canon personal

JORGE EDUARDO RIVERA CRUCHAGA
La pasión y el pensamiento
El profesor del Instituto de Filosofía de la UC ha debido compatibilizar su profunda fe con los cuestionamientos de la razón; el mismísimo Heidegger le ayudó a resolver ese dilema. Pero sus referencias lo demuestran de antes: en Jorge Eduardo Rivera intelecto y emoción son esencialmente indisolubles.

A principios de los sesenta, el entonces sacerdote y estudiante de filosofía en Friburgo se acercó a uno de los ocho ayudantes del profesor Eugen Fink. Tenía una pregunta acuciante: ¿para qué filosofa un cristiano? «Yo siempre sentí ese problema», cuenta hoy, algo más de cuatro décadas después, el legendario profesor de filosofía y traductor. «Yo siempre he sido cristiano. Y me ponía a filosofar y decía: ‘Para qué: cuando me basta con la fe, el Evangelio, la Biblia, la tradición cristiana’».Pero la duda, entonces, fue demasiado para el ayudante: «Esa pregunta no es para mí, vaya donde el profesor, vaya donde Fink». Al ver su cuello de sacerdote, Fink lo hizo pasar y escuchó. Le dijo: «Esa pregunta no es para mí. Esa pregunta es para Heiddeger. Escríbale una tarjeta y dígale dónde vive usted para que se la conteste».El Rivera de entonces lo hizo y Martin Heidegger respondió de inmediato: un 17 de junio se produjo el encuentro, en la casa del filósofo alemán. Su respuesta a la pregunta se quedó grabada para siempre enJorge Eduardo Rivera: «La filosofía lo va a poner en contacto profundo con las palabras; va a entender su hondura y profundidad. Si usted se acostumbra a eso, va a entender mejor la palabra».

El profesor Rivera recuerda ese momento como decisivo. Muchos años después publicó su ya famosa traducción de Ser y tiempo (Universitaria, Santiago, 1997), que discutió varias veces con su autor.Esa aproximación por la palabra la tuvo desde niño, en parte gracias a la rama materna de su familia, que contaba tres poetas: Ángel Cruchaga Santa María, Juan Guzmán Cruchaga y Rosa Cruchaga. Aquí cuenta algunas de sus fundamentales y apasionadas referencias.

Miguel de Unamuno (1864-1936). «Unamuno me atrajo mucho. Esa cosa vital: no hablaba desde la cabeza, sino desde el corazón. Además, esa lucha existencial frente a la muerte: yo no me puedo, no quiero morir… Es una cosa terrible, casi un poco fantástica, pero hermosa como actitud humana. Simpaticé mucho con todas sus obras, desde Vida de Don Quijote y Sancho (1905): precioso. Después lo leí todo. Tiene un poema fenomenal. Se llama ‘Vendrá de noche’ (incluido en Romancero del destierro, de 1928).»

Vendrá de noche, sí, vendrá de noche,
su negro sello servirá de broche
que cierra el alma;
vendrá de noche sin hacer ruido,
se apagará a lo lejos el ladrido,
vendrá la calma...
vendrá la noche...

VENDRÁ DE NOCHE (fragmento), Miguel de Unamuno

Federico García Lorca (1898-1936). «Me gusta toda la Generación del 27: García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillén. García Lorca tiene una belleza nocturna, muy sensorial. Me atrae lo gitano, lo del sur de España, lo trágico en su poesía. A mis dos hijas les puse Amparo y Lola, por los poemas de ’Dos muchachas’ (incluidos en Poema del cante jondo, de 1931). Pero recomendaría sin ninguna duda el Romancero gitano (1928), donde aparece ‘Muerte de Antoñito el Camborio’».

Michelangelo Buonarotti (Miguel Angel, 1475-1564). «Me encanta la escultura. La Pietà (1499) de Miguel Angel. La fuerza, la vida. Es como los griegos, pero la única diferencia es que en los griegos está todo en paz: se ve la pura forma externa. Y aquí hay una cosa interior que está mostrando mucha fuerza, que se expresa en la forma. Incluso en el David (1504), que parece muy tranquilo, pero está mirando al enemigo que viene. Parece quieto pero está todo tenso.»

Le Corbusier (Charles Edouard Jeanneret-Gris, 1887-1965). «Recorrí todas sus obras en Francia, especialmente la Capilla de Ronchamp (Iglesia de Nuestra Señora de las Alturas, 1955). He estado ahí muchas veces. Me quedaba adentro, afuera, sintiéndola en la espalda. Eso es lo lindo de la arquitectura: que participan todos los sentidos. Estamos cobijados, a una cierta temperatura, con el tacto muy fuerte. De Le Corbusier me gusta eso aparentemente frío, puramente espacial. Una cosa de líneas rectas, todo armonía y espacio.»

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