Estamos
viajando en un bus de 20 asientos y convenzo a su esposa
Margarita de que me deje ir sentada
junto a él. Jaime está encantado: confiesa de
inmediato que no le gusta hablar, que no sabe hacerlo,
pero se larga en una extensa descripción de lo que ha
sido su vida y claro, la de su representado estelar, su hermano
mayor, Gabito. Lo primero que hace es entablar complicidad.
Mientras el guía nos cuenta cómo fue la vida
de García Márquez en Barranquilla –lugar
que recorremos él, Margarita y una quincena de estudiantes
que asistimos
a un diplomado sobre el Nobel colombiano – Jaime se encarga
de desmentirlo en susurros.
«¿
Tú crees que eso es verdad?», me emplaza irónico
cuando el experto
narra cómo el célebre escritor pasó penurias
económicas en «El rascacielo», un edificio
de varios pisos que desde siempre ha sido un prostíbulo,
donde Gabo arrendó una habitación por la que
dejaba
en prenda los manuscritos de alguna de sus novelas cuando
no tenía cómo pagar. «¡Qué va
a tener de cierto! Gabito jamás pasó por eso… y
aunque sí lo hubiese hecho ¿Acaso alguien le
hubiera aceptado unos cuantos papeles a cambio de la renta?».
Jaime
no es crédulo. Tampoco es ingenuo. Y sabe muy
bien cuál es su rol en esta historia. No sólo
resguarda las finanzas y organización
de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (Fnpi)
fundada por Gabriel, sino que también
es el escudero de la intimidad de su hermano: «Él
ya se ha convertido
en un mito. Es tanto lo que se habla sobre él, tanto
lo que se inventa, tantos los que dicen que lo conocen que
el verdadero Gabriel, Gabito, no existe. Nadie sabe cómo
es. Nadie más que nosotros, su familia.»
En todo
caso, para suerte mía, Jaime tampoco es exageradamente
discreto. Por
fin cantante
A los siete años de edad,
Jaime García Márquez se encontró con
una gran noticia: su hermano Gabriel
por fin se había convertido en cantante.
La lucha por conseguirlo habiéndose
alejado de su familia viajando a Bogotá dio
resultado. La felicidad inundaba a su madre,
a su padre, a sus hermanos y al pequeño
Jaimito que trataba de hacerse espacio para
ver a Gabito en el diario. Cuando lo abrió se
sorprendió
aún más: ¿Qué celebraban
si Gabito no estaba ni en una foto ni con
guitarra? Ahí se dio cuenta de la
verdad. Gabito había publicado un cuento y no era
ni famoso ni recorrería escenarios cantando vallenatos
y serenatas.
Era 1947 y mientras el sueño de Jaime
se desmoronaba, el camino
del premio Nobel comenzaba a encauzarse. El relato La tercera
resignación había sido publicado en el diario
El Espectador.
Sesenta años después, para su
hermano que lo imaginó cantante, el cuento tiene un
nuevo sentido. Preparando una de sus primeras presentaciones
como representante
de la FNPI en Argentina estaba tan nervioso por hablar en
público
que, mientras recorría Buenos Aires para tranquilizarse,
se le vino a la mente un destello misterioso: él era
el protagonista de ese primer cuento. Gabito, 13 años
mayor que él, había escrito sobre sus días
de recién nacido. «Yo era un renacuajo,
débil, un sietemesino. Mi madre improvisó una
incubadora con una caja llena de algodones en la que me acomodó para
que no pasara frío. Cómo habrá sido
de impresionante
que a Gabito no se le borró de la memoria»,
dice. El
nudo
La familia García Márquez
es por naturaleza nómade. Gabriel nació en
Aracataca, vivió en Barranquilla,
Cartagena de Indias, Bogotá y quién
sabe dónde más, y ahora está radicado
en México. Jaime creció en Sucre,
y aunque se mudaron a otros pueblos asegura
que siempre sabe lo que pasa en esa ciudad: «Es
la presencia del ausente».
La infancia
de Jaime fue parecida
a la de su hermano escritor. Estaban atados
por ese nudo ciego que es la madre, por ese
cordón umbilical que él jura
a ojos cerrados
que no se rompe nunca. «Somos
una familia muy unida, como un sistema planetario
cuyo centro de gravedad era mi madre. En realidad,
más que una familia somos una tribu
con un palabrero mayor que es Gabito. Y la
madre… bueno, los hombres tenemos un
Edipo muy desarrollado. ¿Cómo
explicar sino que después de despegarnos de ella lo
primero que buscamos en una mujer es la teta? Al fin y al
cabo es nuestra mujer la que nos termina de criar».
