NERUDA 100 AÑOS

LO MEJOR Y LO PEOR EN LA OBRA DE NERUDA

El monolito y sus fisuras


El primer centenario del nacimiento de Pablo Neruda ha sido celebrado con nuevos estudios sobre su voluminosa obra, nuevos anecdotarios y un cúmulo de reediciones y traducciones. En lo que va del año la borrachera no ha dejado de crecer, y los elogios y las críticas se han propagado por partes iguales: el monolito ante el que todos se arrodillaban ha comenzado a mostrar saludables fisuras. Los años han pasado, y lo «bueno» y lo «malo» de su poesía ha ido adquiriendo un mayor contraste. Aquí hemos reunido ambas perspectivas, bajo la mirada de un grupo de críticos y poetas chilenos. Los poemas referidos se reproducen al final.

 

Un cuento y sus recursos devaluados
Antonio Cussen

El mejor
Descontando las tareas escolares, «El tango del viudo» es el único poema de Neruda que alguna vez guardé en la memoria. Este poema nos involucra en uno de los dramas más memorables de la vida del poeta: su escapada de Josie Bliss, la mujer birmana que le dio lecciones avanzadas de sexo y que, por celos, quería asesinarlo. Desde el barco que lo lleva de Birmania a Ceilán, el poeta le dice a Josie: «Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde / el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras, / y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina / acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie».

Esta es poesía pura, sentimiento puro, sin necesidad de remilgos y figuras. Además, aquí Neruda cuenta un cuento; cumple con la función básica de toda literatura: narrar.

Lo peor
En toda la primera parte de«Tango del viudo», el símil o la metáfora tienen su lugar pero no llenan el poema, como ocurre en gran parte de la obra de Neruda. En éste, que constituye su principal defecto, cae el poeta al final de su tango.
Concluye diciéndole a su amada, al oírla orinar: «cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo, / y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma, / y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente, / llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos, / substancias extrañamente inseparables y perdidas».

A mi juicio, este desborde desdibuja y, peor aún, confunde la pura emoción del poema. Neruda fue un coleccionista de metáforas y muchas veces éstas chocan entre sí, anulando su efecto (¿«coro de sombras», «ruido de espadas inútiles»?). El poeta abusó hasta tal punto de esta figura retórica que la devaluó: hizo de ella un recurso que debe usarse –ahora– con fulminante precisión.

 

Una marejada verbal de puro ritmo y un despilfarro inútil
Camilo Marks

El mejor
«Entrada a la madera» es uno de los poemas de Neruda que, siendo a la vez un himno a la materia, parece plantear una demanda incondicional en nuestra capacidad para apreciar el lenguaje como fenómeno espiritual. Y es una expresión completa del anhelo por comprender lo incomprensible, por penetrar el sentido de las cosas inanimadas y ver, a través de ellas, inmersos en la marejada verbal de puro ritmo, el milagro de un drama sin consumación, donde todo se expande infinitamente. En el centro de esta obra hay una demolición absoluta de la psicología y sus presupuestos, esto es, la relación entre el yo y los demás en el universo externo: es un mundo opresivo, húmedo, claustrofóbico, siempre al borde de la extinción, causada por el simple peso de las palabras. Residencia en la tierra es la culminación nerudiana, pero en pocos títulos, como éste, logró el poeta la peligrosa fascinación, la estremecedora sensación de plenitud y de vacío, apenas rota en el clímax final, que deja sin respuesta la angustia insaciable previa a su resolución. Toda la extrañeza del gran arte –musical, pictórico, literario– se encuentra en este texto y uno debe buscar en otras fuentes para sentir impactos semejantes. Aun así, la búsqueda es vana, a menos que aceptemos el daño que el arte puede causarnos. Visionario de objetos extáticos, inalcanzables, el vate no promete nada y sólo nos permite creer en la belleza de una armonía verbal sin precedentes entre nosotros, renunciando, para tener acceso a ella, a la propia identidad y a las inútiles torturas de la lucha personal.

