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Una Reflexión Semanal

Del daño a la dignidad


Foto de Verónica Undurraga
Profesora Instituto de Historia
La vida de las mujeres privadas de libertad es el tema que aborda la académica en "Una reflexión semanal".

“Y viví como un ermitaño dentro de un hoyo de un cementerio”. Así fue la adolescencia de “Jacky” (pseudónimo), una de las 33 mujeres privadas de libertad que nos relataron sus historias para escribir el libro “Salir del infierno. Historias de mujeres y cárcel”. Escucharlas fue una de las experiencias más significativas de mi vida. Implicó reconocerme en muchas de sus emociones, como las de una madre que anhela lo mejor para sus hijos, al mismo tiempo que involucró conmoverme ante miedos y dolores que jamás he experimentado. Entre estos se encontraba la angustia de tener que abandonar a los hijos para cumplir una condena de cárcel o tener que sobrellevar vivencias extremas desde la infancia.

Una de las tantas cosas que aprendí escribiendo este libro, junto a Ana María Stuven e Ingrid Bachmann, fue que las mujeres que han estado privadas de libertad no deben encasillarse a partir de esta categoría. Sus historias no empiezan ni se significan desde que reciben su condena, pues antes de esto ellas fueron niñas y adolescentes que compartieron múltiples marcas de marginalidad.  Vulneraciones, abusos, maltratos, pobreza, entornos peligrosos, baja escolaridad, maternidades tempranas, padres y parejas ausentes, la responsabilidad del cuidado de hermanos pequeños, madres enfermas y luego, en soledad, de sus hijos. Es justamente esta monoparentalidad la que, por lo general, las lleva a incurrir en el delito: inicialmente robando pañales y leche para sus bebés, como “mecheras” en supermercados, para luego incurrir en el microtráfico de drogas, que pueden ejercer desde sus casas sin tener que dejar a sus hijos para salir a trabajar.

Esta aproximación no busca justificar la delincuencia, sino entender por qué las mujeres llegaron a ella, poniendo atención a sus historias. “Mujeres dañadas y que hacen daño” fue una categoría que acuñó la socióloga Kathleen Daly para explicar que una mujer no nace delincuente, sino que llega a serlo luego de una historia de vulneraciones. Algunos podrían señalar que este no es un problema prioritario, considerando que actualmente las mujeres representan el 8,3% de la población penal en Chile, aunque en los últimos años esta cifra se ha incrementado de manera más pronunciada que la de los hombres. Pero más allá de los indicadores, esta realidad es un problema que nos interpela como sociedad y como cristianos, pues involucra su dignidad, la vida de sus hijos y nuestra propia humanidad. (...)

 


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