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Una historia con hache minúscula, revitalizada
Pedro Álvarez Caselli
Historia del diseño gráfico en Chile
Escuela de Diseño de la Universidad Católica, Santiago, 2004, 188 págs.
En nuestra vida cotidiana hay una enorme cantidad de objetos que pueden ser denominados «impresos». Algunos tienen valor por sí mismos, como el papel moneda; otros, los boletos de la locomoción colectiva, por ejemplo, son desechables pero pueden motivar un número de la suerte o formar parte de colecciones populares («la filatelia de los pobres»); los demás, como los que envuelven los productos de supermercado, sólo incrementan la basura urbana.
Los impresos de mayor jerarquía siempre han sido los libros. Ellos nacen con el anhelo de vencer el tiempo y pueden llegar a modelar nuestra conciencia. El poeta Mallarmè señaló que todo concurre al libro, y esa idea, a pesar de los agoreros, parece permanecer. Así ha sucedido desde hace más de cinco siglos, cuando «el descubrimiento de la imprenta» dio expresión visual al lenguaje y la tipografía multiplicó la palabra por medios técnicos. Los impresos son productos culturales: detrás de cada uno de ellos siempre ha habido alguien que los pensó y los «dibujó», que determinó su estructura y el orden de su aspecto; esa visualidad, que tiene, generalmente, las características de su época, ayuda a modelarla y es parte de la memoria social.
De algunas áreas de este extenso universo se ha ocupado por varios años Pedro Álvarez Caselli. Las investigó primero para su tesis de grado, que le permitió constatar el enorme vacío informativo existente en Chile, a diferencia de lo que pasa con otras disciplinas de las artes visuales o con la arquitectura. Luego, ya como profesional, decidió relatar esta historia por sí mismo, por lo que perfeccionó su trabajo y lo transformó en este volumen, lanzado durante la Primera Bienal Latinoamericana de Tipografía, Letras Latinas.
Historia del Diseño Gráfico en Chile es un libro de generoso formato, profusamente ilustrado con más de 400 reproducciones de diferentes tamaños. La iconografía, en una investigación de este carácter, es fuente de su propio contenido. Por eso, es muy importante el equipo que define su visualidad; en este caso, el editor, Eduardo Castillo, y la directora de arte, Mariana Muñoz, ambos también diseñadores.
Las imágenes acompañan la cadencia de lectura con acierto y dejan sólo cinco páginas al color exclusivo de la fuente tipográfica Digna, diseñada por Rodrigo Ramírez y usada en todo el texto. El relato se ordena entre el diseño editorial, la imagen corporativa y la gráfica publicitaria, y se cierra en la actualidad con las más recientes creaciones tipográficas. Si bien la introducción del diseño comenzó con el desarrollo de la imprenta en Europa y América, y en la presentación se recogen «evidencias de la profesión» en los antecedentes prehispánicos rupestres, es con la publicación del primer impreso –Modo de ganar el jubileo Santo, de 1776– que se marca el tardío inicio de esta historia en Chile.
El autor está consciente de los problemas que pueden suscitar las páginas faltantes: su libro no es una enciclopedia, como se dijo en un diario de Santiago; así lo ha expresado en varias intervenciones y en un artículo que preparó, junto a su editor, para una revista especializada de Buenos Aires. Pero esta publicación marca un hito, apisonando el suelo con la voluntad de «abrir el debate e incentivar la escritura sobre diseño en Chile», sobre todo cuando la especialidad, según indica Alvarez Caselli, tiene más de tres décadas desde su profesionalización.
El logotipo en blanco creado para la cubierta por Francisco Gálvez, y repetido dos veces en rojo a la entrada del corpus, dice algo más que las simples iniciales del título. Sus dos consonantes en versalita, enmarcadas por las de «caja baja», sugieren, desde el argot del oficio tipográfico, una historia escrita con minúscula. La ch, desde la gracia de su ligadura, suaviza el sonido con el silencio de la letra muda, connotando el hablar de una voz común, exactamente inversa a la solemne o rimbombante, como para el mármol. Otro detalle a notar es el copihue outline, que a través del lomo viene del reverso para brillar sobre la cubierta y repetirse veinte veces rojo al interior, a excepción de la página 160. Ahí se expone el origen de la tipografía Elemental, la primera diseñada en el país, con la reproducción de su póliza. Al igual que Australis, que se utiliza en los títulos –y que obtuvo, en 2002, la Medalla de Oro en los Morisawa Awards de Japón–, Elemental es obra de Gálvez
En este bello objeto impreso, el hablante principal es el diseño de comunicación visual chileno, que parece tener hoy una voz vitalizada por el viejo oficio tipográfico. Compartimos, por eso, el orgullo de su autor, expresado en abril recién pasado: «ahora podemos recuperar y recontextualizar nuestra propia tradición iconográfica mirando hacia adelante y no hacia los costados».