Guiados
por esa mano suave y culta de su madre, los García
Márquez crecieron leyendo. El calor del Caribe ayudaba
a quedarse quieto y a que, ante la falta de sueño
y de energías para correr bajo el sol y exponerse
a la humedad penetrante, los libros se convirtieran en amigos.
Jaime leyó todos los que Gabriel dejó luego
de que partió lejos del hogar. Pasaron por sus manos
las letras de Kafka, de Hemingway, de Virginia Woolf. Y cuando
comenzaron a publicarse
los cuentos y novelas de su hermano, no dejó de leer
ninguno e incluso de aconsejarle sobre los nuevos relatos
que estaba creando.
«
Para Gabito yo soy un buen lector: estudioso, informado,
pero no erudito». De hecho, recuerda cuando Gabo, en
un almuerzo familiar
en el que estaban sus hijos, contó que quería
escribir una novela
en la que el protagonista fuera un octogenario: «Debe
haber sido en los años 80, cuando aún éramos
jóvenes. Gabito estaba intrigado con cómo era
la sexualidad de un hombre mayor. Quería encontrar
la forma de terminar la novela sin caer en suposiciones,
consiguiendo que alguien le contara cómo era ese ámbito
tan íntimo a esa edad. Con sus hijos nos reímos.
Simplemente le dijimos que esperara unos años más
y que lo descubriría por sí mismo y entonces
podría terminar la historia. Así fue cómo
nos hizo caso, y sólo en 2004 publicó Memorias
de mis putas tristes, cuando ya tenía la suficiente
experiencia. Hoy ya hemos dejado de hablar de libros y nos
dedicamos a conversar sobre la vida». Ni
cartas de amor
Las piernas de una mujer
que subía las escaleras del
edificio en el que quedaba su oficina,
deslumbraron a Jaime García
Márquez. La vio de espaldas
y quedó prendado de ella. Se
acercó seductor y al verle el
rostro moreno y los pequeños
rizos que forma su pelo, la reconoció de
inmediato. Era Margarita, la hija de
los vecinos tan amigos de la familia.
Cuando dejó de verla, ella era
una niña. Pero en el reencuentro,
los 14 años de diferencia ya
no se notaban.
Se convirtieron en los mejores amigos. Él
la aconsejaba sobre los novios que elegía. «No»,
le decía, «ése no te conviene».
Hasta que un día entendió que ninguno sería
suficiente. Sólo él. Jaime estaba enamorado
y dispuesto a casarse por segunda vez. Margarita, joven
arquitecta
y encantada por este ingeniero gentil, trabajador y coqueto,
aceptó. Hoy tienen una hija de 14 años, Patricia,
que los acompaña a todas partes y los orienta sobre
cómo leer los correos electrónicos.
Ni con
esta historia a Jaime le surgió el escritor
o el artista que dice que sus hermanos llevan dentro. «Yo
soy el racionalista de la familia. Y estuve muy orgulloso
de serlo hasta que me di cuenta que de creativo no tenía
nada. Los otros García Márquez son mucho
más creativos. Yo quedé en desventaja
con mis hermanos. Ellos han disfrutado de virtudes que
yo no he tenido. Y ahora yo les digo que debieran indemnizarme
por eso. Yo soy el García Márquez que no
escribe ni cartas de amor».
Por eso mismo, la sorpresa
que Gabito le tenía preparada
a fines de los 90, removió sus esquemas. Jaime vivía
junto a Margarita y su hija en el campo, rodeado en un
extremo por los paramilitares y, en el otro, por la guerilla.
Estaban confinados en ese rincón peligroso porque
era ahí donde le gustaba trabajar como ingeniero
de carreteras. Empeñado en protegerlo de una bala
perdida –o no– Gabriel lo invitó a hacerse
cargo de la FNPI. «Vente a Cartagena
y me ayudas, vas a estar más seguro
»
, le dijo. Pero Jaime se negaba. Estaba bien que de vez
en cuando él opinara sobre los libros de Gabito,
pero de ahí a periodista existía un buen
salto. «¿Por qué no le dices a Eligio
que sabe de esas cosas de literatura?
»
, contestó a la proposición del Nobel. Eligio
es otro hermano García Márquez que tiempo
después sin argumentos a Jaime para decir que no.
Además Margarita ya no soportaba
la inseguridad que significaba
estar en el terreno de conflicto.
Cuando conversó sobre
los aspectos del trabajo con Gabo, una de las primeras cosas
que le preguntó fue
por qué se lo había
propuesto a él, precisamente quien menos habilidades
para las comunicaciones tenía entre los miembros de
la familia. «Por eso mismo», le aclaró el
Nobel, y arguyó:
«
Los periodistas y los escritores son gente muy complicada,
muy llena de ego y muy sensibles… sólo alguien
como tú, que tiene la cabeza en su lugar puede lidiar
con ellos». Así desde 2007, Jaime es el subdirector
ejecutivo de la Fundación,
un ingeniero cultural, como le dice su hija Patricia.
