Casi desde su nacimiento,
se ha venido anunciando la desaparición del diario.
Hoy, las estocadas «mortales» vendrían
desde internet, un público desafectado y un mercado
publicitario cada vez más receloso. Sin embargo, la
historia muestra que, ante todo, los periódicos han
persistido, a punta de mantener una fidelidad básica
con sus funciones primarias así como cierta astucia
para adaptarse a los nuevos escenarios del mercado de medios.
Eduardo Arriagada | Facultad de
Comunicaciones UC
Desde
el momento en que surgió la radio, se empezó construir
la imagen del ya tradicional diario como «un enfermo
con una mala salud de hierro». Cuando en 1920 El
Mercurio informó la primera comunicación
radial, que se realizó entre su sede y la Casa Central
de la Universidad de Chile, vaticinó que en diez
años la nueva tecnología reemplazaría
a la ya vieja prensa como la forma de distribución
de noticias.
El concepto de diario representa para algunos
una institución venerable, un elemento clave del
sistema democrático; hay otros que lo ven como un
rito cotidiano que pretenden heredarle a los suyos, y muchos
también lo consideran un negocio: el diario es una
agrupación tanto de bienes como de
generadores de ingreso, que se distribuyen conjuntamente
para amortizar el costo de edición, impresión,
papel y la misma distribución.
En términos
históricos, el diario se consolidó en los
Estados Unidos, específicamente entre 1830 y 1900
en la ciudad de Nueva York. Allí coincidieron una
serie de empresarios que, gracias al incentivo de la competencia,
progresivamente fueron desarrollando características,
secciones y contenidos que incrementaron la eficiencia
de los diarios para captar la atención de las masas.
Este proceso surge gracias a la revolución industrial,
las economías de escala y el desarrollo del transporte.
Entonces, la necesidad de hacer una distribución
masiva del producto exigió superar el «boca
a boca». Alrededor del diario se desarrollaron dos
profesiones que se condicionan mutuamente. Por un lado,
quienes asesoraron a las empresas y descubrieron que mientras
más gastaban en publicidad, más vendían.
En un momento, existía la certeza de que el costo
de los avisos era inferior al resultado de la masificación
de las ventas. En esa época se llegó a decir: «todo
lo demás es gasto», refiriéndose a
cualquier dólar que no se invertía en publicidad.
En forma paralela, otro grupo de profesionales
mejoraron las técnicas para definir unos contenidos que les
interesaban a estas nuevas audiencias masivas, en las que
se crea una necesidad de conocimiento. El periodista, en
cuanto profesional capaz de definir cómo debían
ser los medios para mantener la atracción del público,
comenzó a recibir una consideración tal que
le permitió profesionalizar sus prácticas.
En
pocos años, los diarios desarrollaron elementos
gráficos (como los titulares) y sus páginas
se llenaron de avisos de mayores dimensiones que los acostumbrados
hasta entonces; empezaron a aparecer ofertas, tiendas de
departamentos, marcas de consumo masivo, agencias de publicidad… A
fines del siglo XIX, casi todo lo que hoy aparece en los
medios masivos –las noticias políticas, las
novelas, las opiniones, la publicidad de todo tipo– se
encontraba ya en los diarios de cada ciudad. Aún
necesario
Este mismo carácter de único soporte
de lo masivo explica por qué hace casi cien años
se viene adelantando su inminente desaparición. La
posibilidad de reemplazar las funciones del diario se le
ha asignado a cada nuevo medio que ha surgido, pero la historia
nos muestra una y otra vez que hasta ahora tanto los nuevos
medios como los tradicionales han logrado acomodarse en el
mercado, en parte gracias al crecimiento de las audiencias
así como a los recursos disponibles para todos ellos.
Russell
Neuman muestra que la historia de los medios sigue un patrón
de especialización en línea con el modelo
de Merrill-Lowenstein: elitista-masivo-especializado.1
En su
análisis sobre la realidad norteamericana, Neuman
expone los momentos de mayor masividad para cada medio:
en el caso del diario, tuvo un alcance de 1,4 ejemplares
por
hogar en los años 20; en el cine, 2,5 visitas semanales
en los 30; en la radio, 4,3 horas de escucha diarias en
los 50, y en la televisión, 7 horas promedio de
visión
diaria de televisión abierta en los años
80. Neuman muestra que después de ese período
de máxima masividad, cada medio comenzó a
especializarse según sus ventajas, con respecto
a sus sustitutos.