El peor
IX «Los mentirosos», Canto General, XIII.
Neruda escribió demasiado y muchos de sus libros apenas resisten una segunda lectura. «Los mentirosos» no es su peor poema, ya que compuso otros verdaderamente deleznables, como fue el caso de algunas piezas de ocasión (la «Oda a los 50 megatones», por la bomba nuclear soviética). Sin embargo, resulta chocante verlo, en el Canto General, precedido por otro de tan mala calidad («González Videla»). Porque en la misma estructura colosal nerudiana, quizá el único triunfo de la poesía épica en idioma español durante el siglo XX, donde hay cimas no superadas–Alturas de Macchu Picchu, América insurrecta–, también hay material por completo desechable. Y resulta triste ver el derroche de recursos, el despilfarro inútil de tropos e imágenes, el panfletarismo de quien fuera uno de los más generosos dueños de nuestro lenguaje.

 

Gracias a la Providencia
Nicanor Parra

En una encuesta sobre Neruda, era inexcusable no contar con la opinión de uno de sus opuestos más afamados en el mundo de la poesía chilena: Nicanor Parra. Por su descenso a las calles, a la cotidianidad y al lenguaje más ordinarios, Parra podía tener una opinión valiosa sobre el «gran padre» de la poesía chilena, mucho más rimbombante y aparatoso que el chillanejo.

La REVISTA UNIVERSITARIA llamó a Las Cruces y recibió el compromiso de una pronta respuesta. Nicanor Parra tenía que pensar las preguntas de la encuesta. Luego, en una entrevista concedida al diario La Tercera el pasado 11 de abril, se ahorraba el prometido llamado: en el último párrafo, respondía «con chanfle» –no cabría esperar otra cosa– a las preguntas formuladas.

A continuación, se transcribe ese texto final, escrito originalmente por el periodista Andrés Gómez Bravo. La REVISTA UNIVERSITARIA aún espera el repique del teléfono.

El sol se oculta. Y Nicanor cuenta que la Revista Universitaria le ha hecho dos preguntas: ¿Cuál es el mejor poema de Neruda? ¿Y cuál es el peor?
La primera aún la piensa, pero la segunda la tiene clara: «Providencialmente, Neruda murió antes de escribir su peor poema».

 

Un fogonazo a pleno pecho y el ocho a la garganta
Luis Vargas Saavedra

El mejor
Pudiera ser «Walking around», pero expresa un deprimente, desesperanzado y repetido existencialismo agónico. Yo busco en la literatura aprender a vivir para aprender a morir, y ese poema en vez de auxiliar, abate. Porque es eficaz. Porque es genuino. Porque no es propaganda. Entonces el óptimo pudiera ser «El fantasma del buque de carga», pero resulta ser una especie de segundo capítulo de «Walking around», con ese fantasma... existencial, que pena imantado al barco. En suma, dos poemas angustiosos. No me auxilian.

Por lo tanto elijo «Entrada en la madera», por su animismo panteísta rousseauniano zen. O sea, por la empatía total con que el poeta comulga a la materia, y por alcanzar, en la inflamable madera, una epifanía de llamaradas y campanazos. Al gran hedonista le ha sucedido una transverberación de lo sensorial, que Blake y Buda le celebrarían. No habrá éxtasis semejantes en el resto de su obra, y cuando prorrumpa en odas a los elementos, no logrará reencender el incendio sonoro de este pasmoso poema. De él le quedan pavesas, con las cuales entibiar las alabanzas a los materiales de la Tierra en que reside. Faltándole ese rapto de unión y de trascendencia, se apoyará en la solidaridad a los que aun están marginados del disfrute terrenal. En su descenso de místico al revés, el poeta se hunde en lo vegetal, se inserta en la botánica, y recibe después el despeño de vida y de muerte de esa materia que lo hace suyo.

Celebremos la genialidad del último verso, su eufórica violencia que violenta las palabras, que doblega la gramática: «y ardamos y callemos y campanas».
Ser para arder cantando, y cantar hasta morir. Con este fogonazo a pleno pecho me quema de bríos su mejor poema.

El peor
En Tercera residencia se halla «Dura elegía», que contiene los peores poemas de su obra (uno solo se salva: «Un canto para Bolívar»). Los peores, porque el estilo es amanerado o retórico, y el marxismo machaca lo propagandístico. Ha desvirtuado su poesía al ponerla al servicio de una causa política, con una fe que no me convence. Insincero y falso como los malos románticos de lágrimas de cocodrilo. La teatralización de su fervor por Rusia no alcanza grandeza genuina, como ante Macchu Picchu.

