«Si la ficción
trata de quitarnos el aliento; el periodismo, de devolvérnoslo
cuando la realidad nos lo ha quitado. Si la ficción
nos pone de cabeza, el periodismo trata de situarnos en pie
cuando la realidad parece haberse mareado», sostiene
la profesora Rozas en este texto que leyó cuando recibió el
Premio a la Excelencia Embotelladora Andina 2005.
Eliana Rozas | Facultad de Comunicaciones
UC, Directora ejecutiva de Canal 13
Un
notable profesor español que tuve hace muchos años,
al que hoy llamo amigo en un acto de atrevimiento
y merced a esa suerte de eliminación de las diferencias
que trae consigo el transcurso de la edad (la mía),
me contó entre risas una anécdota que desde
que entré a la televisión recuerdo casi a
diario.
Impartiendo un taller de guión a un grupo
de estudiantes
de una universidad norteamericana de gran prosapia, hizo
a uno de ellos una pregunta a primera
vista inocente: «¿De qué se trata tu
película?». El alumno interpelado se lanzó en
una breve síntesis de los personajes y de las acciones
que discurrían en su obra, hasta derivar en un desenlace.
Impávido, Juan José –así se
llama mi amigo– volvió a preguntar: «¿De
qué se trata tu película?».
Esta vez,
el estudiante gringo, seguro de que el pobre español
tenía una disputa mal resuelta con
el inglés (como suelen tener los españoles,
en honor a la verdad) habló más alto, moduló cuidadosamente
y le puso freno a las sílabas.
Luego de asentir con
la cabeza, como solemos hacer
cuando comprendemos, Juan José, paciente, pero
impacientando a su interlocutor, volvió a inquirir: «Sí,
pero ¿de qué se trata tu película?».
El
estudiante, igual que Pedro en el relato bíblico,
enfrentado por tercera vez a la misma pregunta, tuvo que
conceder que no había en ella ninguna inocencia.
Contar,
en realidad, no tiene nada de cándido. Hay,
de hecho, una cierta desconfianza asociada al narrar.
¿
No decimos acaso que nos «contaron el cuento» cuando
nos embaucaron? ¿No llamamos «cuentero
»
al mentiroso? Los relatos son sospechosos de esconder
segundas intenciones, de abrigar ciertas finalidades.
Y de hecho las abrigan, sólo que probablemente allí está su
gran riqueza, su gran aporte a la vida.
Los chilenos pasamos
frente a la pantalla del televisor
un promedio de 3,1 horas al día. Es lo que dicen los
números, para mi gusto ciertamente más sospechosos
que los relatos, pero como tienen mejor prensa, démosle
crédito por un minuto. Si eso es así y a ello
le agregamos el hecho de que las transmisiones prácticamente
no descansan (o en cualquier caso descansan menos que nosotros),
la conclusión es obvia: la gran contadora de cuentos
es hoy día la televisión, no cabe duda. Y
no es imposible que el desdén y la inquietud que
provoca entre los más educados tengan que ver en
una parte con eso. La tele es la gran «cuentera».
En nuestros tiempos, es ella la que lleva en sus espaldas
el grave encargo
de contar. Ésa es su gran riqueza. Su gran aporte.
Y su gran responsabilidad.
Todo relato, no importa si con
imágenes o palabras,
se construye a partir de una infracción de lo previsible,
de lo normal. Sólo que esa alteración se
comporta distinto
según se trate de lo verdadero o de lo no verdadero.
En el primer caso, el territorio donde se sitúa
el periodismo, la infracción es real; en el segundo,
donde vive la ficción, es una posibilidad.
En los
relatos acerca de lo ficticio, el desorden es creado por
el expediente de dar un aspecto inusual a lo familiar.