Actualmente, el mercado de los medios
dispone de 6,4 horas diarias promedio,
que disputan una innumerable oferta de diarios, revistas,
canales de televisión, páginas web, estaciones
de radio, etc. Un ejemplo que sirve para comprender el
proceso de creciente especialización que vive la
televisión
abierta se refleja en los datos norteamericanos de programas
más vistos: el líder de los años 60,
I love Lucy, alcanzaba dos tercios de la audiencia total;
en los 70, All in the family fue el más popular
con poco más del 50%, y en los 90, Seinfeld llegó a
la cúspide apenas con un tercio de toda la audiencia
televisiva.
Pero por más que la radio tuvo su momento
central en la sociedad cuando no existía la televisión,
cuando las familias se reunían en el living «para
oír las novedades», económicamente
es demostrable que la radio segmentada de hoy en día
es una industria más poderosa y mayor que en sus
años
de oro.
Los mismos datos de Neuman mostraron que
en el reacomodo de los medios, el diario fue el que quedó en
la mejor posición. Esto, gracias a que la noticia
continuó siendo
el centro de su trabajo, lo que atrajo a una audiencia
variada y masiva. Los estudios de interés de los
lectores dan una pista que explica por qué el diario
es el único
de los medios que, al especializarse, no se segmentó demográficamente
perdiendo su masividad: «Los diarios hechos a la
medida para el hombre y la mujer, para los que tienen educación
secundaria o universitaria, para los jóvenes y los
viejos, para negros y blancos, fueron, salvo algunas excepciones,
predecibles, casi idénticos».
Pero hay otras
razones de la fortaleza relativa de los diarios. George
Gilder, en su libro Life After Television (La vida después
de la televisión), tituló un capítulo
como «El diario va a prevalecer». Ahí argumenta
que, al tener un uso tan variado según cada lector,
el periódico se transforma en un medio personal: «Aunque
los editores seleccionan y le dan forma a lo que se distribuye,
los lectores eligen, se fijan, ordenan, priorizan y se
embeben de las noticias como de los avisos a su propio
ritmo y voluntad».
Problemas al cierre
Sobre el futuro, sólo existe consenso respecto
a que lo digital va a terminar imponiéndose a lo analógico.
Esto traerá consigo el desvanecimiento de las fronteras
entre los distintos medios. En Inglaterra, por ejemplo, la
BBC y su turbina informativa, alimentada por el trabajo de
más de cinco mil periodistas y financiada en parte
gracias a un subsidio público de cinco mil 200 millones
de dólares al año, compite con los diarios
por las audiencias que buscan noticias en internet. Pero
el problema es mayor: las aventuras de los medios tradicionales
en la red, que no tienen más remedio que buscar financiamiento
en la publicidad, reconocen como rivales a las páginas
como Google y Yahoo. En Estados Unidos, la publicidad de
internet se lleva 33 centavos por cada dólar que
reciben los medios impresos.
Los diarios más relevantes ya
han puesto sus fichas. La empresa de medios de Knight Ridder
se agrupó con otros dos grupos de diarios, Tribune
y Gannett, para constituir Careerbuilder.com, que pelea de
igual a igual con Monster.com por el mercado laboral. Esos
mismos grupos apostaron por el agregador de noticias Topix.net,
The New York Times pagó 410 millones de dólares
por la página de intercambio de ideas About.com y
News Corp gastó mil quinientos millones de dólares
en comprar el sitio comunitario de jóvenes Myspace.com,
con sus 50,9 millones de usuarios registrados. Si lo sumamos
al resto de sus inversiones en el sector (un sitio de deportes
locales y otro de juegos por computadora), News Corp ya se
consolidó como el cuarto actor norteamericano en el
mercado de medios, a pesar de que su empresa Direct TV todavía
no ha ingresado con fuerza en el tema de la banda ancha. En este escenario central dominado por
internet, el problema fue que muchos trataron de relacionarse
con este nuevo entorno como si fuera otro medio de masas
análogo a la radio o la televisión. Esto
explica los fracasos que terminaron con el rompimiento
de la primera burbuja de los 90. Internet más bien
parece ser como la calle, se parece más al centro
de las ciudades: es un espacio donde lo que se desarrolla
tiene mucho más de comunicación interpersonal
que masiva. Lo que se va a reinventar con internet es la
otra gran amenaza de los medios: el marketing directo,
ya que ahora no es necesario usar estampillas, aumenta
la rapidez y es gratis tanto la frecuencia como la impresión.
Justamente lo amenazante de internet es que facilita la
desintermediación y abre espacio para el llamado «periodismo
social»: hace unos días, Yahoo anunció que
entregará a sus 200 millones de suscriptores las
herramientas para que creen sus propios medios.
El otro
problema creciente es la desafección de las masas
con las noticias. Son muchos los estudios que confirman que
el interés por lo cívico es cada vez menor.