Hugo Rivera-Scott
La guatita de la a
Francisco Gálvez
Educación tipográfica. Una introducción a la tipografía
Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2004, 208 págs.
Un fenomenal relato del escritor catalán Quim Monzó
–Sobre la volubilitat de l’espèrit humà– mezcla los placeres de la tipografía y la gastronomía: un hombre descubre, después de probar con una A que primero recorta con esmero y luego engulle codiciosamente, que puede alimentarse sólo de letras. Y, bon vivant al fin y al cabo, comienza también a tener sus preferencias: le gustan la Baskerville, la Gill, la Stymie…; en cambio, le repulsan –con toda razón– la Blippo y la Avant Garde; descubre rápidamente también que la Times –ésa que Microsoft eligió como la letra por defecto en sus procesadores de texto– es como una merluza hervida: ni fu ni fa.
Lo que le ocurre a este leterívoro es lo que debería ocurrirle a cualquiera que leyera la estupenda Educación tipográfica de Francisco Gálvez. Después de que se descubren los secretos de la tipografía no debería volver a verse un teclado, un cartel, un diario o un libro de la manera en la que antes se hacía. Y –lo más importante– el lector sibarita debería comprender también por qué algunos textos le resultan tan fáciles de digerir en términos de cómo se leen, y otros se deben masticar mucho y aun así caen pesados.
El libro está dividido en dos partes: la tipografía como imagen y la tipografía como textura. La primera –referida más bien al signo aislado– repasa sucintamente el origen de los alfabetos, fija nomenclaturas –y se hace cargo de la heterogeneidad que reina en el lenguaje tipográfico, especialmente en castellano–, describe anatomías y formas, y acaba con un recuento detallado de las estandarizaciones ISO y Unicode que están permitiendo, por fin, incorporar todos los signos y sus variantes de cada idioma en los computadores, y no sólo el limitado número de los empleados en inglés. Recuérdese que hace un poco más de una década el uso de la ñ o una vocal acentuada en un PC era crítico; qué decir, por ejemplo, de la ele geminada catalana, la cedilla francesa o la ele barrada polaca… (y, sin embargo, los ñuñoínos siguen recibiendo cuentas que les informan que viven en nunoa, *u*oa o –u–oa…).
En la segunda parte están los tipos en uso: desde el espacio adecuado entre caracteres hasta la composición de texto, con criterios bien claros para lograr la más cómoda y eficaz lectura. Hoy, cualquiera que tenga un computador –incluso aunque no sea un Mac– puede controlar aspectos que antes sólo estaban en manos de peritos. Esto ha significado una enorme libertad que a veces no se ha utilizado precisamente de la mejor manera, incluso por aquellos que deberían ser expertos. Conviene repasar con atención cada asunto –anchos de columnas, carácter de la fuente utilizada, interlíneas, justificaciones, cortes de palabras, sangrías, líneas viudas y huérfanas, y un largo etcétera– para obtener un texto correctamente compuesto. Es verdad que la mayoría de los softwares actuales resuelven estos problemas con ciertos algoritmos, pero sus soluciones no sirven siempre. Para manejar estos parámetros hay que saber cuál es el fundamento que los sostiene.
El comienzo de esta segunda parte bien merece un lugar destacado y quién sabe si sea la manera más deliciosa de empezar a saborear los tipos y el libro mismo: se entrega, en apenas ocho páginas, una breve historia de la escritura como mecanismo para producir ideas y se hace con aproximaciones a los alfabetos antiguos y sus maneras de presentarse en la página. Esto incluye palabras sin espacios entre ellas (la práctica de la separación no se extendió sino hasta el siglo VI), líneas que corren de forma especular de derecha a izquierda y otras sorpresas que convierten su lectura en un juego entretenidísimo. Uno agradece también, en los párrafos finales de esta introducción, las ventajas que ha supuesto el desarrollo tipográfico: la lectura se hace cada vez más fácil y fluida.
