CHILE Y LATINOAMÉRICA

Los vecinos toman distancia

La crisis del gas con Argentina y la agudización del conflicto por una salida al mar con Bolivia se han transformado en algo más complejo que problemas bilaterales. Ambos temas dejaron en evidencia lo que permanecía en el terreno del mito y del rumor: que el éxito económico de Chile lo está apartando de sus vecinos. El asunto ya está en la agenda actual y todo indica que su presencia será permanente en los próximos años.

Carolina García Huidobro L. | Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión

 

Las relaciones diplomáticas y comerciales de Chile con sus vecinos latinoamericanos, especialmente con Bolivia y Argentina, se han convertido en uno los puntos neurálgicos de la discusión pública de los últimos meses. Y sus repercusiones políticas y económicas aún no terminan de inquietar.

Lo que se tenía como un rumor, que hablaba de una cierta soberbia chilena frente a Latinoamérica, se ha vuelto un problema real. Desde que el Presidente de Venezuela Hugo Chávez abrió los fuegos pidiendo una salida al mar para Bolivia, la demanda del gobierno de Carlos Mesa ha despertado la abierta simpatía de algunos países de este continente o al menos el silencio de los demás. Pero la señal de alarma respecto de las conflictivas relaciones vecinales la entregó Argentina, a raíz de la crisis energética que vive ese país. El gobierno de Néstor Kirchner no sólo decidió restringir los envíos de gas a Chile, sino que además aceptó la condición impuesta por Bolivia para entregarle gas: que ni una molécula se destinara a Chile.

A partir de entonces, la «distancia» o «aislamiento» de Chile respecto de sus vecinos se ha convertido en comentario obligado de los líderes de opinión latinoamericanos, e incluso fue tema de The New York Times, medio donde se mencionaba a Chile como «el niño rico de la cuadra que comienza a sentirse solo».

Para hacerse cargo de esta discusión desde un punto de vista político, económico e histórico, la Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión de la Universidad Católica organizó el foro «Chile y su aislamiento latinoamericano: ¿podemos vivir sin vecindario?», con la participación del historiador y abogado argentino Rosendo Fraga, el economista y consejero del Banco Central Jorge Desormeaux, y el historiador Joaquín Fermandois.

Fraga: un barrio con problemas de gobernabilidad

Rosendo Fraga, columnista de Clarín, La Nación y Página 12, intentó responder a la pregunta de cómo se percibe a Chile fuera de sus fronteras. El destacado analista político argentino partió su exposición con las cifras del peso económico relativo de América Latina en el mundo.

El continente representa aproximadamente el 8% del producto interno bruto, el 9% de la población y el 6% del comercio mundial. Todo el PIB de América Latina equivale al de Francia, al de Gran Bretaña o al de California. «Ésa es nuestra realidad», enfatizó. «Y de esta América Latina, Brasil es un tercio, México otro y todo el resto representamos otro tercio. América Latina tiene la mitad de su población bajo la línea de la pobreza».

Frente al crecimiento sostenido de Asia y la periferia, y con una Europa que presenta un escenario bastante claro, Fraga sostiene que América Latina es una gran interrogante. Los dos extremos para responderlo son México y Haití, el primero con un ingreso de seis mil dólares anuales por habitante y el segundo, con 400 dólares por habitante.

Las crisis económicas van de la mano de un panorama político institucional muy poco alentador, mucho peor incluso que aquél de los años 80 y 90. «América Latina exhibe una creciente dificultad de gobernabilidad. Le sucede a los tres vecinos de Chile: Argentina, Bolivia y Perú. Y, lo que es peor, la amenaza del populismo está latente sobre todos ellos».