Y ¿cuál es, entre todos esos postizos poemas, el peor? «Canto al Ejército Rojo a su llegada a las puertas de Prusia». Las dos estrofas iniciales se abren con un gesto teatral, a lo Marco Antonio mostrando las heridas de César: «Éste es...», «Éstas son…». Se espera entonces, conmoción y conmociones ante lo que se nos revela. A los «últimos estertores» comparados al «cuero golpeado de un tambor sangriento», sigue una secuencia de imágenes primaverales y luminosas: «primeras alegrías parecidas a la rama/ florida en la nieve y al rayo del sol sobre la rama florida». Lejos han quedado, pues, los últimos estertores, refutados por la rama florida. La estrofa resume cuanto el resto tundirá: tras la muerte, la vida; tras la derrota, el triunfo. Expresada así su fe en la victoria rusa, el poema pudo haberse bastado con solo esa estrofa. Pero Neruda no es poeta lacónico y menos poeta de haikúes. Necesita la catarata verbal, el agotamiento del tema y de los recursos expresivos. Y se lanza a las siúticas arengas melodramáticas que claman: «Oíd, oíd!,/ oscuros, humillados, héroes radiantes de corona caída, / oíd, aldeas deshechas y taladas y rotas, / oíd...», etcétera, ítem tras ítem, tal como más adelante, las preguntas retóricas con respuesta mecánica:
«¿Dónde están?... ¿dónde están?... están... verán... verán...». La batahola verbosa desemboca en el anticlímax de un modesto final de cantante que se excusa: «he querido cantar para vosotros, para toda la tierra, / este canto de palabras oscuras, / para que seamos dignos de la luz que llega».

Todo el poema pretende enardecernos a una matanza tan zoológica como la de los invasores y enemigos: la crueldad pide más crueldad. A los trabajadores de Francia se les ordena: «preparad vuestros ríos inmortales/ para que naveguen en ellos los invasores ahogados... que no perdone y que no tiemble el brazo que castigue». Por ese sadismo trabaja todo el poema, incitando a castigar sin piedad. Y ese castigo se vuelve «el canto de la primavera escondida», o sea, un renacer de la vida... para asestar más muerte. Allá, sus instintos. Lo que importa, lo poético, es que el poema posea tal violencia que nos violente, y sintamos acudir y sacudir el odio «hasta la garganta desde la raíz enterrada». Pero en vez de arrojarnos contra «los malditos hijos del lobo y hermanos de la serpiente», epítetos de cuento de Perrault, el palabrerío cae y rueda produciendo una mera polvareda, sin arrollamiento.

 

Un poema que da la corriente y un tarro de hojalata
Armando Uribe

El mejor
¿A título de qué me piden esto?, ¿del gusto? Nada hay escrito en materia de gusto (dicen, mal que le pese a la Estética Universitaria). No es escribiendo en prosa que se produce el gusto, sino leyendo el poema y viviéndolo.
Con todo, endoso –pero sin garantías– vestidura raída de juez de un tribunal que no existe, para decir que a lo mejor me gusta mucho «El fantasma del buque de carga».

La primera vez que lo leí, en el mismo libro llamado Selección, segunda edición aumentada, Nascimento, firmado con lápiz Armando Uribe Arce, 1949, que tengo ahora sobre las rodillas abierto, pues lo acabo de releer, me electrizó. Mala forma verbal: me dio la corriente.

El 52 viajé en ese buque fantasma («haciendo un ruido de agrias aguas sobre las agrias aguas») por los lúgubres canales del archipiélago austral. El terrible buque de carga. Yo no llevaba el libro, no sabía el poema de memoria, pero en mi inconsciente lo viví más allá de las palabras.

El peor
¿El peor poema de Neruda? El mismo, si se lo vive sólo en las palabras. Observo en la relectura que está escrito casi entero en versos alejandrinos, fuera de unos pocos endecasílabos y heptasílabos, dos o tres veces en versos de trece sílabas que, leídos con hiatos, podrían ser alejandrinos, y un verso más largo (el transcrito en el paréntesis anterior) compuesto de un eneasílabo en la misma línea con un heptasílabo.

¿Ven? Una lata retórica, el tarro de hojalata amarrado a la cola del perro –que es un león.

