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Grandes animales de la Edad del Hielo se alimentaban de frutos de árbol chileno


Investigadores concluyeron que el fruto del queule, árbol que sólo crece en nuestro país y que se encuentra en peligro de extinción, era alimento de especies como gonfoterios y milodones, quienes dispersaban su semilla facilitando su reproducción. Andrea Loayza, científica del Instituto de Ecología y Biodiversidad, participó del estudio que fue publicado recientemente en la revista internacional Plants.

Dibujo de gonfoterios, de Fernán Muñoz

photo_camera Esta escena corresponde a lo que podría haber sucedido en la Cordillera de la Costa en las regiones del Maule, Ñuble y Bío-bío durante la última glaciación. Los animales correspondían a caballos americanos, gonfoterios e incluso milodones.- Dibujo de Fernán Muñoz

Durante una tarde de otoño en el bosque costero, animales de gran tamaño comen de los abundantes frutos amarillos esparcidos sobre la hojarasca del bosque. Tras llevar en sus estómagos las semillas del árbol, algunos días después las dejarán en otros lugares, permitiendo así que la planta crezca en nuevos sitios. Esta escena corresponde a lo que podría haber sucedido en la Cordillera de la Costa en las regiones del Maule, Ñuble y Bío-bío durante la última glaciación. Los animales correspondían a caballos americanos, gonfoterios e incluso milodones.

Este tipo de relación beneficiosa entre dos especies se explica por la influencia mutua que tienen sobre su evolución. En el caso de un herbívoro, por ejemplo, que se nutre al ingerir frutos de una planta, el animal puede llevar las semillas a distintos lugares, sirviendo como medio de dispersión para ella. Y aunque sin duda hay beneficios, también puede haber costos, si algunas semillas son dañadas por los dientes del animal o en su tracto digestivo.

Esto es precisamente lo que estudiaron científicos de nuestro país para el caso del queule, árbol en peligro de extinción que sólo crece en esa restringida zona del centro-sur de Chile, y el cual posee un fruto que, se sospechaba, tenía las características para haber sido consumido por grandes animales, hoy desaparecidos.

“Las características del fruto del queule, como su gran tamaño, su pulpa comestible y la semilla protegida en un cuesco muy duro, calzan muy bien con esta relación entre un animal que se alimenta del fruto y una planta que puede dispersar sus semillas gracias al animal"- Andrea Loayza, investigadora Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB)

Así lo relata la investigadora  Andrea Loayza, investigadora del Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB, y de la Universidad de La Serena: “Las características del fruto del queule, como su gran tamaño, su pulpa comestible y la semilla protegida en un cuesco muy duro, calzan muy bien con esta relación entre un animal que se alimenta del fruto y una planta que puede dispersar sus semillas gracias al animal. Así, se ha propuesto que estos frutos grandes estaban adaptados a ser dispersados por la megafauna que existía en el Pleistoceno, hace unos 10 mil años atrás, tales como el milodón -un perezoso gigante-, équidos parientes de los caballos actuales, y gonfoterios, animales parecidos a los elefantes.
 
El estudio, publicado recientemente en la revista internacional Plants, (link con investigación), estuvo liderado por Diego Muñoz, agrónomo e investigador de la Universidad Católica del Maule. En dicho trabajo, también se analizó la importancia que tiene la dispersión de semillas y el crecimiento de nuevas plantas para la conservación de esta especie de árbol cuyas poblaciones están fragmentadas debido a las plantaciones forestales de pinos y eucaliptus.

Considerando este escenario y la extinción de la megafauna, ¿por qué entonces el queule aún sigue en pie? La investigación plantea la existencia de animales sustitutos que cumplirían este rol de dispersores. “Hemos escuchado el relato de personas que viven en lugares donde hay queule, señalando que el ganado se alimenta del fruto y, de hecho, corroboramos que vacas y cerdos ingieren cuescos completos. Esto por un lado, destaca la importancia del conocimiento que los habitantes rurales tienen y por otro, la posibilidad de que animales modernos puedan dispersar la semilla de este fruto”, comenta Diego Muñoz.