Mientras los periodistas insistimos en nuestra definición
de noticia, muchos lectores han entrado en un fenómeno
de larvamiento social respecto de un mundo que consideran
demasiado difícil de entender. En este sentido,
toma fuerza el análisis pesimista de Robert Putnam,
que en su libro Bowling Alone4 demuestra que los televidentes
dejan de participar en proyectos comunitarios. Si baja
la sensación de comunidad también baja la
fuerza de la noticia como atractivo para las masas. Como
cuantifica David Mindich en Tuned out: Why Americans Under
40 Don’t Follow the News,5 hay un patrón que
explica la disminución del interés por las
noticias entre las nuevas generaciones: hoy, sólo
el 31,5% de los jóvenes de entre 18 a 24 años
necesita saber las noticias cada día, versus el
68,3% de los mayores de 65.
El punto más delicado
del problema tiene que ver con el efecto que los cambios
de propiedad le están produciendo a los mismos diarios.
El desarrollo de un control corporativo que ha reemplazado
a las empresas familiares está llevando a los medios
a producir recortes en el presupuesto que han impactado
la calidad del trabajo periodístico. De hecho, la
evidencia muestra una creciente proliferación de
información «bruta» en los sitios periodísticos
que los diarios manejan en internet, justamente el tipo de
contenidos que abunda en los blogs personales. Esto implica
bajar las barreras de defensa frente a los nuevos medios.
Mientras
los productos con baja circulación manejan altos
márgenes de ganancias, lo normal es que aquellos
con alta circulación –como los supermercados– esperen
bajos márgenes. El atractivo de los diarios para
los inversionistas es que tienen alta circulación
y altos márgenes. Philip Meyer, en The Vanishing
Newspaper,6 advierte que la gestión corporativa
de las empresas periodísticas está jugándose
el valor del diario al poner en riesgo la sensación
de medio imprescindible que todavía tiene. A punto de tirar la tinta
Pero incluso suponiendo que los periodistas recuperaran
la capacidad de mantener la atención del público,
puede suceder que el periodismo deje de ser viable si desaparece
el interés de los avisadores por llegar a las masas
con un mismo mensaje, o que ya no estén dispuestos
a pagar las tarifas que necesitan los medios tal como hoy
están dimensionadas. Ya en los 80, Leo Bogart había
anunciado que los medios no desaparecerían por falta
de lectores. La revista Life cerró en su momento
peak de popularidad y calidad, no porque no tuviera lectores,
sino porque los avisadores no querían pagar las
tarifas que requería la revista cuando podían
llegar en forma más barata a las audiencias masivas
por medio de la televisión.
En ese sentido, el flanco
más débil del negocio se está viviendo
en el mercado publicitario. Hay vaticinios que auguran
que lo que se está perdiendo es la eficacia del
pegamento que mantenía unida a la fórmula:
la publicidad.
«La mala noticia es que no existe
evidencia alguna de que nuestros avisos realmente son eficientes»,7
anuncian Al y Laura Ries, dos gurús del tema, refiriéndose
al secreto de la industria de que lo que se gasta hoy en
avisos sirve apenas para asustar a los competidores directos.
Evidentemente, el marketing tradicional ya no es la panacea,
porque no capta la atención de los consumidores;
en el fondo, porque no es rentable la operación
y es muy caro respecto de sus resultados. No está en
juego la capacidad de llegar a las masas, sino la razón
comercial de hacerlo.
Todavía se sigue usando masivamente
el aviso tradicional a pesar de que no hay mediciones claras
que aseguren su rentabilidad. Todavía se asume que «en
algún momento» la inversión publicitaria
implicará mayores ventas. El problema es que en
el contexto competitivo actual hablar de «en algún
momento» puede llegar a ser demasiado tarde, es decir,
nunca. Son muchos los que ya no respaldan planes publicitarios
que no vendan ahora mismo el producto. El libro Life Atfer the 30-Seconds Spot,
de Joseph Jaffe,8 comienza así: «Si todavía
existen personas que creen que los medios masivos son un
negocio viable, por favor entréguenles este libro».
Ahí se asegura que uno de cada cinco ejecutivos
de la industria publicitaria ya asume que un grabador digital
como TiVo será el responsable de la desaparición
de los tradicionales spots que todavía dominan la
publicidad. Los datos son duros: un 54% de los usuarios
de esa tecnología reconocen que se saltan más
del 75% de los avisos, y un 83% de los que piensan comenzar
a usarla mencionan la posibilidad de evitar la publicidad
como una razón clave para su adopción. Es
que hay una saturación: en los menos «contaminados» canales
de cable hay 60 segundos de aviso por cada 140 segundos
de programación; el 30% de los correos electrónicos
son spam, y en las revistas de moda hay que pasar 128 páginas
de avisos antes de llegar a la primera dedicada al contenido
editorial. La publicidad está haciendo agua, en
parte porque hay demasiada ahí afuera, porque los
consumidores saben cómo ignorarla y porque el desarrollo
de internet ha abierto nuevas oportunidades para usar caminos
alternativos.