Entiendo que uno, escribiendo lo anterior, quiere pasar por ingenioso, y es un pergenio (otro mal chiste). ¿Pero por qué hacen preguntas ociosas?

–¿Y por qué respondo?

 

Buscando, sin duda, una mosca (una lata)
Alejandro Zambra

El mejor
En cuanto al mejor poema, tengo pocas dudas: «El fantasma del buque de carga», un texto rotundo e inasible, perturbador (esas mujeres grises que, instaladas «en la sombra de un doloroso cine», esperan no saben muy bien qué, por ejemplo). De Neruda suelo releer Residencia en la tierra, El habitante y su esperanza y Estravagario, este último un libro enormemente saludable, muy libre, muy raro: «De cuando en cuando y a lo lejos/ hay que darse un baño de tumba»; «Conocí a un hombre amarillo/ que se creía anaranjado/ y a un negro vestido de rubio». O bien, un poema que ahora mismo resulta completamente atingente: «Todos pican mi poesía/ con invencibles tenedores/ buscando, sin duda, una mosca».

El peor
Hay varios momentos especialmente lamentables en la obra de Pablo Neruda, por lo que me parece injusto elegir sólo uno de sus innumerables deslices. Tiendo a pensar en los Cien sonetos de amor a Matilde Urrutia, en especial en un cuarteto bastante cómico: «Me falta tiempo para celebrar tus cabellos./ Uno por uno debo contarlos y alabarlos/ otros amantes quieren vivir con ciertos ojos,/ yo sólo quiero ser tu peluquero». Pero más graves que las carantoñas nerudianas
–con las que uno se ríe bastante, al fin y al cabo– me parecen las tan frecuentes caídas demagógicas de nuestro vate. Me quedo, entonces, con la «Oda al libro I», una defensa bastanta ñoña de, digamos, «la vida verdadera»: «Libro, tú no has podido/ empapelarme,/ no me llenaste de tipografía/ de impresiones celestes,/ no pudiste/ encuadernar mis ojos». Qué lata.

 

Desencuentros inquietantes y ofensas nada difíciles de encontrar
Manuel Vicuña

El mejor
Ya no soy lector asiduo de Neruda, autor de grandes poemas importunados por enjambres de versos fraudulentos. Por eso, no pretendo elegir su mejor poema, sino rescatar algo poco vistoso de Residencia en la tierra, libro notable, incluso a pesar de ese hablante lírico con jactancias de semental, que resopla con el ímpetu sexual de las fuerzas cósmicas. Puesto que no requiere defensa, omito el «Tango del viudo» en favor de «Melancolía en las familias», un poema menor. ¿Qué resalta en ese texto? Como en tantos otros de Neruda, convoca a los elementos de la naturaleza, realiza la conjura de minerales y vegetales, pero, al mismo tiempo, alumbra la desidia, los desencuentros, los extravíos que depara la vida doméstica y el orden sin concierto de las familias. Versos inquietantes, cuyas palabras parecen confabuladas para preservar el secreto de historias ominosas: «un comedor abandonado / como una espina», «con las alcuzas rotas/ y el vinagre corriendo debajo de las sillas».

El peor
¿El peor poema? Para qué perder el tiempo en pesquisas acuciosas, cuando lo buscado está, si atendemos al largo ocaso del poeta, casi siempre al alcance de la mano. Reunidos casi todos los libros tardíos de Neruda, conformamos una tómbola que suele ofrecer el número premiado sin necesidad de encomendarse a la fortuna: un poema más del gran burócrata, no de la literatura, sino de la industria literaria. Pero no corresponde escandalizarse por la pifia del versificador en un país tan escandaloso como éste; un poema sin gracia no perjudica a nadie; ofensiva sí es la exaltación del genocida Stalin, cuya oda Neruda escribió cuando la desinformación ya resultaba sospechosa.

 


EL MONOLITO [los mejores]

TANGO DEL VIUDO

Oh Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado
[la furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre,
y ya no podrás recordar mis enfermedades,
mis sueños nocturnos, mis comidas,
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún
quejándome del trópico, de los coolíes corringhis,
de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
y de los espantosos ingleses que odio todavía.

Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan
[sola!
He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
tiro al suelo los pantalones y las camisas,
no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en
[las paredes.
Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por
[recobrarte,
y qué amenazadores me parecen los nombres de los
[meses,
y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.

Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde
el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras,
y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
y la espesa tierra no comprende tu nombre
hecho de impenetrables substancias divinas.

Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
recostadas como detenidas y duras aguas solares,
y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
y el perro de furia que asilas en el corazón,
así también veo las muertes que están entre nosotros
[desde ahora,
y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.

Daría este viento de mar gigante por tu brusca respiración
oída en largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del
[caballo.
Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina,
[obstinada,
cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma,
y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias extrañamente inseparables y perdidas.

ENTRADA A LA MADERA

Con mi razón apenas, con mis dedos,
con lentas aguas lentas inundadas,
caigo al imperio de los nomeolvides,
a una tenaz atmósfera de luto,
a una olvidada sala decaída,
a un racimo de tréboles amargos.
Caigo en la sombra, en medio
de destruidas cosas,
y miro arañas, y apaciento bosques
de secretas maderas inconclusas,
y ando entre húmedas fibras arrancadas
al vivo ser de substancia y silencio.
Dulce materia, oh rosa de alas secas,
en mi hundimiento tus pétalos
subo con pies pesados de roja fatiga,
y en tu catedral dura me arrodillo
golpeándome los labios con un ángel.
Es que soy yo ante tu color de mundo,
ante tus pálidas espadas muertas,
ante tus corazones reunidos,
ante tu silenciosa multitud.
Soy yo ante tu ola de olores muriendo,
envueltos en otoño y resistencia:
soy yo emprendiendo un viaje funerario
entre sus cicatrices amarillas:
soy yo con mis lamentos sin origen,
sin alimentos, desvelado, solo,
entrando oscurecidos corredores,
llegando a tu materia misteriosa.
Veo moverse tus corrientes secas,
veo crecer manos interrumpidas,
oigo tus vegetales oceánicos
crujir de noche y furia sacudidos,
y siento morir hojas hacia adentro,
incorporando materiales verdes
a tu inmovilidad desamparada.
Poros, vetas, círculos de dulzura,
peso, temperatura silenciosa,
flechas pegadas a tu alma caída,
seres dormidos en tu boca espesa,
polvo de dulce pulpa consumida,
ceniza llena de apagadas almas,
venid a mí, a mi sueño sin medida,
caed en mi alcoba en que la noche cae
y cae sin cesar como agua rota,
y a vuestra vida, a vuestra muerte asidme,
a vuestros materiales sometidos,
a vuestras muertas palomas neutrales,
y hagamos fuego, y silencio, y sonido,
y ardamos, y callemos, y campanas.

EL FANTASMA DEL BUQUE DE CARGA

Distancia refugiada sobre tubos de espuma,
sal en rituales olas y órdenes definidos,
y un olor y rumor de buque viejo,
de podridas maderas y hierros averiados,
y fatigadas máquinas que aúllan y lloran
empujando la proa, pateando los costados,
mascando lamentos, tragando y tragando distancias,
haciendo un ruido de agrias aguas sobre las agrias aguas,
moviendo el viejo buque sobre las viejas aguas.

Bodegas interiores, túneles crepusculares
que el día intermitente de los puertos visita:
sacos, sacos que un dios sombrío ha acumulado
como animales grises, redondos y sin ojos,
con dulces orejas grises,
y vientres estimables llenos de trigo o copra,
sensitivas barrigas de mujeres encinta,
pobremente vestidas de gris, pacientemente
esperando en la sombra de un doloroso cine.

Las aguas exteriores de repente
se oyen pasar, corriendo como un caballo opaco,
con un ruido de pies de caballo en el agua,
rápidas, sumergiéndose otra vez en las aguas.
Nada más hay entonces que el tiempo en las cabinas:
el tiempo en el desventurado comedor solitario,
inmóvil y visible como una gran desgracia.
Olor de cuero y tela densamente gastados,
y cebollas, y aceite, y aún más,
olor de alguien flotando en los rincones del buque,
olor de alguien sin nombre
que baja como una ola de aire las escalas,
y cruza corredores con su cuerpo ausente,
y observa con sus ojos que la muerte preserva.