La ficción se monta en la habitualidad, pero para
superarla y llevarnos a lo que podría haber sido,
a lo que podría llegar a ser. La ficción
le mueve el piso a la realidad, de un modo que con frecuencia
nos deja en vilo, como ocurre con aquel que se denomina
el
cuento
más breve del mundo, ese microrrelato magistral
de Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el
dinosaurio todavía estaba allí». Siete
palabras que de un plumazo inmisericorde nos sacan de nuestras
tranquilas
certezas acerca de la frontera entre la realidad y el sueño,
y nos abandonan en el descampado.
El relato de ficción
es un desafío a nuestras
concepciones;
la migración del indicativo al subjuntivo, como dice
un autor con la complejidad de la erudición. Lo mismo
a lo que aludimos, con lenguaje harto más simple,
cuando decimos «qué pasaría si», «hagamos
como que». En ese sentido, porque nos pone de cabeza,
porque
revuelve aguas quietas, la narración de lo no verdadero
es necesariamente subversiva.
El director de cine Sam Mendes imagina
un matrimonio
que vive en un precioso suburbio norteamericano donde todo
parece fluir plácidamente. Ella es perfeccionista
compulsiva y engaña a su marido; el marido está obsesionado
con una amiga de su hija; la hija termina escapándose
con el muchacho de la casa vecina, cuyo estricto
padre manifiesta al cabo una homosexualidad escondida
a punta de violencia. A ese horror Mendes le llama
«
Belleza americana». ¿Habrá algo más
subversivo?
La narrativa periodística y en general
los relatos de lo verdadero parecen situarse en las antípodas
de esta operación. También se organizan,
es cierto, a partir de un desorden, sólo que en
este caso él no es creado sino real y la acción
de aquel que relata no consiste en originarlo
sino en constatarlo. La infracción y lo que se da
por sabido están en permanente tensión. Los
relatos de lo verdadero, el periodismo, procuran mantener
las dos cosas unidas. Tratan de hacer comprensible aquello
que rompe el devenir previsto.
Si bien cuentan asuntos que
transgreden la habitualidad,
las narraciones informativas los arraigan en lo familiar
y hacen esfuerzos denodados por aproximárnoslos.
Cómo fue que la mera hipótesis pudo llegar
hacerse realidad, es la pregunta que se responden. ¿Cómo
fue, por ejemplo, que una hermosísima ciudad como
New Orleans pudo quedar cubierta de un agua nauseabunda
infestada de ratones y acaso nunca vuelva a ser la que
era? ¿Cómo llegó a ocurrir que desde
hace varias noches
la civilizada y envidiada París arda por sus costados
de rabia y de frustración?
Si la ficción trata
de quitarnos el aliento; el periodismo,
de devolvérnoslo cuando la realidad nos lo ha quitado.
Si la ficción nos pone de cabeza, el periodismo
trata de situarnos en pie cuando la realidad parece haberse
mareado. Así, contrariamente a lo que suele decirse,
la actividad periodística no es subversiva, sino
ordenadora,
y hasta apaciguadora. Paradójicamente, por eso mismo,
y no por subversiva, resulta tan incómoda para las
dictaduras, que suelen justificarse en el desorden
y perpetuarse so pretexto de las amenazas que acechan
a la vuelta de la esquina.
La narrativa periodística
y la de ficción
parten de una infracción de lo previsible, aunque
de distinta índole,
e inmediatamente separan sus caminos porque una (la periodística)
trata de amortiguarla y la otra (la ficción), de
exacerbarla.
Sin embargo –nadie lo sabe tan bien como
la televisión–,
son misteriosamente convergentes.
El periodismo, el bueno,
procura dar con una respuesta
acerca de por qué y cómo se ha producido
una alteración. Al preguntárselo, les da
un sentido a las cosas;
vuelve, de algún modo, a ponerlas en un cierto devenir.
Ata lo que parecía haberse desatado. Un narrador
periodístico va siempre tras un resultado, un cierto
orden.
Va por una presa.
