo lo que yo veía que se estaba formando. El teatro, en España, que, encabezado por Federico, iba a tener una carrera deslumbrante; la poesía que fue truncada al morir Machado, Federico, Miguel Hernández, es decir, tres expresiones en diferentes etapas de la más grande poesía después del Siglo de Oro. En fin, tantas cosas... »

—España en el corazón, don Pablo, es un vuelco completo en su poesía. Es decir, todo el tono ensimismado de su poesía anterior comienza a mirar hacia otros sentimientos, otros continentes, incluso; comienza esta penetración en América, la época del Canto general. La poesía, la historia americana, comenzó a tener una influencia muchísimo mayor que antes, ¿no es cierto?

—Sí. En realidad la guerra de España tuvo una consecuencia extraordinaria en mi poesía. No sólo hablo del sentido político, sino que me hizo comprender la verdadera dimensión del patriotismo, es decir, el deber del poeta de transformarse en la expresión posible de una nación, de una comunidad. Y, en ese sentido, me hizo abarcar no sólo la naturaleza o la vida, los hechos y la historia, la geografía y el canto de mi propio país, sino mirar hacia la profundidad del tiempo y hacia las dimensiones de nuestro continente considerándolo casi como una sola nación. Entonces nació la idea, primero, de un poema dedicado a Chile y, luego, de uno más extenso, que llegó a ser el Canto general.