 

Frutos del queule. Foto Diego Muñoz

 

"Se ha propuesto que estos frutos grandes estaban adaptados a ser dispersados por la megafauna que existía en el Pleistoceno, hace unos 10 mil años atrás, tales como el milodón -un perezoso gigante-, équidos parientes de los caballos actuales, y gonfoterios, animales parecidos a los elefantes"- Andrea Loayza, IEB

En ese mismo contexto, Andrea Loayza señala que la sobrevivencia de este árbol también podría estar facilitada por el consumo de algunos herbívoros nativos. Sin embargo, aún no se cuenta con suficiente información para determinar esto con certeza. Por otro lado, otros estudios han mostrado que especies invasoras como la rata negra (Rattus rattus) mordisquean el fruto, ocasionando daño y mortalidad en las semillas del queule. No sucedería lo mismo con roedores nativos, quienes no muestran interés en este redondo alimento, parecido al níspero.

Considerado un verdadero fósil viviente de un antiguo linaje, el queule es la única especie de su género y de su familia botánica, algo muy poco usual en la naturaleza. Y aunque ha demostrado gran resistencia, su situación actual es crítica ya que solo hay 25 poblaciones reconocidas, muchas de las cuales tienen un reducido número de individuos.

Hoy se considera que el queule está en una categoría crítica de conservación y en peligro de extinción, pues tiene una distribución geográfica muy reducida, y con pequeñas poblaciones separadas entre sí, entre las que además, existen grandes plantaciones de pinos y eucaliptus"- Diego Muñoz, investigador UCM

A esto se suma que la especie posee una baja tasa de regeneración y propagación, lo que pone más en peligro aquellos esfuerzos de conservación. “Hoy se considera que el queule está en una categoría crítica de conservación y en peligro de extinción, pues tiene una distribución geográfica muy reducida, y con pequeñas poblaciones separadas entre sí, entre las que además, existen grandes plantaciones de pinos y eucaliptus. Y si bien la industria forestal está consciente del valor de esta especie, y no la arranca de su lugar, realmente no sabemos cuánto tiempo más podrá resistir viviendo bajo pinos”, asegura Diego Muñoz.

Otro problema que denotan los autores, es la dificultad de regeneración, ya que prácticamente no hay plántulas que estén creciendo en la naturaleza. “Si bien germina la semilla, éstas mueren fácilmente, y pensamos que en esto también puede influir la intervención del humano en el bosque nativo”, comenta Muñoz.

En ese contexto, Andrea Loayza, destaca la importancia de seguir generando conocimiento sobre estas especies e interacciones ancestrales, que podrían ayudar a proteger nuestro patrimonio natural. “En Chile hay otras especies relictas con frutos que también poseen características que nos hacen pensar que fueron alimento de la megafauna, tales como el lúcumo, el lucumillo, y el chañar. Al igual que el queule, estas especies tienen poblaciones fragmentadas y están amenazadas, pero se distribuyen en las zonas central y norte del país”.

“En Chile hay otras especies relictas con frutos que también poseen características que nos hacen pensar que fueron alimento de la megafauna, tales como el lúcumo, el lucumillo, y el chañar. Al igual que el queule, estas especies tienen poblaciones fragmentadas y están amenazadas, pero se distribuyen en las zonas central y norte del país”- Andrea Loayza, IEB

Avanzar en estas investigaciones también es vital para incrementar las medidas de conservación y protección de especies amenazadas, principalmente, por la acción humana sobre sus ecosistemas. “Un mensaje amplio para toda la ciudadanía, es la importancia de conocer las especies, para así poder valorarlas, y por supuesto, no destruirlas. En el caso del queule, pese al interés que genere en las personas, debemos evitar sacar ramas o recoger sus frutos, ya que todo esto puede producir un mayor impacto”, concluye Muñoz.

 


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