El libro se completa con un glosario bien desarrollado que se hace cargo, una vez más, de la discusión entre legibilidad y lecturabilidad. Mientras que hay autores que han dado varias y complicadas definiciones, y otros simplemente han identificado a ambos términos, Gálvez resuelve la disputa de la manera más prudente: la primera es la capacidad de una forma para ser descifrada, dependiendo de un contexto; la segunda tiene que ver con la facilidad de lectura y esto, como se ha entendido de la lectura del libro, no depende sólo del diseño del tipo como de su uso como textura.
Aun hay una breve lista de bibliografía comentada en la que se homenajea a dos predecesores autores de libros sobre tipografía en Chile, Mauricio Amster y Francisco Otta, y en la que se echa de menos al gran tipógrafo Stanley Morison
–mencionado, sin embargo, en las páginas precedentes– y su Principios fundamentales de la tipografía, un clásico que desde 1998 está disponible en una excelente edición castellana gracias a un esfuerzo de la editorial española Bronce.
Muchos consideran que ocuparse del diseño de una letra, de sus variantes y sobre todo de su composición en palabras, oraciones, párrafos y textos completos es una especie de ejercicio vano, un lujo sin sentido: «Éste anda preocupado de si la guatita de la a es así o asá», dicen con guasa pretendidamente sardónica. Puede ser. Para la tipografía y el diseño editorial hay que tener sensibilidad y talento como lo tiene Gálvez, que en 2002 recibió un premio Altazor por su tipografía Elemental (que es con la que compone elegantísima y muy funcionalmente su Educación tipográfica) y el Golden Prize en el Morisawa Awards por su Australis, utilizada hace unos números en esta revista. Él y una muy talentosa generación de tipógrafos chilenos están demostrando que también tienen gusto y guatita para la a.
Gonzalo Saavedra
Facultad de Comunicaciones
Ensayar sobre el ensayo
Gabriel Castillo Fadic
Las estéticas nocturnas. Ensayo republicano y
representación cultural en Chile e Iberoamérica
Instituto de Estética de la Universidad Católica, Santiago, 2003, 204 págs.
Este libro de Gabriel Castillo resulta un texto muy atrayente. Su lectura produce una suerte de encantamiento, que se funda en su arquitectura general, en la variedad de enfoques y matices, en las recurrencias y saltos, y en la belleza y sensibilidad con que ha sido escrito. Esto se percibe ya desde el índice, donde encontramos tres grandes argumentos, tres territorios enormes que Castillo transita con destreza, mostrando una habilidad sorprendente para incorporar voces y testimonios en su recorrido. Así, se parte de una atractiva referencia a un fenómeno recurrente en la historia de los chilenos y fundante de nuestro modo de ser –el terremoto–; luego, desde las reflexiones que propone Ortega y Gasset, indaga sobre la autorrepresentación de los chilenos, que se expresa en la escritura de numerosos textos ensayísticos que, con obsesiva puntualidad, plantean cómo somos los chilenos.
De un modo directo o indirecto, hay en ese ensayismo un fuerte deseo de entendernos y explicarnos. De ahí surgen las –según Gabriel Castillo– «fundaciones míticas a través de la escritura». A lo largo de todo el texto, pero de manera mucho más explicita en las primeras secciones, más chilenas, propone la importancia de un cierto desasosiego y un desagrado con la propia existencia, y los contrastes entre afanes triunfalistas y una reflexión que tiene mucho de fatalismo. En particular, resulta interesante ver cómo la cultura chilena y la autopercepción transitan por el territorio de las fachadas, generándose un paisaje engañoso, dominado por las apariencias.
Asimismo, el destacar el papel de los pasadores, esos seres anfibios que vinculan mundos culturales diversos, es otro de los puntos más logrados del trabajo de Castillo, que sabe proponer un modelo y alimentarlo con los ejemplos justos sin caer en la erudición pesada, a veces aplastante. El autor destaca la importancia que tiene el paisaje y la geografía, subrayando la existencia de un sentido que vincula al ensayista chileno con los valles y los cerros de la región en que le tocó en suerte nacer; aún en los casos de desasosiego más radical sabe encontrar ese nexo, como ocurre con su tratamiento de Benjamín Subercaseaux.
