La vida es esperanza: a treinta años de Evangelium Vitae
Desde su título —Sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana—, el texto magisterial de San Juan Pablo II, publicado en 1995, proclama una verdad esencial: la vida es un don que debe ser acogido y protegido. No se limita a denunciar una cultura marcada por el descarte, sino que propone un camino alternativo: construir una civilización del amor fundada en el respeto a la dignidad de toda persona, sin excepciones.
La fuerza de la encíclica no está solo en lo que advierte, sino en lo que ofrece: una ética del cuidado, una cultura del encuentro, una propuesta de esperanza. En palabras del Papa: “No hay ninguna ofensa, por grave que sea, que no pueda ser perdonada. No hay situación, por desesperada que parezca, que no pueda ser superada. No hay nadie tan débil que no pueda encontrar en la gracia un camino nuevo” (EV, 99).
El ser humano no es dueño de la vida, ni de la propia ni de la ajena. La existencia no puede ser evaluada ni suprimida en función de parámetros subjetivos de calidad o funcionalidad: “La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta la acción creadora de Dios” (EV, 53).
En este horizonte, la libertad no se entiende como un poder absoluto, sino como capacidad de orientarse al bien. Cuando esta se desvincula de la verdad sobre el ser humano, puede dar paso a formas de violencia estructural (EV, 19). Por ello, el rol de la familia es decisivo: allí se aprende a acoger la vida, a cuidarla y a reconocer su valor más allá de toda utilidad (EV, 92–94).
La perspectiva cristiana ilumina esta visión antropológica desde el misterio de Cristo. El Hijo de Dios se ha encarnado para dar vida plena a la humanidad: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Así, cada existencia cobra un valor redentor incluso en el sufrimiento, el límite o la enfermedad (EV, 29). (…)
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