Para incentivar
la descentralización se creó el Fondo Nacional
de Desarrollo Regional que distribuye los dineros entre
todas las zonas de Chile. Sin embargo, como siempre, es
la capital la que se lleva la mayor parte de los recursos.
Una solución que se convirtió en un problema
y que deja a nuestro país aún más
condenado a la desigualdad.
por Patricio Aroca
En
1987, Alejandro Foxley escribió en su libro
Chile y su futuro. Un país posible1 que en nuestro
país existía un conjunto de nudos gordianos
que era necesario desatar para poder pensar en el desarrollo
que queremos. Uno de ellos, al cual dedica un excelente capítulo,
es la descentralización, pendiente por una creciente
concentración atribuida al «gigantismo insaciable
de Santiago».
El hoy canciller planteaba que fue la
situación
de crisis de 1982 la que «cercenó la dimensión
de esfuerzo financiero que hay que hacer para regionalizar
de verdad», y que en su mejor momento el Fondo Nacional
de Desarrollo Regional (FNDR) nunca superó el dos
por ciento del gasto público. Agrega que el «fenómeno
se vio agravado por la ausencia de una política
compensadora y reguladora, por parte del Estado, respecto
de los excedentes
que se generaban a partir del monocultivo de exportación
o de la explotación minera.»
En 2006, Mario
Waissbluth en La Reforma del Estado en Chile 1990-2005.
Diagnóstico y Propuestas de Futuro2 escribe
que la descentralización
en Chile es una asignatura pendiente. Además, muestra
que la inversión pública efectiva de decisión
comunal disminuye desde 17,2 por ciento en 1990 hasta estabilizarse
alrededor
del 10 por ciento entre 2000 y 2004. Por otra parte, la
inversión pública efectiva regional
se incrementa desde 10 por ciento en 1990 hasta alcanzar
casi 30 por ciento a finales de la década. Sin embargo, ésta
comienza a disminuir
sistemáticamente desde 2000 hasta llegar a 20,8
por ciento en 2004, lo que se traduce en que un tercio
pasa a ser inversión pública efectiva
sectorial, la que se incrementa desde 58 a 68 por ciento
en el mismo período. Lo anterior representa un inmenso
retroceso en términos de la capacidad de decisión
de asignación de inversión pública
efectiva en el proceso de descentralización.
A su vez, es un regreso a la concentración
del poder, a través de una gestión sectorial
que ha ignorado la heterogeneidad de las regiones del país.
Muchas
hipótesis se pueden plantear como potenciales
explicaciones de esta situación. Una de ellas se
encuentra en el mismo documento
de Waissbluth, quien, al comparar la inversión pública
efectiva regional per cápita, demuestra que la Región
de Aysén tiene un valor varias veces superior al
de la Región Metropolitana, con lo cual erróneamente
concluye
que este hecho invalida «una frecuente queja regionalista:
que el dinero se lo llevan los santiaguinos.»
Desigualdad
que aumenta
La conclusión es errónea porque ignora las
economías
de escala, de aglomeración y de urbanización,
mecanismos de concentración como la conmutación
interregional, los beneficios del comercio interregional
que se concentran en la Región Metropolitana, entre
otros aspectos.
Más que comparar los niveles de inversión efectiva
en las regiones a nivel per cápita, se debe mirar
los resultados del proceso de crecimiento.
Los gráficos a continuación tienen ese objetivo
e indican la realidad entre los años 1992 y 2003.
El
primer gráfico fue construido con la información
disponible de Producto Geográfico Bruto Regional
(PGBR) del Banco Central y el Ingreso Promedio Ponderado
de la Ocupación
Principal Regional obtenido de la encuesta CASEN para 1992
y 2003. Para ambos años se creó un índice
con base 100 en la Región Metropolitana.
Este gráfico
muestra, para 1992 en el eje horizontal,
que el salario promedio de los trabajadores
de la Región Metropolitana es el más alto del
país, en tanto la Región de la Araucanía
tiene
el promedio menor que es casi la mitad del valor de Santiago.
Los valores sobre la diagonal indican que los trabajadores
de esas regiones obtienen una proporción del producto
similar a la obtenida por Santiago.
