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En torno a la fragilidad y dignidad en la vejez


Foto de Marcelo Barrientos
Profesor Facultad de Derecho
"(...) Estamos llamados a romper la unidireccionalidad de la asistencia social hacia los adultos mayores, una donde nosotros damos y ellos reciben, para entrar en la dinámica del encuentro", afirma el académico.

A menudo miramos la vejez con temor, como si el paso de los años restara valor a nuestra existencia. En una cultura que nos mide por lo que producimos, la fragilidad suele verse como un error. Sin embargo, al observar a nuestros adultos mayores, no solo vemos nuestro futuro, sino la verdad más profunda de nuestra condición: somos hijos amados por Dios cuya vida es un don que se profundiza con los años, aunque tengamos contratiempos y dificultades.

En la Biblia, llegar a viejo no es una maldición, sino una bendición, un signo tangible de la fidelidad de Dios. “En eso está tu vida y la duración de tus días, mientras habites en la tierra que el Señor juró dar a tus padres (…)” (Dt 30,20). La vida no debiera ser vista como una propiedad privada que se devalúa con el uso, sino un don que se profundiza con el tiempo. Así, con Abraham y Sara, en avanzada edad, Dios plantó la semilla de la promesa de salvación en su vejez. Dios espera a que las fuerzas humanas de Abraham se agoten para intervenir, demostrando así que la fecundidad del pueblo elegido no es fruto del tiempo de vida, sino de la Gracia. La Escritura subraya el privilegio de la edad avanzada, convirtiéndola en promesa: “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre, y tú serás una bendición.” (Génesis 12:2)

Al tiempo de la vejez, por lo tanto, no lo debemos tapar, no honramos al adulto mayor por lástima, lo honramos por justicia y por supervivencia propia. No debemos ocultarlos “No me rechaces cuando llego a la vejez, no me desampares cuando me fallan las fuerzas” (Sal 71,9).  El adulto mayor nos enseña siempre porque experimenta en su carne la contingencia radical del ser humano. Mientras somos jóvenes, vivimos bajo la ilusión de la autosuficiencia; creemos que nos sostendremos a nosotros mismos siempre, lo que no pude estar más lejos de nuestra propia e inevitable realidad terrenal. (...)

 

 

 


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