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Una Reflexión Semanal

El anuncio de siempre, como nunca


Foto de Camila Salinas
Estudiante Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma)
"El primer anuncio no es únicamente el inicio de la fe: es su fuente constante de sentido y alegría. No está reservado a quienes nunca han oído hablar de Cristo, sino que también alcanza a quienes necesitamos volver a escucharlo, como si fuera la primera vez…", escribe la teóloga UC.

¿Y si el anuncio de Jesús no fuera solo una buena noticia… sino una noticia nueva?

El primer anuncio no es únicamente el inicio de la fe: es su fuente constante de sentido y alegría. No está reservado a quienes nunca han oído hablar de Cristo, sino que también alcanza a quienes necesitamos volver a escucharlo, como si fuera la primera vez… ¿Cómo así?

Sí, cada generación necesita escucharlo en su propio idioma y contexto. Pero no se trata de “encarnar” el Evangelio, como si pudiera cambiar de cuerpo, sino de reconocer con humildad que ya tiene carne: la de Jesucristo, el Hijo hecho hombre, que se hace presente hoy y siempre. Nuestra misión no es adaptarlo a gusto, sino anunciarlo allí donde vive y actúa hoy: en nuestro contexto, en nuestra historia, en nuestras heridas, gozos y búsquedas.

Es fidelidad y creatividad, algo no tan fácil. Jesús bien supo de esto al llamar y los apóstoles, al escuchar (y luego también al anunciar). Pensemos en el ejemplo de Mateo: Jesús pasa, lo ve en la mesa de impuestos —lugar despreciado, moralmente ambiguo y religiosamente impuro— y le dice: “Sígueme”. Una palabra que irrumpe en su vida. Esto hace pensar que, sencillamente, no existe “el tipo de persona que Jesús no habría llamado”; algo difícil de captar para el mundo del descarte.

Algo esencial: Jesús anuncia invitando, no simplemente explicando. Apunta al corazón, a lo relacional, no solo al comportamiento externo. Acontece y despierta vida nueva: Mateo es ahora el apóstol, el evangelista. Dios ha actuado, allí donde nadie lo esperaba, y el llamado ha dicho sí.

Sobre esto, la liturgia tiene mucho que decir. En la liturgia antigua, la Iglesia anunciaba a la comunidad los momentos importantes del año —fiestas, ayunos, escrutinios— no como un recordatorio práctico, sino como un modo de decir que la salvación se realiza en un momento preciso y en un lugar concreto. (...)


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