Una de sus principales actividades
es recibir a los profesionales que hacen talleres en la
FNPI. Y además de asistir a las charlas, él mismo
se encarga de guiar un recorrido
por la Cartagena de García Márquez basado principalmente
en El amor en los tiempos del cólera, novela que no
le es ajena, pues narra el romance de sus abuelos. La caminata
no fue idea de él, sino que surgió como una
iniciativa de la Unesco, institución que le ofreció 300
dólares para que la preparara.
É
l le ofreció 50 de ellos a su hija y 100 a su esposa
para que se releyeran el libro y destacaran todas las partes
en las que Cartagena
apareciera mencionada. Patricia cumplió con el cometido.
Margarita
dice que a ella le interesó más la historia
que ir subrayando. Todo salió bien y de ahí en
adelante han continuado haciéndola para grupos de
periodistas y fotógrafos. Sin embargo,
a Jaime le siguen sudando las manos cada vez que empieza
la ruta. «Los García Márquez somos naturalmente
tímidos»
El
indiscreto Jaime
En la Ruta Garciamarqueana que
lideraba Óscar Collazos, célebre
escritor colombiano (La modelo asesinada, Rencor)
recorrimos Cartagena de Indias, Ciénaga,
Aracataca, Santa Marta y Barranquilla. En el paseo
conocimos la Quinta de San Pedro Alejandrino, lugar
donde murió Simón Bolívar.
En esos momentos, luego de una conferencia sobre
El General en su laberinto y El Coronel no tiene
quien le escriba, Collazos discute con Jaime García
Márquez sobre el real menosprecio que Gabo
dice tener hacia los que hablan sobre él
y sus obras. «A él no le importa»,
salta su hermano en su defensa. «Bueno, yo
te voy a contar algo, entonces. Una vez, Mercedes,
su esposa, me comentó como una infidencia
que mi libro Gabriel García Márquez:
La soledad y la gloria no sólo lo había
leído: lo tiene subrayado», se venga
Collazos.
Pero Jaime no se siente desafiado. Más bien
deja fluir su impulso de contar otras verdades
referentes al protagonismo social de su hermano
mayor: «Hace algunos años, cuando
yo aún vivía en Santa Marta, Gabito
me llamó por teléfono y me dijo: ‘Voy
a ir a verte. Tienes dos opciones: que me quede
en un hotel y hagas un cóctel para recibirme
con tus amigos, o que me quede en tu casa y nos quedemos
emborrachándonos’. Para mí, esas
no eran opciones. Era evidente que elegiría
que se quedara en mi casa. Y así fue. Llegó y
estuvimos bebiendo todo un día. Pero a la
mañana siguiente me convenció de que
fuéramos al pueblo porque una parte de su
máquina de afeitar se había echado
a perder y él sabía que podía
encontrarla en un almacén. Yo me negué.
Le preguntaba si estaba seguro… pero él
insistía. Después entendí porqué.
Llegamos al pueblo, él se bajó del
coche y la gente comenzó a agolparse a su
alrededor. Se corrió el rumor de que Gabriel
García Márquez estaba en Santa Marta
y todos querían saludarlo. Cuando se cansó,
me hizo una seña: ‘Nos vamos’. Él
sabe perfectamente cómo, cuándo y dónde
tiene que aparecer para lograr el efecto deseado».
En todo caso, estas intempestivas intervenciones
en la vida pública de Gabo no son muy frecuentes.
Cada vez lo hace menos por el temor que comparte
con su hermano Jaime: «Odiamos los aviones.
Preferimos no conocer y dejar de ir a alguna parte
que montarnos a uno»
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El
Nobel y los García Márquez
— Bueno Jaime. Cuénteme
qué se siente que un hermano se gane el
premio Nobel.
—
Alegría, pero no más que eso. La
verdad es que lo que yo sentí fue alivio.
Por fin Gabito se lo había ganado. Ya llevábamos
más de cuatro años con un periodista
sentado afuera de nuestra casa todos los meses
de octubre, que es cuando están por anunciar
a los ganadores. Para nosotros que se lo ganara
ya no tenía nada de novedoso.
—
Y su madre, ¿cómo reaccionó?
—
Bueno, estaba contenta también. Pero el
periodista que nos hacía guardia y que tomó sus
primeras declaraciones le preguntó: «¿Qué fines
prácticos tiene para usted que su hijo Gabriel
se haya ganado el Nobel?». Y ella, muy a
su estilo de tomarse las cosas al pie de la letra
le dijo: «Uno. Que con ese dinero me reponga
el teléfono que lo tengo hace seis meses
cortado».
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