Dentro de América del Sur, Fraga sostiene que la clave es Brasil, país que representa la mitad en cuanto a territorio, población y producción. «La gran interrogante entonces es Brasil. Lo que allí suceda en gran medida va a determinar el futuro de América del Sur. Cualquiera que mire a América del Sur desde Asia, Estados Unidos o Europa se pregunta:¿por qué el resto no imita a Chile?¿Por qué Lula o Kirchner no toman de modelo a Chile? Y mi opinión es que en Latinoamérica somos parecidos pero diferentes. Chile sólo representa el 4 o 5% de América del Sur en términos de PIB y de población. Entonces, su influencia en la región es más limitada que la de, por ejemplo, Brasil».
Distinto es el tema, según él, de la imagen de Chile. Tanto en el mundo como en Argentina. «La imagen de Chile en el mundo, si uno toma el riesgo país como indicador de imagen económica, es el país de América Latina con mayor credibilidad mundial», asegura. «Es el único de América del Sur con un acuerdo comercial con EE.UU. y con la Unión Europea. Argentina está en el otro extremo. Respecto de la percepción de Chile en Argentina, se hizo una encuesta en marzo, justo antes de que comenzara la crisis energética. En ese sondeo, aparecía la imagen de Brasil con un 64% de popularidad; Chile, con un 44%; México, con un 38%, y Estados Unidos, con un 21%. Hace tres años, el mismo estudio arrojaba que la imagen positiva de Chile era 16%. Eso significa una mejoría de 28 puntos, mientras la imagen de EE.UU. cayó 30 puntos. Entonces, claramente en estos últimos tres años ha subido la valoración de América Latina y se ha deteriorado la de Estados Unidos».

Respecto del conflicto que ha surgido por el tema del gas, el analista trasandino opina que Chile atraviesa por una situación estratégica compleja. «El conflicto energético con Argentina es relevante para la relación bilateral, no porque complique la situación diplomática actual, sino porque entorpece la relación estratégica hacia adelante».

¿Qué va a pasar con el conflicto energético?, se pregunta. «Nadie lo sabe. Argentina ni siquiera ha resuelto su propio problema energético. El presidente Kirchner ha dicho que no se van a aumentar las tarifas y eso inevitablemente significa no enfrentar el problema. Por lo tanto, es muy difícil hacer un pronóstico para la evolución de este conflicto. Un punto central de interpretación es que Argentina enfoca todos sus problemas de política exterior pensando en la opinión pública interna. Y esto no sólo pasa con Chile. El presidente Kirchner viaja a EE.UU. y es una visita sin grandes temas de agenda, sino más bien para hacer noticia en las primeras planas de los diarios. Entonces, cuando el gobierno argentino ha tomado decisiones en materia energética, ha estado pensando en cuántos puntos va a subir o bajar ante la opinión pública argentina».

Rosendo Fraga destacó, sin embargo, los aspectos positivos de esta relación bilateral con Argentina al mismo tiempo que hizo alusión a aquella frase del Presidente Lagos que decía: «No hay que gasificar la relación con Argentina». Un aspecto central que fortalece la relación con ese país es que Chile representa el segundo mercado de Argentina, después de Brasil, un mercado que además va en crecimiento (Brasil, en cambio, va decreciendo). Las exportaciones de Argentina a Chile de los últimos doce meses superan a las entregadas a China. «Creo que el gran desafío de Chile», opina Fraga, «es lograr un mayor compromiso de Brasil para evitar los riesgos de ingobernabilidad de la región. Es fundamental el diálogo Santiago-Brasilia. A partir de ese diálogo, hay que plantearse un mejor diálogo Santiago-Buenos Aires».

Desormeaux: el éxito de Chile se resiente

Jorge Desormeaux, consejero del Banco Central, centró su exposición en explicar cómo estas señales de una cierta hostilidad vecina representan el costo menor que Chile debe pagar por sus buenos resultados económicos y por su opción de integrarse al mundo global y desarrollado.

El economista y académico de la UC inició su planteamiento citando una columna de Eugenio Tironi que según él hace un buen diagnóstico de nuestra relación con los países vecinos: «El origen de la situación descrita es objetivo. Chile ha adquirido en la región un peso superior al de su población y territorio, lo que rompe con los equilibrios históricos. Su modelo de desarrollo es a los ojos de muchos líderes políticos de la región no un ejemplo que ha de seguirse, sino uno que ha de abatirse. Y salvo que decidiéramos, en aras de la convivencia regional, renunciar a nuestro camino de desarrollo, lo más probable es que este escenario no mejorará en un futuro inmediato, no importa cuán afable o cuán astuta sea nuestra diplomacia».