Los valores por sobre
la diagonal indican que los trabajadores de esas regiones
obtienen una proporción menor del
producto, o que se requiere de mucho más producto
para obtener
un ingreso similar al de Santiago. El caso extremo es Antofagasta,
donde los trabajadores
alcanzan un 77,5 por ciento del ingreso promedio de los
trabajadores de la Región Metropolitana, siendo que presentan una
productividad
per cápita 1,5 veces mayor que la de Santiago.
En
el segundo gráfico se realiza el mismo
ejercicio para el año 2003, y los resultados
muestran cambios dramáticos de incremento
de la desigualdad entre la Región Metropolitana (RM)
y las demás regiones. Si se sacan las regiones extremas
del gráfico (Tarapacá, Antofagasta, Aysén
y Magallanes), la Región Metropolitana aparece con
un ingreso promedio superior en más de un 40 por ciento
que las otras ocho regiones del centro del país. Esta
diferencia no se aprecia en la distribución
del PGB Regional per cápita (eje vertical), donde
aparecen tres regiones con valores superiores
a la RM, mostrando a Antofagasta en el extremo superior,
cuyos habitantes tienen una productividad mayor en dos
veces respecto de la de los de Santiago. Sin embargo, la
proporción
del ingreso en relación a Santiago casi no ha variado.
Estos
gráficos muestran dos hechos claves relacionados
con la política destinada a reducir
las disparidades regionales. Primero, que ella no está siendo
efectiva: la desigualdad de ingreso del centro respecto de
las regiones está aumentando en el período
donde se hace política específica para reducirla,
1992-2003. Segundo, que el indicador relevante de bienestar
a utilizar debe ser el ingreso promedio de los trabajadores
que viven en las regiones y no el PGB Regional per cápita. Adicionalmente, este gráfico muestra
un movimiento generalizado de las regiones en la dirección
que producen más, es decir, tienen mayor crecimiento
que Santiago en promedio, pero obtienen menos ingresos. En
este sentido, el caso de la Región de Atacama es el
más preocupante.
En 1992 su producto per cápita era de alrededor de
70 por ciento del de Santiago, mientras que en 2003 era de
casi el 90 por ciento. A pesar de ello, su ingreso promedio
bajó de 87 a 57 por ciento entre los dos años.
Es decir, crece significativamente más, pero su ingreso
relativo no mejora. De hecho, en el período es la única
región cuyo ingreso real disminuye.
Producir
sin residencia
Estos resultados no sólo son preocupantes por sí mismos. En enero
de 2003, se promulga el reglamento sobre distribución interregional del
FNDR, en el cual se incluye, como una de las variables de reparto, el producto
per cápita regional, pero no se menciona el ingreso de los trabajadores
que viven en las regiones. Existe otro conjunto de variables, aunque ésa
claramente
beneficia a la Región Metropolitana y perjudica a las demás, ya
que todas aparecen en 2003 con un PGB Regional per cápita mayor, en términos
relativos a Santiago, que el que tenían en 1992. Al mismo tiempo la mayoría
muestra un ingreso promedio de sus trabajadores
que es menor.
Esto ocurre porque una proporción
importante
de los dueños de las empresas de las regiones no vive
en ellas, de hecho muchos no viven en Chile, por lo que el
porcentaje del producto que va a los dueños de la
empresa se va de la región o, en muchos casos, del
país. Además, la mayor parte de las utilidades
que no se van del país terminan en Santiago, debido
a que los empresarios viven en esa ciudad, generándose
así unas desigualdades en ingresos
que son las que, finalmente, dan cuenta de la diferencia
en bienestar entre las regiones.
El gráfico del FNDR
gastado en 2003 y 2006 muestra las consecuencias de este
reglamento. En 2003, el FNDR asignado
y gastado por la Región Metropolitana era de alrededor
de 14 mil 500 millones de pesos al año, un 20 por
ciento sobre el promedio nacional. En el año 2006,
es más del doble del promedio nacional y es la región
que más crece en su asignación del FNDR (161
por ciento). Es decir, la asignación de un fondo que
fue establecido para compensar
territorialmente, disminuir las desigualdades
de bienestar y promover un desarrollo balanceado de las
regiones, en los últimos tres años, después de
visualizar la evolución de las diferencias regionales,
contrasta significativamente
con sus objetivos.
