La ciencia bajo amenaza: ¿Cómo pueden ayudar las humanidades?
La ciencia es uno de los pilares de la democracia; sin embargo, hoy enfrenta amenazas internas y externas. Desde fuera, el negacionismo, la pseudociencia y la desinformación que erosionan la autoridad epistémica (vacunas, cambio climático) y explotan los espacios propios de la incertidumbre científica.
Desde dentro, los fraudes científicos, el aumento en la retractación de publicaciones, las revistas predatorias y la proliferación de “fábricas de publicaciones” —acelerada por la IA— están afectando seriamente la integridad científica. A ello se suman incentivos perversos, sesgos sociales, culturas de cancelación que afectan la libertad de expresión y la desvinculación de la ciencia respecto de necesidades sociales reales. El resultado es una crisis de confianza que pone en riesgo el papel de la ciencia.
Las humanidades ofrecen un marco para enfrentar esta crisis. Definidas como una visión que privilegia la razón, el pensamiento crítico, la deliberación ética y la búsqueda del bienestar humano. Aquí propongo tres vías principales mediante las cuales las humanidades pueden ayudar a la ciencia.
Primero, reencauzando los objetivos de la ciencia; esto es, ayudando a recuperar la promesa de Francis Bacon, el “ideólogo” de la revolución científica, que ya hace 400 años definió que el objetivo de la ciencia es mejorar el bienestar humano. Las humanidades pueden ayudar a reorientar la ciencia hacia su fin original de contribuir al florecimiento humano. Esta reorientación no desprecia la ciencia básica; ya que la curiosidad y el conocimiento por sí mismos también contribuyen al florecimiento humano. Sin embargo, es escencial que la ciencia, además de generar resultados, esté orientada a fines definidos por valores humanos. De esa manera, se evita que agendas dominadas por intereses particulares dicten las prioridades de la ciencia.
Un segundo camino es regular la función de los valores en la ciencia. Para esto se debe reconocer que los valores no epistémicos (morales, sociales, políticos) deben orientar la investigación, en particular en definir quienes deben ser considerados como beneficiarios de la investigación, los temas a priorizar, las metodologías a utilizar, cómo comunicar los resultados y cómo aplicar los hallazgos.
Esto, sin afectar la objetividad necesaria de las etapas propias del quehacer mismo de investigación como son el diseño experimental, la obtención e interpretación de los datos, y las conclusiones, además, de administrar debidamente el efecto indirecto de los valores en la gestión de la incertidumbre propia de los resultados de investigación. Y siempre declarando con transparencia que valores y como pueden haber influído en la investigación. (...)