El problema de fondo, según Desormeaux, radica en que la mayoría de los gobiernos de la región –y tal vez también la población– no comparte el modelo de desarrollo chileno. Y entonces «resienten el éxito que éste ha tenido».
Las características esenciales de este modelo son: estabilidad macroeconómica, bajas tasas de inflación, reducidos déficit fiscales, cuentas externas ordenadas, un nuevo rol del gobierno y una integración fundamental a la economía mundial.
«Una primera dificultad surgió cuando Chile optó por integrarse al Mercosur, como miembro asociado y no como miembro pleno. Por tener aranceles más reducidos, a Chile no le resultaba atractiva una plena integración al Mercosur, con un arancel externo común sustancialmente más elevado que el vigente en Chile. Habría significado alejarse del mundo desarrollado y no era una buena opción».

Un segundo punto de fricción se dio cuando Chile negoció unilateralmente acuerdos de libre comercio con la Unión Europea y con Estados Unidos. Los países del Mercosur habrían querido que Chile hubiera negociado esos acuerdos desde ese bloque y Chile optó por seguir el camino propio.

Para Jorge Desormeaux, sin embargo, lo central para explicar el sentimiento que percibimos de nuestros vecinos radica en los buenos resultados de la economía chilena. «Creo que si el modelo económico chileno no hubiese tenido el éxito que ha demostrado no estaríamos reunidos hoy día para discutir este tema. Si fuéramos parte de los mediocres resultados de toda América Latina, no estaríamos discutiendo esto. Muchos de nuestros vecinos han intentado aplicar el modelo de Chile, diez años después que nosotros, pero con una cuota importante de frustraciones».

«El modelo que se inició en Chile hace tres décadas ha producido frutos extraordinarios. Luego de la crisis financiera del 82 y 83, la economía chilena inició un proceso de crecimiento que no tiene parangón en nuestra historia, con un promedio anual de 7,3% durante estos doce años. Es el más alto de América Latina y uno de los más altos del mundo. El PIB per cápita de Chile en relación a EE.UU. es hoy entre un 30 y un 40% más alto que en 1975 y la pobreza ha disminuido a la mitad en los últimos quince años. El resto de América Latina durante este período exhibe una realidad opuesta. Venezuela, por ejemplo, ha perdido un 50% de su PIB relativo y Argentina, un 40%. Estas cifras derivan indudablemente en un aumento generalizado de la pobreza en estos países. Los malos resultados de América Latina han generado una especie de fatiga en la región y, en mi opinión, un resentimiento hacia Chile, que es el país –de alguna manera– modelo».

¿Por qué Chile ha sido más exitoso? Para Desormeaux, un aspecto central que nos diferencia con el resto de los países de la región es la estabilidad macroeconómica. «Chile ha desarrollado fundamentos sólidos que le han permitido ser más resistente frente a las crisis externas. Se trata de la consolidación de todo un sistema institucional que comprende el respeto al derecho de propiedad, la independencia del Banco Central, la legislación antimonopolios, un nuevo sistema de pensiones, un marco regulatorio para las tarifas de nuestros servicios públicos, la participación privada en el proceso de concesiones para obras de infraestructura, etc. Ahí radica el gran secreto de por qué Chile aprovechó bien la bonanza de los 90 y el resto de Latinoamérica, no».
«El sentimiento de aislamiento de Chile es en buena medida el reflejo de una insatisfacción que se origina en las profundas diferencias en materia de resultados económicos que exhibe América Latina en los últimos 20 años. En otras palabras, y a modo de caricatura, Chile es culpable de haber sido exitoso. La respuesta a esta situación no puede ser el cambio de nuestro modelo. Por el contrario, la integración al mundo es un juego de suma positiva en el que todos ganamos aunque muchas veces ello involucre períodos de ajuste en el corto plazo».