El relato de ficción, en cambio,
no persigue necesariamente
una recomposición del estado alterado, sino que se
afana en mostrar la búsqueda (al fin y al cabo, búsqueda
moral) de esa recomposición.
«¿
Dónde estoy, qué hago, por qué?».
Es lo último que Tolstoi pone en los labios de Anna
Karenina antes
de que ella se lance al paso del tren en la estación
de Obiralovka, en medio de la angustia indecible provocada
por la mezcla fatal de su pasión por el conde Vronski,
la ternura ya maltrecha que alguna vez le inspirara Alexis,
su marido, y el desgarro de la ausencia
de su hijo.
La muerte de Anna Karenina lo evidencia:
un narrador
de ficción no va tras un orden sino tras la búsqueda,
esta vez fallida, de ese orden. Como dice un autor, mucho
más que de la presa, la ficción se trata
de la caza.
Es, al fin, en la caza, en la representación
de esa búsqueda, que los relatos de lo no verdadero
le dan sentido a las cosas del mundo, aun cuando no refieran
a ellas.
De ese modo, a través del sentido, la narrativa
es capaz de modelar la experiencia y la ficción
finalmente
se mete en la realidad.
A veces lo hace con la finura de
una remembranza, de una pequeña cita, como cuando
usamos modelos de los escenarios ficticios para dar forma
a nuestra experiencia
cotidiana. De un patrón explotador decimos, por ejemplo,
que es un Scrooch, echando mano del personaje de Dickens.
Y hasta hemos debido tolerar en este tiempo que muchas veces,
frente a una petición que les pareció excesiva,
nuestros hijos nos hayan contestado
con el semi irónico, semi indolente «mishh» del
Dante de Brujas. La penetración de la realidad por
la ficción también puede llegar a ser brutal
y a transformarse en una demanda
para que la primera copie a la segunda.
Sin ir más
lejos, la conmovedora escena del entrañable
profesor Keating de La sociedad de los poetas muertos,
con los ojos brillantes, despidiéndose de sus alumnos,
que lo homenajean subiéndose a sus pupitres,
fue capaz de provocar, en muchos países, desde luego,
en el nuestro, una discusión sobre los métodos
y la calidad de la enseñanza.
La ficción,
a fuerza de dar sentido, es capaz de poner
bandera en la realidad, de colonizar la vida. Y es allí,
en el sentido de la vida, donde vuelven a encontrarse
(la televisión lo sabe bien) los relatos de lo verdadero
y de lo no verdadero.
Las narraciones, pues, no se tratan
de lo que tratan. Cuando abordan lo verdadero, procuran
más bien la develación
de un cierto orden que las haga más comprensibles
y –por qué no– menos temibles. Y cuando
abordan la ficción, persiguen la búsqueda
de una recomposición.
Se cuenta, a fin de cuentas, para dar sentido.
Dar sentido a la vida.
Puedo, pero no quiero terminar estas
palabras, que ya se alargan demasiado, sin agradecer a
Embotelladora Andina
y al jurado este premio tan sorpresivo para mí,
que no debo sino interpretar como un reconocimiento a los
que han trabajado y trabajan conmigo.
Agradecer, luego,
a mi familia, la grande y la más
pequeña,
particularmente a Esteban, mi marido, y a mis hijos Magdalena
y José Antonio, sin cuya presencia mi propio relato
no me es a mí misma comprensible.
Agradecer a la
Universidad Católica, en especial
a los profesores de la Facultad de Comunicaciones, cómplices
de tantas cosas, y a mis antiguos y actuales alumnos, que
probablemente sin saberlo, me han ayudado a construir respuestas
cuando creían que sólo hacían preguntas.
Agradecer,
por último, a mis muy queridos compañeros
de Canal 13, con quienes a diario nos imponemos
la tarea de responder a la inquietante e inevitable
pregunta de mi amigo Juan José: ¿de qué se
trata tu película?
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