Skip to content

Revista Universitaria: En busca del paraíso perdido


“Ante el cambio climático no hay plan B, porque no hay planeta B”, afirmó el presidente francés Emmanuel Macron en respuesta a la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Más allá de generar impacto, la iniciativa de Trump preocupa, por la envergadura de la nación que representa y porque el cúmulo de pruebas científicas que muestran la necesidad de enfrentar el calentamiento global, resultan innegables.

La última edición de Revista Universitaria presenta un dossier que pretende reflexionar, a la luz de la reciente encíclica papal Laudato si, acerca del momento general en torno al tema del desarrollo sustentable, y la necesidad de incorporar las dimensiones humanas y sociales de los problemas ambientales.

Aquí les presentamos un extracto del artículo "Mercado y medioambiente: un catastro de fricciones (y de esperanzas)", realizado por la académica Eliana Rozas.

imagen correspondiente a la noticia: "Revista Universitaria: En busca del paraíso perdido"

photo_camera Archivo UC

Tamarugo

Basta tipear ese nombre en el “Inventario de especies endémicas” del Ministerio del Medio Ambiente, para que junto con la foto del árbol de copa ancha y hojas tenues se desplieguen los datos que con la frialdad de los informes hacen una cuenta radical: “en peligro”, “se conoce en menos de cinco localidades”, “disminución de la calidad del hábitat por perturbación y transformación de su área de ocupación derivada de extracción de agua por minería (…)”.  

Es la primera especie que menciona Pablo Marquet, director del Departamento de Ecología de la Facultad de Ciencias Biológicas de la UC, cuando reflexiona acerca de los cambios en el paisaje chileno: “En el norte ha tenido una profunda transformación a causa de las industrias de la plata, el cobre y el salitre, que explotaron gran parte de los bosques de tamarugos y algarrobos, así como las reservas de agua. En el centro y en el sur, ha ocurrido por la expansión de la industria agrícola y sobre todo de la forestal, que creció a causa de incentivos perversos que indujeron el reemplazo de un paisaje natural con bosques y matorrales, por plantaciones de pinos y eucaliptos. Estos cambios han afectado el ciclo hidrológico, al generar ríos con más sedimentos, erosión y entornos altamente incendiables”.

Pobreza Banco Mundial

Tras un casi imperceptible pestañeo de la pantalla, trece puntos rojos marcan una línea declinante que, parca, muestra que entre 1981 y 2013, el porcentaje de la población global viviendo en condiciones de pobreza extrema bajó de 42,1% a 10,6 %.

Esa disminución es lo primero que menciona José Miguel Sánchez, decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Católica, cuando se le pregunta acerca del crecimiento y sus efectos: “El mundo ha sido tremendamente exitoso en reducir la pobreza, que ha caído a niveles sin precedentes en los últimos 100 años y más aún en los últimos 30. También en Chile, donde las estadísticas son impresionantes. En 1990 teníamos un 38,6 por ciento de la población en pobreza extrema; hoy tenemos un 7 por ciento. Esa es la gran contribución del crecimiento”.

Según el cristal con que se mire, el transcurso del tiempo puede marcar un ascenso o una declinación, porque hablar de los vínculos del medioambiente con la actividad económica es abrir una caja de tensiones (de desafíos, si quiere ver el vaso medio lleno), de equilibrios complejos y dinámicos, que exigen abordajes multidisciplinarios donde, calentamiento global mediante, el tiempo apremia y las soluciones urgen.

Crecer o no crecer

El profesor Marquet, especialista en macroecología e investigador del Centro del Cambio Global UC, sitúa el complejo problema de los vínculos del mercado con el medioambiente en la paradoja de los recursos limitados que deben satisfacer a una población que no solo es creciente, sino cada vez más demandante de ellos. Con él concuerda Gonzalo Muñoz, cofundador del sistema de empresas B en Chile y de Triciclos, una empresa de que procura abordar el problema de los residuos en la distintas etapas del ciclo producción-consumo a través de asesorías, estudios y de una importante red de puntos limpios en Chile y Brasil: “No es posible el crecimiento infinito en un entorno finito. El confort del consumidor y la maximización de una única métrica productiva no son desarrollo, sino deterioro”.

Un enfoque que también propugna Marquet y que desecha de entrada la solución “simple”: contener el crecimiento económico o el de la población. 

El decano Sánchez, junto con destacar el éxito de la disminución de la pobreza, reconoce que el crecimiento ha traído aparejados costos ambientales y, en muchos países, un incremento de la desigualdad. “El desarrollo sostenible –dice– se basa en tres pilares: el crecimiento económico, sin el cual no hay políticas perdurables de superación de la pobreza, la protección medioambiental y la inclusión social. Si detenemos el crecimiento se nos quedan atrás los pobres. Y todavía hay tremendos bolsones de pobreza en África, en Asia y en nuestro propio país”. Además, agrega, “si no sacamos hoy a las personas de esa situación, estamos condenando a sus hijos a vivir en ella”.

