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La nueva estrella de los chilenos


El interés de la gente por ser parte de la expansión que vive a astronomía nacional lleva a esta disciplina al límite de lo imaginado: copar las visitas a los observatorios, convertir los libros de divulgación científica en best sellers y a los astrónomos en estrellas de rock.

Cielo estrellado en noche despejada.

photo_camera César Cortes

La primera imagen del agujero negro, ubicado en el centro de la galaxia Messier 87 (M87), fue uno de los hechos que acaparó la atención del mundo durante abril pasado. Todos los medios de comunicación en Chile titularon con este hito astronómico, no solo por su singularidad, sino que por la relevancia del telescopio ALMA –ubicado en la Región de Atacama– y de un equipo de astrónomos nacionales que llevaba años siendo parte esencial del proyecto.


Y aunque se sabe poco de agujeros negros o de este “monstruo” –como lo denominaron los expertos–, ubicado a 55 millones de años luz de la Tierra, en Chile el tema marcó tendencia durante días en las redes sociales e inspiró la creación de decenas de memes que se viralizaron por Whatsapp e internet. Esto demostró que hoy los chilenos están ávidos por hablar, saber y aprender de las estrellas.

Para Ezequiel Treister, astrónomo y acádemico del Instituto de Astrofísica de la Universidad Católica, hoy en Chile la astronomía vende. “Durante mucho tiempo se pensó que la ciencia no le importaba al público general. Había poco interés de parte de los medios de comunicación y de los mismos científicos en hacer divulgación científica. Pero todo cambió notablemente. El tema atrae, lo que me parece muy bien porque si algo hacemos los científicos es llevar un mensaje positivo”, explica y agrega: “Los colegas de otros países nos miran con envidia. Chile se posiciona como la capital mundial de la astronomía y el tema se está haciendo parte de la cultura general y de la identidad del país. Tener los mejores cielos del planeta se está conviertiendo en un orgullo nacional”, enfatiza.

Interés creciente

Las cifras dan cuenta de esta nueva corriente. Cada vez son más los chilenos que visitan observatorios profesionales y turísticos y se inscriben hasta con seis meses de anticipación. Solo por las dependencias de ALMA pasan más de siete mil personas al año, todo un éxito al considerar que están abiertas al público los sábados y domingos, siempre y cuando el clima lo permita.


Crece el número de aficionados que compran o arman sus propios telescopios para observar el Universo, uniéndose a clubes o simplemente a grupos en distintas redes. El grupo Astronomía Chile en Facebook, con casi 21.400 miembros, es un espacio para mantenerse en contacto, exhibir astrofotografías o compartir reflexiones. Va en aumento la cantidad de personas que descargan aplicaciones como “Star Map” o “Mapa Estelar” en sus teléfonos inteligentes, para aproximarse con más facilidad a los secretos del Universo; y los cibernautas que buscan información en internet se multiplican. Solo como un ejemplo, si el sitio web del Centro de Astrofísica y Tecnologías Afines (CATA) recibía 7.900 visitas en 2011, el número aumentó a cerca de 143.000 en 2018. Y si en 2013 su perfil en Facebook registraba 627.000 visitas, la cantidad creció a 4.478.262 en 2018.


También se ha incrementado el número de lectores de libros de divulgación científica, hoy verdaderos hits de venta; y se llenan salas e incluso estadios para escuchar hablar a expertos y astrónomos, muchos de ellos considerados líderes de opinión o, por qué no decirlo, verdaderos rockstars. Es el caso del astrónomo José Maza, Premio Nacional de Ciencias Exactas 1999. En octubre de 2018 dio una charla ante más de cinco mil personas en la Medialuna Monumental de Rancagua explicando cómo los seres humanos podrán llegar a "Marte, la próxima frontera", como lo indica el nombre de su libro publicado por Editorial Planeta. Este texto, junto con "Somos polvo de estrellas", otra de sus obras, suman a la fecha más de setenta mil ejemplares vendidos. Por otra parte, el lanzamiento de "Eclipses", su libro más reciente, convocó a más de cuatro mil personas en el Teatro Caupolicán el 24 de abril pasado.


Editorial Debate (Penguin Random House) confirma el interés de los chilenos por los libros de divulgación científica. "Hijos de las estrellas", de María Teresa Ruiz, astrónoma y Premio Nacional de Ciencias Exactas 1997, publicado en junio de 2017, ya va en su tercera edición y, con 16.000 ejemplares, es considerado un long seller. Entre los más vendidos destaca, además, "El Universo en expansión", de Mario Hamuy, astrónomo y Premio Nacional de Ciencias Exactas 2015, también en su tercera edición y con más de cinco mil ejemplares vendidos.

Proyección turística

El potencial astronómico chileno abrió también un buen nicho para la promoción turística del país. 23 observatorios de astroturismo se despliegan entre las regiones de Antofagasta y Biobío, concentrando, junto con los centros de investigación científica, el 40% de la infraestructura para el estudio astronómico del mundo.