Observa con sus ojos sin color, sin mirada,
lento, y pasa temblando, sin presencia ni sombra:
los sonidos lo arrugan, las cosas lo traspasan,
su transparencia hace brillar las sillas sucias.
Quién es ese fantasma sin cuerpo de fantasma,
con sus pasos livianos como harina nocturna
y su voz que sólo las cosas patrocinan?
Los muebles viajan llenos de su ser silencioso
como pequeños barcos dentro del viejo barco,
cargados de su ser desvanecido y vago:
los roperos, las verdes carpetas de las mesas,
el color de las cortinas y del suelo,
todo ha sufrido el lento vacío de sus manos,
y su respiración ha gastado las cosas.

Se desliza y resbala, desciende, transparente,
aire en el aire frío que corre sobre el buque,
con sus manos ocultas se apoya en las barandas
y mira el mar amargo que huye detrás del buque.
Solamente las aguas rechazan su influencia,
su color y su olor de olvidado fantasma,
y frescas y profundas desarrollan su baile
como vidas de fuego, como sangre o perfume,
nuevas y fuertes surgen, unidas y reunidas.

Sin gastarse las aguas, sin costumbre ni tiempo,
verdes de cantidad, eficaces y frías,
tocan el negro estómago del buque y su materia
lavan, sus costras rotas, sus arrugas de hierro:
roen las aguas vivas la cáscara del buque,
traficando sus largas banderas de espuma
y sus dientes de sal volando en gotas.

Mira el mar el fantasma con su rostro sin ojos:
el círculo del día, la tos del buque, un pájaro
en la ecuación redonda y sola del espacio,
y desciende de nuevo a la vida del buque
cayendo sobre el tiempo muerto y la madera,
resbalando en las negras cocinas y cabinas,
lento de aire y atmósfera y desolado espacio.


... Y SUS FISURAS [los peores]


Melancolía en las familias

Conservo un frasco azul,
dentro de él una oreja y un retrato:
cuando la noche obliga
a las plumas del buho,
cuando el ronco cerezo
se destroza los labios y amenaza
con cáscaras que el viento del océano a menudo perfora,
yo sé que hay grandes extensiones hundidas,
cuarzo en lingotes,
cieno,
aguas azules para una batalla,
mucho silencio, muchas
vetas de retroceso y alcanfores,
cosas caídas, medallas, ternuras,
paracaídas, besos.

No es sino el paso de un día hacia otro,
una sola botella andando por los mares,
y un comedor adonde llegan rosas,
un comedor abandonado
como una espina: me refiero
a una copa trizada, a una cortina, al fondo
de una sala desierta por donde pasa un río
arrastrando las piedras. Es una casa
situada en los cimientos de la lluvia,
una casa de dos pisos con ventanas obligatorias
y enredaderas estrictamente fieles.

Voy por las tardes, llego
lleno de lodo y muerte,
arrastrando la tierra y sus raíces,
y su vaga barriga en donde duermen
cadáveres con trigo,
metales, elefantes derrumbados.

Pero por sobre todo hay un terrible,
un terrible comedor abandonado,
con las alcuzas rotas
y el vinagre corriendo debajo de las sillas,
un rayo detenido de la luna,
algo oscuro, y me busco
una comparación dentro de mí:
tal vez es una tienda rodeada por el mar
y paños rotos goteando salmuera.
Es sólo un comedor abandonado,
y alrededor hay extensiones,
fábricas sumergidas, maderas
que sólo yo conozco,
porque estoy triste y viajo,
y conozco la tierra, y estoy triste.

Los mentirosos

Hoy se llaman Gajardo, Manuel Trucco,
Hernán Santa Cruz, Enrique Berstein,
Germán Vergara, los que –previo pago–
dicen hablar, oh Patria, en tu sagrado
nombre y pretenden defenderte hundiendo
tu herencia de león en la basura.
Enanos amasados como píldoras
en la botica del traidor, ratones
del presupuesto, mínimos
mentirosos, cicateros
de nuestra fuerza, pobres
mercenarios de manos extendidas
y lenguas de conejos calumniosos.
No son mi patria, lo declaro
a quien me quiera oír en estas tierras,
no son el hombre grande del salitre,
no son la sal del pueblo transparente,
no son las lentas manos que construyen
el monumento de la agricultura,
no son, no existen, mienten y razonan
para seguir, sin existir, cobrando.

Canto al Ejército Rojo a su llegada a las puertas de Prusia

Éste es el canto entre la noche y el alba, éste es el canto
salido desde los últimos estertores como desde el cuero
golpeado de un tambor sangriento,
brotado de las primeras alegrías parecidas a la rama
florida en la nieve y al rayo del sol sobre la rama florida.

