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Campus Oriente: El lugar del arte en la UC


Con el paulatino traslado de facultades hacia Casa Central y San Joaquín, el noble edificio adquirido a las Monjas Francesas es hoy un centro vital dedicado a la creación y reflexión en torno a las artes visuales, la música y el teatro, por lo que con frecuencia inaugura exposiciones y estrena obras abiertas al público.

El Campus Oriente antes de 1936.

photo_camera Fotos: Archivo Universidad Católica - Gentileza de Hans Mühr

Texto: Ramón López, decano de la Facultad de Artes.

Paraíso semiperdido, en el límite de las comunas de Providencia y Ñuñoa, el Campus Oriente es el más joven de la Universidad, ya que se adquirió a la congregación de las Monjas Francesas el año 1971. Las religiosas habían construido el edificio de 23 mil metros cuadrados en los años treinta del pasado siglo, en un estilo neo-románico de gran unidad arquitectónica, para albergar al colegio e internado de la institución, en medio de un amplio terreno que ocupa cerca de seis hectáreas.

Los sobrios volúmenes se estructuran simétricamente en forma de claustro, dando origen a intrincados corredores y ocho patios, cada uno con su propio carácter. En su centro, magnífico, está el Templo Mayor.

Durante dos décadas acogió muchas facultades de la universidad, tales como Derecho, Historia, Letras, Educación, Filosofía, Teología y Periodismo, así como también diversos otros programas universitarios, llegando a tener una población cercana a las siete mil personas, en su apogeo de los años noventa, sumando estudiantes, académicos y administrativos. Paulatinamente, estas facultades fueron emigrando hacia otros campus, mientras se instalaba la naciente Facultad de Artes que reúne a la Escuela de Arte, el Instituto de Música y la Escuela de Teatro, la que ahora comparte el Campus Oriente solo con el relacionado Instituto de Estética y una excelente biblioteca especializada, además de otros programas complementarios.

La nobleza de sus espacios, la solidez de sus muros, la variación continua del claro oscuro, lo bucólico de su densa vegetación y de sus rincones, hacen de este edificio algo "peligrosamente" nostálgico y acogedor, estableciéndose la paradoja del aislamiento de la ciudad, situación contradictoria con el carácter de una Facultad de Artes del siglo XXI, la cual necesita de un contacto permanente con las vivencias de su entorno, lo que incluso constituye parte de las materias de estudio a las que convoca el arte. Es así como la fisionomía del Campus, prácticamente, no ha cambiado en toda su existencia de casi ochenta años. Su apariencia sigue siendo conventual, y el anhelo de la comunidad académica por establecer espacios y signos de contemporaneidad, acordes con su razón de ser, siguen pendientes para lograr su verdadera plenitud. En la confrontación de tradición y modernidad, el sueño del Plan Oriente sigue pendiente.

Muchas especulaciones y mitos han corrido en los últimos treinta años sobre el destino final de este Campus, las que renacen periódicamente frente a las vicisitudes de la contingencia, tal como el fantasma de la monja, que reaparece sorpresivamente a quienes que se quedan trabajando hasta tarde en las heladas noches de invierno. Sin embargo, el potencial del Campus todavía tiene mucho por ofrecer, especialmente cuando la universidad, en su Plan de Desarrollo, ha hecho un esfuerzo por dar a las artes y las humanidades el espacio meritorio para responder a las nuevas necesidades que la propia universidad y la sociedad requieren en el frente de la cultura.

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