Sorprende, además, su versatilidad en el uso de las fuentes de información y en su habilidad para urdir las líneas maestras de los –muchas veces– desmesurados intentos de explicación de los ensayistas. Se percibe, en este texto, a un filósofo, esteta, músico e historiador de una sensibilidad fuera de lo común para establecer ilaciones, proponer filiaciones y arriesgar interpretaciones que se apoyan y sostienen en su extraordinaria capacidad para urdir textos y referencias. Su libro no sólo es rico por sus ideas y su propuesta ensayística, sino también por su capacidad integradora, que hace reunir a un puñado de autores más o menos notables, que aquí intervienen siempre de manera acertada y, muchas veces, brillante.
Las reflexiones sobre la distancia, las comparaciones y la creación de mitos autocelebratorios ponen de manifiesto la importancia del resto del mundo occidental en la vida de Chile y América, entendiendo este mundo no sólo como una expresión geográfica. De hecho, está implícito en este libro el juego de espejos y de imágenes, ilusorias o no, que se da entre Europa y América. Junto con descubrir este continente, se descubre Europa, como Montaigne sabía muy bien.
Gabriel Castillo realiza una aproximación a la representación de Chile e Iberoamérica que es audaz, conjetural, consciente de su carácter fragmentario e ilusorio, de su condición propositiva. Es una interpretación de la historia de Chile desplegada a través de una vertiente poco frecuentada entre nosotros, cargada de la tradición humanista y en la que el uso de las imágenes contribuye al enriquecimiento de la percepción del mundo en que vivimos. Esto es particularmente notorio al constatar que Castillo, por fortuna, se ha tomado la libertad de usar citas largas y muy bien escogidas. Así, entrega la palabra a algunos de sus interlocutores más significativos, como Alejandro Venegas, Benjamín Subercaseaux y Luis Oyarzún. En una época en que es necesario rescatar el arte de la conversación, el autor se convierte en un estupendo conductor de un diálogo entre vivos y muertos.
Hay, también, una circularidad muy lograda en el libro, ya que se hace cargo de grandes y pesados temas que se proyectan desde un pasado relativamente lejano hasta concretar un diálogo con la modernidad, transitando por el terreno del mito y la tradición, de las culturas letradas y las orales, lo diurno y lo nocturno. Esta historia tiene un carácter especular explícito e implícito, al mirarse y proyectarse en el otro –sea europeo o ameri-cano–, y en el otro tiempo, sea pasado presente o futuro.
En síntesis, un ensayo sobre el ensayo en extremo estimulante.
Claudio Rolle
Instituto de Historia
Inédito, lírico y catastrófico
Juan Luis Martínez
Poemas del otro. Poemas y diálogos dispersos
Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2003, 133 págs.
Juan Luis Martínez (1942-1993) es candidato a ser uno de los poetas más excéntricos –literaria-mente hablando– que han surgido en Chile durante los últimos 30 años. Sus publicaciones fueron escasas, intrigantes, poco distribuidas y fervorosamente admiradas. Ellas se com-ponen del libro La nueva novela (1977, reimpresión de 1985) y un ente agenérico titulado La poesía chilena (1978). Además, habría que agregar trabajos plásticos como collages, grabados y cajas de inspiración dadaísta y pop. Su labor, en su totalidad, se caracteriza no sólo por combinar artes plásticas y escritura, sino además por su humor y sus referencias abstrusas a artistas europeos, alusiones familiares o nacionales. En las relaciones humanas y la figuración social, Juan Luis Martínez fue un personaje excepcional y entra-ñable. Como una suerte de performance, cultivó un bajo perfil: apenas dio entrevistas a medios de comunicación, residió en la provincia (aunque no lejos de Santiago), fue reticente a ser fotografiado y a publicar en las revistas nacionales.
