El libro que nos
ocupa representa
un testimonio de la inquietud suscitada al interior de
la enseñanza del diseño a partir de los años
90 en torno a un concepto acuñado desde la práctica
y utilizado de forma muy amplia. Hablamos de la «gráfica
popular».
¿
Resulta posible aludir o agrupar bajo esta denominación
–
como ha ocurrido– a referentes como las liras populares,
la pintura de letreros y fachadas comerciales, el rayado
callejero, el mural político, el panfleto, el papelógrafo,
el graffiti o el stencil?
Si entendemos la gráfica
en un sentido tradicional, ella involucra en forma directa
a la reproducción
técnica, y visto desde tal perspectiva, no todo
lo referido como «gráfica popular» podría
ser llamado así; sonarían con mayor fuerza
términos bastante desplazados hoy del diseño,
como «grafismo
»
y «rotulación», otrora comunes en el área.
Por
otro lado, entendemos que muchos lenguajes asociados
a la manualidad y al desarrollo de procedimientos alternativos
a la imprenta y los medios masivos tuvieron la capacidad
de fijar en la memoria colectiva distintos imaginarios.
Así, el denominador
«
gráfica popular» ha sido utilizado para aludir
expresiones representativas de diversos sectores no hegemónicos
de la sociedad chilena, que en momentos distintos se han
valido de estos recursos para adquirir visibilidad bajo múltiples
fines: han graficado necesidades, anhelos colectivos,
expectativas de progreso social, promovido servicios o formas
de intercambio, o sencillamente manifestado una voluntad
de presencia en el espacio público.
En una época
donde las grandes tecnologías
de la información nos enfrentan a la hipervisibilidad de diversos y numerosos referentes, y donde
las herramientas de la comunicación
otorgan idéntica presencia tanto a una oficina unipersonal
y autogestionada como a las grandes entidades transnacionales,
esfuerzos como Modesto-Estupendo pueden
contribuir de manera significativa a una nueva convivencia
e interacción del diseño local con su contexto.
Esto, ya que apunta al reconocimiento
y la identificación, por sobre la modernización
espejeante que promete un mundo «más comunicado» e «integrado».
Este
libro no es un catálogo o una publicación
orientada al rigor documental. La ausencia de índice,
numeración de páginas y lecturas de imagen,
deja en claro que, más allá del recorrido
lineal, se propone al lector elegir el camino que estime
conveniente;
se puede ingresar por el centro o la periferia. De hecho,
la ausencia de los hitos orientadores antes señalados
emplaza a transitar libremente por las visiones de mundo
que Modesto-Estupendo recoge. La obra adquiere el carácter
de una ciudad o barrio
que nunca se termina de conocer, donde se queda expuesto
de forma permanente al extravío y, por ende, a la
búsqueda de pistas.
Al inicio y al final de la publicación
se encuentra el detalle sobre la gestión del proyecto,
los recursos humanos, técnicos y económicos
que posibilitaron su realización, y ello permite comprender
que el nombre de fantasía elegido por Córdova
para la editorial buscó eludir un carácter
excesivamente
institucional o académico, proponiendo en cambio una
denominación más cercana a una gran junta de
vecinos, integrada por familias,
pobladores, comerciantes, pintores y diseñadores.
Una alusión a aquella vieja premisa del «poder
popular», aunque desprovista de cualquier afán
proselitista o panfletario, que nos recuerda las opciones
de una actividad como el diseño para construir –o
reconstruir– tejido social. Una tarea para la casa.
Al
principio, además, se ubican tres textos, escritos
por Luis «Tono» Rojas, el autor y Rafael Gumucio;
al final, se lee un texto de Guillermo Tejeda. «Tono» Rojas
aporta la mirada de una generación que desde la
docencia y el medio profesional
ha propuesto un diseño en diálogo constante
con la ciudad; Manuel Córdova entrega los pormenores
de la publicación en un lenguaje emotivo, y Rafael
Gumucio nos lleva, con sus apresuradas palabras, a la idea
de estar leyendo a bordo de una micro. Al otro extremo,
el texto de Tejeda adquiere el formato de un glosario sobre
la relación de docencia, amistad y trabajo entablada
con el autor en la Escuela de Diseño de la Universidad
de Chile.
En las páginas centrales, nos enfrentamos
a una selección
del trabajo que Córdova –junto
a un equipo– llevó a cabo entre 2002 y 2004,
que le permitió
reunir alrededor de seis mil imágenes, gracias a largos
trayectos a pie por numerosos lugares de Santiago. Aparecen
así distintos productos y servicios,
entre los que destacan talleres asociados a mecánica
automotriz o de precisión, reparación de electrodomésticos,
línea blanca, bicicletas, vulcanización, cerrajería
y zapatería; la comercialización de repuestos
y piezas; las peluquerías; los restoranes, cafés
con piernas y cibercafés. Salen a nuestro encuentro
versiones no oficiales de la cultura de masas mundial, como
el conejo de Playboy, Pepe Grillo, el Pato Donald y Lady
Di. También adquieren presencia exponentes locales
como Aluminio El Mono, «Los Tachuelas», Daniel
Vilches, el «Chino» Ríos, las señoritas
de los cafés y la locomoción colectiva. Quizá las
tres imágenes
que tienden a escapar en demasía del total son el
detalle de un papelógrafo (pp. 38-39), por toda la
carga política que éste involucra; la figura
de la Virgen de Fátima (p. 93), pues se vincula a
una iconografía de mucho peso en la cultura popular,
que podría ser motivo
de otra publicación, y la revisión del motor
de una micro (p. 111), aunque este último caso puede
tratarse de un saludo del autor a una de las personas que
conoció a lo largo del proceso.
Si en algunas páginas
el registro logra situarse con una objetividad al margen
de cualquier pretensión
autoral, en otras lo que vemos es el punto de vista de
distintos colaboradores invitados a participar en el libro.
Las «pasadas
de mano» conforman
así un relato paralelo a la «gráfica
popular». La calle se va quedando en capas posteriores
y la publicación se aproxima al devenir reciente del
diseño en las escuelas, donde parecemos asistir a
una entrega o corrección de taller y, tras varias
páginas, perfectamente podría estar el muro
de la sala o el entorno de trabajo de cada diseñador.
El libro se muestra, entonces, como un lugar de convergencia
–
y convivencia– entre lo observado y las distintas miradas
e interpretaciones del grupo que colaboró en cercanía
a Córdova; un encuentro entre la «gráfica
popular» y la enseñanza o, mejor dicho, el
aprendizaje del diseño local en el último
tiempo.
Por lo anterior, debemos reconocer lo suyo
a Modesto-Estupendo. Si la publicación se arriesga al forcejeo entre
un carácter documental, por un lado, y la intervención
de jóvenes diseñadores, por otro, también
es muy representativa
de una formación que ha trabajado con ahínco
por reinventarse, mirándose al espejo en baños
de picadas y bares, caminando la ciudad, y que durante más
de una década ha sido objeto de los prejuicios y la
distancia del establishment administrativo del diseño
local. Por sobre cualquier aspecto formal o comentarios descriptivos
respecto
a tal o cual página, el libro ha tenido la capacidad
de generar discusión, controversia
y apertura de sentidos. Más que un catastro o un texto
de consulta, es una experiencia testimoniada para movilizar
percepciones, sensaciones e intuiciones, antes que una entrega
regular de datos con afán teórico, tarea de
largo aliento que esta publicación no tiene por qué asumir. EDUARDO CASTILLO |