El lunes 17 de abril de 2007 se publicaron
en el Diario Oficial los procedimientos de operación
y distribución del FNDR, donde se incorporan
significativamente indicadores de pobreza.
Sin embargo, tres de ellos cuatro están medidos en
niveles de población. Esto garantiza
que, nuevamente, la Región Metropolitana será la
que se lleve la mayor proporción del FNDR y que, por
lo tanto, cuando en el futuro volvamos a comparar las diferencias
en ingresos
de los trabajadores que viven en las regiones
respecto de los capitalinos, no será una novedad encontrar
que estas han aumentado y seguiremos esperando lo que planteaba
Foxley en 1987, «La descentralización: de la
retórica a la acción».
Al
sur del mundo
Los primeros antecedentes de la
Universidad Austral se originan el año 1942,
cuando un grupo de destacadas personalidades de Valdivia
dieron vida a la denominada Sociedad Amigos del Arte.
Uno de sus principales objetivos lo constituyó el
permanente apoyo a la creación de una nueva
universidad. Esta idea fue acogida en la década
de los 50 por el senador de la provincia de Valdivia
Carlos Acharán Pérez de Arce (1891-1961),
quien, desde los estrados del Congreso Nacional,
dio a conocer el proyecto de los valdivianos y logró su
posterior consolidación.
Pasaron varios años en que
el proyecto universitario se mantuvo en una etapa
de «hibernación». En 1954 se reactivó y
fue elegido presidente, del recién constituido
directorio de la Universidad Austral, el doctor Eduardo
Morales.
El pretendido proyecto tropezó con
graves obstáculos. Uno de los más importantes
radicaba en la falta de espacios físicos adecuados
para albergar salas de clases. Gracias a la ayuda
proporcionada por las eméritas ciudadanas
valdivianas Inés Bischoff von Stillfried de
Haverbeck (1886-1978), su hija María Inés
Haverbeck de Allende (1920-1973) y Elena Haverbeck
Richter de Skalweit, tía paterna de la anterior,
quienes efectuaron solemne donación de extensos
predios en el sector de Miraflores, la Universidad
pudo contar con los primeros edificios en los cuales
se impartirían las asignaturas propias de
las nuevas carreras.
|
Urrutia
y Undurraga en Concepción
Los hacendados del sur tuvieron un
polo de desarrollo en Concepción, cuyos puertos –y
también los cercanos de Cobquecura y Buchupureo– podían
embarcar sus productos. Pero nada más: la marina
mercante les estaba vedada. Recién a fines de
la Colonia, con la apertura ilustrada, un dueño
de catorce fundos, el vasco José Francisco de
Urrutia Mendiburu, intentará participar en ello.
Influyente y ejecutivo alcalde de Concepción,
es quien dirige la construcción de la Catedral
diseñada por Toesca, y su casa en la Plaza de
Armas tendrá tertulia principal.
Pronto tendrá que
competir con otro vasco naviero, también fundador
de una familia chilena numerosa, Manuel María
de Undurraga. Ambos habían
padecido las trabas que les impedían competir
con las naves de Francia, que llevaban el cobre y
la plata chilenos al Oriente; o con las de los bostonianos
que venían una tras otra, incesantes, a cazar
miles de cetáceos y lobos marinos para luego
elaborar aceites o exportar sus pieles sin ninguna
compensación para Chile. Con la Independencia
se desarrolla una marina mercante, un cabotaje a
lo largo del Pacífico, que tendrá un
puntal en los vascos de Concepción.
Ambos serán
también patriotas muy colaboradores,
especialmente Urrutia Mendiburu, llamado «el
suegro de la Independencia», por serlo de Martínez
de Rozas y de Rafael de la Sotta, figuras señeras
de ese núcleo patriota clave, al igual que
varios de sus hijos. Finalmente millonario, regala
un Hospital
de Mujeres a la ciudad. |
|