Russ Wilcox, Director Ejecutivo de E Ink,
una empresa de «tinta digital», asegura que
la imagen de la película futurista Minority Report,
ambientada en el año 2054, donde los pasajeros del
metro leen diarios cuyas noticias se actualizan constantemente,
podría ser realidad en el año 2015. La duda
es qué marcas tendrán entonces la fuerza
sobre sus audiencias para justificar un salto tecnológico
así, con todo el esfuerzo que requerirá de
los hoy cómodos lectores de diarios.
El futuro para
cada diario es una cuesta cada vez más empinada.
Muchos exponentes tirarán la toalla. Es plausible
apostar por las marcas poderosas asociadas a información
relevante, por medios con altos niveles de credibilidad
entre sus audiencias. Muchos hoy adelantan que la prensa
más popular evolucionará hacia la distribución
gratuita y que sólo las marcas globales más
poderosas seguirán cobrando por el precio de tapa
y las suscripciones.
Auditoría
de circulación:
una tarea incompleta
En
todos los países desarrollados y varios
en desarrollo se publican las cifras de circulación
de los medios escritos, lo que otorga una sana
transparencia al negocio; en Chile ha habido
avances, pero todavía falta. Bastante.
Pablo Julio | Facultad
de Comunicaciones UC
Así como el rating nos
indica el número de personas que ve un programa
de televisión y la sintonía, el volumen
de auditores que tiene una radio, la cantidad de
lectores de un diario o una revista se conoce a
través de las cifras de lectoría.
En los tres casos, con diferencias técnicas
y metodológicas, se trata de estimaciones
estadísticas del público de cada
medio, ya que la cifra real sólo podría
conocerse, hipotéticamente, mediante un
impracticable censo a la población. Pero,
a diferencia de la radio y la televisión,
los medios escritos pueden auditarse: no en su
cantidad de lectores, sino en su número
de ejemplares.
En la segunda mitad del siglo XIX, cuando la publicidad en los medios
escritos se transformó en un fenómeno relevante en los
Estados Unidos, los periódicos empezaron a usar sus cifras de
circulación como un argumento de venta frente a los anunciantes.
Exagerar esas cifras y así vender más publicidad fue una
tentación irresistible para muchos. Otros apostaron por la credibilidad
y comenzaron a recurrir a distintas empresas auditoras que dieran fe
de que sus números eran veraces. Ese proceso culminó en
1914 con la creación del Audit Bureau of Circulations (ABC). Desde
entonces, para EE.UU., el resto de los países desarrollados y
para muchos países en vías de desarrollo (Argentina, 1946;
Brasil, 1961), la transparencia en las cifras de circulación,
mediante auditorías con métodos normalizados y en manos
de organismos especializados e independientes de los medios de comunicación,
es el estándar de operación en la industria.
Hasta hace un par de años
la situación de Chile era semejante a la
de EE.UU. a fines del siglo XIX: muy pocos medios
certificaban sus cifras con empresas auditoras
contratadas por ellos mismos, y la gran mayoría,
entre ellos los principales diarios y revistas,
solamente las declaraban.
Esa situación se hubiese
perpetuado de no mediar la intervención
del Gobierno. Dentro del proyecto de la nueva ley
de prensa (publicada el 4 de junio de 2001) se
incluía una cláusula que obligaba
a los medios que distribuyeran más de cinco
mil ejemplares a publicar en cada edición
la circulación del número anterior.
Que se legislara sobre un tema que
para los medios era un asunto entre privados desató una
larga polémica. Finalmente, se acordó el
retiro de la iniciativa y el compromiso de los medios
de dar una solución por la vía
de la autorregulación.
El 16 de noviembre de 2003, por primera
vez en Chile se conocieron las cifras auditadas de
los principales diarios y cinco meses después
lo mismo pasaría con las revistas. No sólo
se entregaron cifras, sino que se creaba una institucionalidad
a cargo del tema: el Sistema de Verificación
de Circulación y Lectoría (SVCL). El
Gobierno quedó satisfecho, la industria aplaudió y
todos los observadores se felicitaron por un logro que,
a pesar de las muchas cosas que dejaba pendientes, era
un avance fundamental que contradecía al escepticismo
generalizado.