Éstas son las palabras que empuñaron lo agónico,
y que sílaba a sílaba estrujaron las lágrimas como ropa
[manchada
hasta secar las últimas humedades amargas del
[sollozo,
y hacer de todo el llanto la trenza endurecida,
la cuerda, el hilo duro que sostenga la aurora.

Hermanos, hoy podemos decir: el alba viene,
ya podemos golpear la mesa con el puño
que sostuvo hasta ayer nuestra frente con lágrimas.
Ya podemos mirar la torre cristalina
de nuestra poderosa cordillera nevada
porque en el alto orgullo de sus alas de nieve
brilla el fulgor severo de una nieve lejana
donde están enterradas las garras invasoras.

El Ejército Rojo en las puertas de Prusia. Oíd, oíd!,
oscuros, humillados, héroes radiantes de corona caída,
oíd!, aldeas deshechas y taladas y rotas,
oíd!, campos de Ukrania donde la espiga puede renacer
[con orgullo.
Oíd!, martirizados, ahorcados, oíd!, guerrilleros muertos,
tiesos bajo la escarcha con las manos que muerden
[todavía el fusil,
oíd!, muchachas, niños desamparados, oíd, cenizas
[sagradas
de Pushkin y Tolstoy, de Pedro y Suvorov,
oíd!, en esta altura meridiana el sonido
que en las puertas de Prusia golpea como un trueno.

El Ejército Rojo en las puertas de Prusia. Dónde están
los encolerizados asesinos, los cavadores de tumbas,
dónde están los que del abeto colgaron a las madres,
dónde están los tigres con olor a exterminio?
Están detrás de los muros de su propia casa temblando,
esperando el relámpago del castigo, y cuando todos los
[muros caigan
verán llegar al abeto y a la virgen, al guerrillero y al niño,
verán llegar a los muertos y a los vivos para juzgarlos.

Oíd, checoeslovacos, preparad las tenazas
más duras y las horcas, y las cenizas de Lídice
para que sean tragadas por el verdugo mañana,
oíd, impacientes trabajadores de Francia, preparad
[vuestros ríos inmortales
para que naveguen en ellos los invasores ahogados.
Preparad la venganza, españoles, detrás de la sierra
y junto a la costa del Sur ardiente
limpiad la pequeña carabina oxidada porque
ha llegado el día.

Éste es el canto del día que nace y de la noche que termina.
Oídlo bien, y que del sufrimiento endurecido salga la voz
[segura
que no perdone, y que no tiemble el brazo que castigue.
Antes de empezar mañana las cantigas de la piedad
[humana
tenéis tiempo aún de conocer las tierras empapadas de
[martirio.
No levantéis mañana la bandera del perdón
sobre los malditos hijos del lobo y hermanos de la
[serpiente,
sobre los que llegaron hasta el último filo del cuchillo y
[arrasaron la rosa.

Éste es el canto de la primavera escondida
bajo las tierras de Rusia, bajo las extensiones
de la taiga y la nieve, ésta es la palabra
que sube hasta la garganta desde la raíz enterrada.
Desde la raíz cubierta por tanta angustia, desde el tallo
[quebrado
por el invierno más amargo de la tierra, por el invierno
de la sangre en la tierra.

Pero las cosas pasan, y desde el fondo
de la tierra la nueva primavera camina.
Mirad los cañones que florecen en la boca de Prusia.
Mirad las ametralladoras y los tanques que
desembarcan en esta hora en Marsella.
Escuchad el corazón áspero de Yugoeslavia
palpitando otra vez en el pecho desangrado de Europa.
Los ojos españoles miran hacia acá, hacia México y Chile,
porque esperan el regreso de sus hermanos errantes.

Algo pasa en el mundo, como un soplo que antes
no sentíamos entre las olas de la pólvora.

Éste es el canto de lo que pasa y de lo que será.
Éste es el canto de la lluvia que cayó sobre el campo
como una inmensa lágrima de sangre y plomo.
Hoy que el Ejército Rojo golpea las puertas de Prusia
he querido cantar para vosotros, para toda la tierra,
este canto de palabras oscuras,
para que seamos dignos de la luz que llega.