La globalización y la administración de los bienes comunes

La globalización, indisolublemente ligada a nuestro modelo de crecimiento, ha generado también grandes tensiones medioambientales, en opinión de los biólogos. Es lo que Pablo Marquet describe como un “abismo metabólico”, acudiendo a un concepto del pensamiento marxista conforme al cual la lógica del capital promueve la incesante expansión a mercados más alejados.

Según afirma, la lectura que Marx hizo de Justus Von Liebig, uno de los pioneros de la química orgánica, le permitió entender la importancia de los procesos que ocurren en el suelo y que nutren a las plantas. Es decir, la relevancia de que aquello que se produce en un lugar se descomponga y recicle allí mismo. “Cuando eso no ocurre -señala- hay un quiebre en el metabolismo natural, que tiende a generar degradación de los suelos en los lugares de producción y contaminación en los de consumo”. 

El líder de Triciclos advierte que el costo ambiental de trasladar un producto debe reflejarse en el costo financiero, para incentivar que los movimientos ocurran en distancias cortas. A su juicio, además, la globalización ha incidido en una cierta homogeneización que impacta la biodiversidad, aunque percibe indicios de un creciente aprecio por lo propio. “Hace diez años, ¿qué valor tenían la quínoa, el maqui, el amaranto?”, se pregunta. 

Como casi todo lo referido a los vínculos entre la actividad económica y el medioambiente, hay en este punto también un reverso, que se encarga de plantear José Miguel Sánchez, quien sin menospreciar los costos ambientales que tiene la separación del consumo y la producción, agrega un elemento: “Si todo lo producimos donde estamos ubicados, los precios pueden ser muy altos y eso nuevamente incide sobre la pobreza.”

La cuestión de la administración de los bienes es todavía más compleja. Particularmente cuando se trata de los comunes, como el océano o la atmósfera.

Citando a la única mujer premio Nobel de Economía (1991), Elinor Ostrom, que fue reconocida por sus aportes acerca de los bienes compartidos y su administración, el profesor Marquet señala que el cambio del clima y la sobreexplotación de los recursos son “problemas de acción colectiva” que no pueden ser abordados solo globalmente, sino en distintos niveles y que las personas son capaces de cooperar para buscar un bien común, contradiciendo la idea de que siempre tienden  a maximizar su propio bienestar.

Como especialista en la interacción entre los sistemas ecológicos y sociales, con particular experiencia en las zonas costeras, el profesor Stefan Gelcich, también de la Facultad de Ciencias Biológicas, tiene mucho que decir al respecto. “En el océano no hay propiedad privada, por lo que generalmente tenemos que trabajar con la común”. Esto supone arreglos entre personas para acceder a los recursos, sin necesariamente pasar por las instituciones formales.

En nuestro país, según dice, existen muchas comunidades que operan exitosamente así, como también hay leyes que establecen sistemas de cogestión que, en distintas combinaciones, incluyen la participación de la comunidad.

Estos, que son muy adaptativos, y que avalan la hipótesis de la colaboración pueden, sin embargo, verse amenazados por las características del mercado global que está “desacoplado de lo local”, porque gran parte de los recursos se exportan.

“Entonces –sintetiza Gelcich-, si hay una gran demanda por un recurso, lo más probable es que estos sistemas no puedan adaptarse o requieran de un tiempo para hacerlo, lo que puede llevar a una sobrexplotación muy rápida”.

Cuando la necesidad de los acuerdos para el uso de un bien común se desplaza desde una pequeña comunidad a nivel planetario, como ocurre con el cambio climático, las dificultades son de otra escala: “La atmósfera es un recurso de propiedad común y al no tener dueño todos la sobreutilizamos –dice José Miguel Sánchez-. Cuando eso sucede, la asignación que resulta es ineficiente y, en este caso, se refleja en el aumento de la temperatura. Entonces, hay que intervenir”.

De hecho, el Quinto Informe de Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, año 2014) advierte que se deben tomar medidas ahora para cumplir con la meta propuesta de no exceder un incremento de dos grados Celsius en la temperatura del planeta al año 2100. “Todas las curvas demuestran que, si no hacemos nada, vamos a pasar los 7 grados. Y eso es un desastre. El mercado solo no va a arreglar esto, porque es una externalidad global”, afirma el decano.


Lee el artículo completo en Revista Universitaria 144


¿te gusta esta publicación?
Comparte esta publicación

Contenido relacionado