Ana
María Stuven
Pasión dispersa
Esta profesora, de la Facultad de Historia,
Geografía y Ciencia Política, estudió periodismo porque
le atraía escribir. Pero una vez que le tocó ejercer se dio cuenta
de que su camino iba más por el intimismo, la reflexión, que
por la exposición pública. A los 28 años volvió a
la universidad a estudiar la que hasta ahora es su pasión: Historia.
Fue la mejor alumna de su generación y tiempo después partió a
la Universidad de Stanford en Estados Unidos a hacer un máster en Estudios
Latinoamericanos, otro en Historia y un doctorado cuyo resultado fue la publicación
del libro La seducción de un orden: Las elites y la construcción
de Chile en las polémicas culturales y políticas del Siglo XIX.
Hoy se considera una persona de intereses dispersos, pero cuyo fin es siempre
el mismo: la búsqueda de la trascendencia.
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La tierra
Una de las aristas que más ha marcado mi vida es
el contacto con la naturaleza, influida por mi padre.
Nosotros vivíamos en La Dehesa cuando era campo y teníamos
caballos, gallinas y una huerta. Mi padre nos inculcó el
amor por cultivar la tierra. Tengo recuerdos de fines de semana
en que nos íbamos a la playa y nos bañábamos
en el mar en invierno. Hoy tenemos un campo en el que durante los
fines de semana me dedico a trabajar en el invernadero, a criar
verduras, frutos, almácigos y flores. Yo misma trabajo la
tierra. La labor académica es muy autorreferente, pero la
tierra te contacta
con algo más táctil, más real, con materialidad.
Además en el verano con mi marido salimos a pescar de arrastre
con rapala en el río Calcurrupe.
El silencio.
No soy una erudita en música, pero disfruto mucho la
clásica.
Últimamente me ha interesado el barroco hispano. Por ejemplo,
el Conjunto de Lima, que rescatan del barroco peruano y del boliviano,
o aquéllos que se dedican a la recuperación
de las óperas barrocas de los jesuitas que se han descubierto
en América. Sin embargo, prefiero el silencio.
No soy una persona que podría estar escuchando música
todo el día. No estoy al tanto de la música popular.
Me cansa mucho el ruido y las imágenes
y por eso casi no veo televisión. No lo considero una
virtud, sino que una limitación. No tengo capacidad para
absorber demasiados estímulos. Yo soy capaz de estar mucho
sola, me hace bien, me reordena.
Semillas de contemplación
de Thomas Merton.
La lectura me acompaña diariamente.
Leo mucho acerca de Historia y lo disfruto. También
trato de acercarme a la literatura leyendo, por ejemplo, biografías
históricas. Sin duda, uno de los libros que más
me ha marcado es Semillas de contemplación de Thomas
Merton (1915-1968), un sacerdote trapense. En la época
en que lo leí yo me consideraba inmadura y este libro
me llevó a hacerme preguntas interiores. Comencé a
cultivar más mi espiritualidad
y durante una época fue mi línea de cabecera.
Un extracto de ese libro dice así: «Cada momento
y cada acontecimiento
de la vida de todas y cada una de las personas sobre la tierra,
siembra algo en su alma».
Mario Góngora.
Historiográficamente admiro todas sus investigaciones,
pero en especial la creatividad que plasmó en su Ensayo
histórico sobre la noción de Estado en Chile en
los siglos XIX
y XX me parece notable, así como también
su sensibilidad en trabajos como Romanticismo y tradicionalismo.
Sus obras representan una investigación prolija y, además,
una búsqueda personal
que al final de su vida fue cada vez más espiritual. Sin
duda que su legado tiene que ver con mi mirada del mundo: A medida
que pasan los años me ha dejado
de interesar el conocimiento por el conocimiento. En este momento
yo creo que la historia tiene que estar al servicio de la vida,
como dijo Friedrich Nietzsche. Entonces, ya no me interesa investigar
cuestiones que no tengan que ver con una pregunta interior mía.
Todo lo que hago tiene que tener alguna relación con la
trascendencia y si no, no me interesa.
Las letras.
Con la publicación de mi último libro de ensayos
Chile disperso, el país en fragmentos por fin he logrado
recuperar la conexión con una de las áreas que
desde niña más me ha fascinado: escribir. Logré dejar
atrás la seguridad que da citar otros textos, para darle
cabida a mis interpretaciones
soltando la pluma. Es un ejercicio de auto conocimiento que me
ha permitido
volcarme a los escritos sin tanta racionalidad, aunque sí manteniéndome
responsable. He vuelto a tomarle ese gusto a las letras y a atreverme
a decir cosas más de mi propio interior, que sólo
de una forma académica.
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