Criar no puede seguir siendo una carga privada
cuando los autores ajustan sus supuestos al Chile de estos años, con salarios que crecen poco, tasas que no bajan y pensiones que no reemplazan el último sueldo, la cuenta deja de cuadrar para cuatro de los cinco quintiles y el cálculo pesa.
La buena noticia es que el deseo sigue ahí. Según la última encuesta CEP, el número ideal de hijos promedia 2,4 y la respuesta más frecuente es dos. La realidad va por otro carril: en 2025 nacieron 146.446 niños, casi la mitad que en 1993, y la fecundidad cayó a 0,99 hijos por mujer, entre las más bajas del mundo. Chile no tiene un problema de deseo. Tiene un problema de condiciones. Y esa brecha es justamente donde la política pública actúa con plena legitimidad: no para convencer a nadie, sino para que quienes quieren tener hijos puedan tenerlos.
Hasta ahora, esa tarea la han sostenido las familias casi solas y, dentro de ellas, las madres. Las mujeres llegaron masivamente a la universidad y al trabajo, pero esa revolución no tuvo su espejo en el cuidado. Menos del 1% de los padres usa el postnatal parental, y el mismo estudio estima que en el quintil de mayores ingresos lo que la madre deja de ganar bordea los $79 millones a lo largo de su vida laboral. Es el costo indirecto más alto de todo el cálculo, y lo pagan ellas. Un sistema que obliga a una mujer a elegir entre ser madre y desarrollarse, o a criar en soledad, no es neutral. Tampoco lo es para los padres que quieren involucrarse y no encuentran cómo.
Cada hijo se cría en una casa, pero crece para un país. Hoy hay seis personas en edad de trabajar por cada mayor de setenta años; en 2050 serán poco más de dos. Quienes crían hoy sostienen las pensiones y los cuidados de mañana. Si lo que la crianza aporta es de todos, su costo no puede seguir recayendo en unos pocos. La decisión de tener un hijo es, y debe seguir siendo, íntima. Su costo, no. (...)