Fermandois: todavía lejos del desarrollo

El historiador y académico de la UC, Joaquín Fermandois, abordó el tema desde una perspectiva histórica, que tiene como marco la coexistencia de dos miradas de Latinoamérica respecto de Chile. Una que da cuenta de una historia excepcional y que nos ve, junto a Brasil, como el país más estable del siglo XIX y de mediados del siglo XX; que luego, con la Unidad Popular, nos transforma en la gran utopía y que, desde la segunda mitad de los años 80, mira el modelo chileno como el ejemplo para seguir. Sin embargo, también existe la otra mirada, la negativa, que se observa incluso en algunas crónicas coloniales, y que plantea que Chile es un país plagado de carencias: ahí están su pobreza, las crisis, las guerras civiles del siglo XIX, la violencia social y también el 11 de septiembre. «Sin embargo, yo creo que la mirada que nos ve con admiración es más poderosa y permanente que la segunda», opina Fermandois.

El historiador destaca el legado decisivo de la Guerra del Pacífico en las relaciones actuales con Bolivia y Perú. «Los chilenos a veces no estamos muy conscientes de los problemas históricos que gravitan en el presente. Pese a los pocos conflictos bélicos que han tenido lugar en América Latina, de todos, el más gravitante en la historia del siglo XX latinoamericano ha sido la Guerra del Pacífico, que fue para Chile una especie de última etapa fundacional. Se constituye como otro de nuestros grandes relatos históricos y eso está en la conciencia de todos los chilenos. En Perú, el Estado peruano del siglo XX ha levantado el tema de la Guerra del Pacífico como una explicación de sí mismo. Y Bolivia también ha mantenido un continuo en la creación de este mito: ha construido este gran relato de sí mismo a partir de la carencia del mar. Cuando sucedió la pérdida del mar, no representó algo tan fundamental. Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XX, adquiere una fuerza enorme que hasta ahora no declina. Con Argentina, existen grandes analogías y diferencias históricas. Tenemos una historia de colaboración y de conflictos potenciales, donde ha primado la cooperación. Un momento extraordinario en la historia de las relaciones con Argentina fue el de los pactos de mayo de 1912, cuando la lógica general indicaba que debía haber guerra y se logró la paz. Entre 1955 y 1984 hay otro ciclo enormemente preocupante y que casi desemboca en una guerra, en diciembre de 1978. Yo creo que esto tiene que ver con la crisis del Estado argentino, donde un lobby nacionalista adquiere un fuerte poder de veto. También se daba en Chile, pero con un carácter más defensivo».

«En este último tiempo se ha comenzado a hablar de la llamada crisis latinoamericana. Desde 1998 observamos la caída de muchos Presidentes constitucionales y el renacer del populismo. Creo que este fenómeno nos enciende una alarma respecto del tema de la civilización iberoamericana: deberíamos preguntarnos si Latinoamérica puede ser una civilización desarrollada. Por desarrollo entiendo el metro de las grandes civilizaciones, como lo fueron en un momento Atenas, Roma, Florencia y, en muchos aspectos, EE.UU. Habría que preguntarse si América Latina puede aspirar a eso».

«Chile ha vivido durante estas dos últimas décadas su mejor período histórico del siglo XX. El modelo chileno tiene, sin embargo, grandes problemas, como la pobreza, las carencias en educación, la persistencia de la violencia y de ciertas costumbres sociales destructivas, el escaso interés por participar que muestra la juventud y también los asomos de populismo. Pero la solución de un problema siempre representa uno nuevo. Los cambios experimentados en estos últimos 30 años son, cualitativamente hablando, muy diferentes a los anteriores, pero no alcanzan a crear un camino. Veamos a Taiwán en 1950 y luego en 1980; o a Corea en 1953 y luego en 1983, cuando se convierte en una potencia económica mundial. Nosotros, no somos todavía un país desarrollado».