Violencia y políticas de infancia
La evidencia es consistente: la violencia no comienza en la adolescencia. Sus raíces van mucho más atrás, a los primeros años de vida. La primera infancia —desde el embarazo hasta los cinco años— es una etapa decisiva para el desarrollo del cerebro y, especialmente, de la autorregulación, entendida como la capacidad de reconocer, expresar y manejar las emociones, controlar los impulsos y responder al entorno de manera adaptativa. Esta habilidad está estrechamente ligada a la prevención de conductas agresivas y violentas.
Pero la autorregulación no se aprende sola. Se construye en la relación con otros —adultos— en interacciones cotidianas que moldean la manera en que los niños entienden y manejan lo que sienten. Cuando esos entornos están marcados por el estrés, la negligencia o prácticas de crianza violentas, las oportunidades de desarrollar esta habilidad se ven comprometidas. Si queremos tomarnos en serio la prevención de la violencia, el punto de partida debe cambiar.
Primero, es urgente fortalecer la detección temprana de posibles problemas, incorporando herramientas que permitan identificar no solo conductas problemáticas, sino también dificultades en la regulación emocional desde los primeros años de vida. (...)