Poemas del otro recoge escritos comprendidos entre 1972 y 1990: una sección de textos inéditos («Poemas del otro»), otros repar-tidos en revistas y periódicos («Poemas dispersos»), además de entrevistas editadas y otras que jamás fueron impresas («Diálogos»). Es difícil resaltar la importancia de esta miscelánea recopilación, ya que, para los que nos contamos entre los lectores de Martínez, este volumen desfi-gura la imagen del autor y su obra de manera inaudita. Por ejemplo, el estilo de La nueva novela es distanciado e impersonal, analítico y axiomático; sus juegos con las citas y las para-dojas, la lógica y las imágenes hacen de él un libro inclasificable. Así y todo, su extrañeza sólo es compensada con un espíritu lúdico. Los poemas de la primera sección de Poemas del otro, en cambio, se caracterizan por un tono «elevado» y sentencioso. Abundan en exclamaciones, apóstrofes y el uso del «vosotros»; también, los sustantivos de corte existencialista, religioso y espiritual («ser», «existencia», «vacío», «angustia», «desgarro», etc.). Por lo general, los poemas consisten en narraciones espirituales algo exaltadas y reflexiones abstractas con alusiones privadas. A pesar de esto, parecen tener conciencia de su carácter público: muchas veces el discurso es decididamente dramático, lo cual recuerda ciertas efusiones de la poesía romántica del siglo XIX. Otras veces, el registro cambia súbitamente, y se intercalan palabras vulgares, frases agresivas, imágenes inconexas y narraciones surrealistas, hasta lograr una falta de articulación más bien desconcertante.
Los mejores poemas son los que logran compenetrar estos diferentes estilos, como «Quién soy yo», «A causa de ella» y «Un texto de nadie». Este par de estrofas –del primero de los textos– convencerá, imagino, a cualquier incauto lector de poesía:
Mi nombre, mi rostro, todo aquello
[que no me pertenece
lo doy como forraje al público
[insaciable,
mi verdad la comparto con los míos.
No vivo en la superficie, mi
[morada está más profunda
el malentendido no viene de mí:
nada tengo que ocultar
si no sé adonde voy, sé con quién voy.
En el prólogo se nos dice: «Poemas del otro es poesía lírica. Si se compara con los versos de La nueva novela, difícilmente podría inferirse que Juan Luis Martínez es el autor de ambos libros. Ésa era la idea: que hablara un otro, un personaje del todo distinto» (p. 11). Sin duda, estas frases son ciertas. Es paradójico, eso sí, que las entrevistas –llamadas «diálo-gos»– no calcen con este lirismo de variado temple, sino más bien correspondan a la poética de La nueva novela: en ellas sostiene una concepción «literaria» –valga la redundancia– de la literatura. Martínez hace hincapié en la rela-ción de los textos entre sí, en vez de acentuar la conexión con el autor o su contexto; admira a Borges, Mallarmé y Pessoa, quie-nes lograron ser más «literarios» que «reales», y, además, se abstie-ne de interpretar su obra (aunque sus entrevistas nos dan señas de cómo quería que sus libros fueran leídos). Esta concepción tiene tan-to de novedad como su contraria (digamos, el realismo y el roman-ticismo), y sus figuras más publi-citadas fueron el mismo Borges y la crítica francesa de los 60.
Un elemento curioso que aparece en las conversaciones es un cierto tono catastrófico, nostálgico y acaso conservador que adopta Martínez: «Soy un poeta apocalíptico. Creo en el fin de una época. Se perdió la imagen sólida del mundo. Los conocimientos acumulados sólo han servido para la confusión. Nuestra confianza en el lenguaje también se ha perdido» (p. 67). Lo particular de esto no es su contenido –que muchos poetas sostienen– sino que sea justamente él, autor de una obra excéntrica, caótica y contradictoria, quien lo afirme. Por una parte, alega contra la sociedad y, por otra, se muestra como un autor derechamente irresponsable: ni La nueva novela, ni La poesía chilena, ni menos aún Poemas del otro, intentan ser un remedio para aclarar las aguas turbulentas del presente.
Desde hace tiempo ya que se conjeturaba sobre el último trabajo de Juan Luis Martínez. Se decía que escribía lenta y pacientemente un libro de poemas que la muerte–inoportuna, como siempre– le impidió terminar. Se decía también que –por una promesa– se iba a destruir esa obra inédita. Poemas del otro nos permite una pequeña ojeada a esos papeles. Y aunque algunos de estos textos no estén a la altura de su mejor trabajo, o las entrevistas sean más atrayentes que los poemas, hay que agradecer de nuevo el que no se destruyeran esas hojas y que fueran a la imprenta.
Matías Ayala
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