Para
qué sirven las
cifras
La constitución del SVCL no sólo
incluyó la
coordinación de las auditorías de circulación,
sino también de las mediciones de lectoría
oficiales de la industria, forzando a que los medios
que quisieran que su lectoría
fuese medida, debían también auditar su
circulación.
Antes
de revisar qué ha pasado
desde entonces, conviene responder una pregunta natural: ¿para
qué sirve
hoy en día conocer la circulación de
un diario o una revista?
Aunque hay razones de distinto orden,
los argumentos comerciales son los que logran un
mayor consenso. Desde esta perspectiva, las cifras
de circulación
tienen fundamentalmente tres ámbitos de uso: la
publicación
de insertos, validar las cifras de lectoría y
sustituir a estas últimas en los lugares donde
la lectoría no sea medida o los anunciantes no
tengan acceso a ellas.
1. Cuando un anunciante distribuye
un folleto dentro de un diario o una muestra de un
producto en una revista, la cantidad de lectores (índices
de lectoría) no le sirve para saber cuántos
folletos o muestras del producto debe entregar al medio.
Si las cifras de circulación han sido abultadas,
el anunciante ni siquiera sabrá cuánto
de su dinero irá a parar a la basura. El abuso
que enfrentaría es el mismo que el de los clientes
de un almacenero que adultera su balanza.
2. Las cifras
de circulación también son útiles
para contrastar los índices de lectoría.
Estos tienen un origen estadístico y están
sujetos a múltiples factores que pueden
alterarlos. Sin que exista una vinculación mecánica
ni rígida, los índices de lectoría
y de circulación están relacionados.
Cuando esa relación se altera, es una señal
de alerta sobre un posible problema en alguno de los
indicadores.
3. El tercer uso de la circulación
es sustituir a los índices de lectoría.
Cuando un anunciante publica un aviso en un diario,
más que la cantidad de ejemplares, le interesa
saber cuántas personas potencialmente leerán
su publicidad. A saberlo le ayudan los índices
de lectoría, pero las encuestas para medirlos
son caras y sólo se hacen en las grandes ciudades:
siete núcleos urbanos en Chile. En el resto, donde
no hay información de lectoría, la circulación
es el único indicador disponible. Algo semejante
ocurre con los pequeños anunciantes, los que no
usan agencias de publicidad, o con quienes publican avisos
clasificados que, por su costo, no tienen acceso a las
mediciones de lectoría.
Partida en falso
Con esto en mente, podemos revisar lo que quedó pendiente
tras las primeras cifras auditadas: la apertura primero
geográfica
y luego por canal de venta de las cifras –se
entregaron sólo totales nacionales– y
en segundo lugar la inclusión de más
medios al sistema.
A dos años y medio de la publicación
de sus primeros números, aunque el trabajo
al interior del SVCL ha sido arduo, los avances son
escasos:
las cifras de circulación mostradas siguen
siendo sólo totales nacionales, no se han
agregado nuevos diarios y sólo se ha pasado
de medir de 18 a 20 revistas. Hasta el momento, su
valor es sólo simbólico, ya que no
es útil para ninguno de los usos indicados
previamente.
No es útil para la colocación
de insertos, ya que éstos muy rara vez son distribuidos
a nivel nacional. Lo habitual es que se contrate su
distribución en zonas geográficas específicas
y para esto no existen cifras auditadas. Tampoco permite
contrastar los índices de lectoría, ya
que el SVCL sólo mide
la lectoría en Santiago y, obviamente, no sirve
la circulación nacional como sustituto de la lectoría
en las zonas donde no se la mide.
Que las cifras no se
hayan abierto geográficamente tiene una segunda
consecuencia: bloquea la incorporación de los
medios de regiones al SVCL. Por dominante que sea localmente
un diario regional, nunca estará dispuesto
a que sus cifras locales sean comparadas con las cifras
nacionales de un diario de Santiago.
El SVCL es más
que circulación auditada. También es un
intento de mejorar la oferta de mediciones de lectoría.
Pero, paradójicamente, lo segundo ha atentado
contra lo primero, y es en las cifras de circulación
donde se juega la transparencia de los medios escritos.
La medición de lectoría del SVCL ha tenido
problemas y la opción tomada ha sido avanzar en
la auditoría de circulación sólo
cuando esos problemas hayan sido superados. Es una decisión
sensata, pues se focaliza en el problema principal, pero
poco auspiciosa para la transparencia si se tiene en
cuenta que jamás hemos contado con un estudio
de lectoría que no acabe siendo repudiado por
alguno de los grandes medios escritos. |
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