En este marco, según el Servicio Nacional de Turismo (Sernatur), se estima que los ingresos generados por el astroturismo en Chile son en la actualidad superiores a los US$8 millones. Y la meta proyectada para el año 2025 –cuando el país supere el 70% de la capacidad de observación astronómica del planeta– es llegar a los US$20 millones.


Tal como lo mencionó el exministro de Economía, Fomento y Turismo, José Ramón Valente, al lanzar la Ruta Astroturística de la Región Metropolitana el 14 de enero pasado: “Vamos a tener miles de visitantes que vienen a Chile a ver nuestros cielos prístinos, debemos tomar conciencia de eso y salir a celebrarlo mirando los museos, los observatorios y aprovechar que el evento del eclipse permitirá celebrar el turismo en nuestro país”.


La nueva ruta de astroturismo de Santiago está integrada por diez centros que ofrecen diferentes actividades como la astrofotografía, visitas a grandes observatorios e instalaciones científicas y museos, excursiones al aire libre para observar el cielo nocturno, visitas a observatorios turísticos y planetarios, asistencia a charlas, cursos, experiencias en alojamientos y restaurantes tematizados en astronomía, entre tras posibilidades.


Por su parte, el Museo Interactivo Mirador (MIM) también se ha integrado a esta ruta a través del Túnel del Universo. Inaugurado en 2018, es un espacio implementado para acercar a personas de todas las edades a experiencias educativas significativas, vinculadas con la astronomía. En abril recién pasado organizó la “Cosmofest”, fiesta científica para todo público que buscó vincular el tema con la música, el humor, paneles de conversación, stands interactivos de instituciones y actividades al aire libre.

Telescopios abiertos


Son varios los seguidores de la astronomía nacional que coinciden en afirmar que, desde los años 90 en adelante, esta disciplina empezó a abrirse para los chilenos. Fue entonces cuando surgieron las visitas públicas en la Región de Coquimbo al observatorio CITO en cerro Tololo y a La Silla, y a Las Campanas, en la Región de Atacama. Luego, comenzaron a aparecer los pequeños observatorios ligados a los municipios o juntas vecinales para apoyar el turismo local.


Para Jorge Ianiszewski, astrónomo aficionado y pionero en divulgación científica, creador y administrador de www.circuloastronomico.cl, existe un hecho histórico que motivó a democratizar la disciplina en Chile: el litigio entre la familia del Almirante Latorre y el Estado chileno por la donación en 1988 al Observatorio Europeo Austral (ESO) de unos terrenos en el Cerro Paranal, que los descendientes del héroe de la Guerra del Pacífico reclamaban como propios. “La familia Latorre ganó el juicio y ESO, con la construcción avanzada de ALMA y la mirada inquieta de la opinión pública encima, tuvo que empezar a explicar qué estaba haciendo en el país.


En esa misma época se consiguió que el 10% del tiempo de observación en los telescopios de los grandes centros de investigación fuera realizado por científicos chilenos. Se trató de un cambio paradigmático, porque fue entonces cuando los observatorios profesionales empezaron a interactuar con la comunidad”, recuerda.
En la actualidad, es imposible imaginar un centro de investigación astronómico sin un departamento de difusión y enseñanza.“ Organizan charlas y eventos, y se contactan con los colegios, impactando a las comunidades”, explica el profesor de electivos de astronomía, desde hace más de siete años en el colegio San Ignacio El Bosque, Juan Pablo Gajardo, quien ha seguido de cerca la evolución del tema en el país, sobre todo por su experiencia como divulgador en el Museo de Ciencia y Tecnología, entre el año 2000 y el 2013.

“Me ha tocado acompañar a varios jóvenes de tercero y cuarto medio en su interés por aprender y saber más del Universo, lo que es importante para su formación integral. En este contexto, realizamos salidas a terreno para conocer los principales observatorios del norte de Chile, entre ellos ALMA, VLT y Las Campanas”, explica el profesor. Esta misma pasión se ha ido traspasando también en la última década a otros miembros de la comunidad escolar –como profesores y apoderados– mediante la organización de star parties en el colegio, espacios de encuentro y camaradería que contemplan principalmente la observación astronómica y la astrofotografía. “Gracias al apoyo de ESO, hemos contado con la compañía de un astrónomo investigador quien nos explica los últimos descubrimientos en el área o los instrumentos que utilizan a nivel profesional”, agrega.

Astronomía ciudadana


En 2014, Ezequiel Treister comprobó el potencial que tiene la ciencia ciudadana al liderar e implementar la plataforma en español de “Galaxy Zoo”, proyecto online de astronomía, lanzado en 2007 por la Universidad de Oxford. Este sitio fue diseñado para que cualquier persona pueda contribuir con el desarrollo astronómico mediante la clasificación de galaxias. Si inicialmente sus creadores esperaban llegar a diez mil personas, superaron con creces la meta al reclutar a más de un millón y medio de voluntarios.


En menos de un año, la versión hispana de “Galaxy Zoo” hizo cien mil clasificaciones de galaxias. “El 40% de estas fueron realizadas por chilenos”, explica Treister, detallando que el perfil de los clasificadores nacionales respondía a dos grandes grupos: adultos interesados en las ciencias y estudiantes de enseñanza básica avanzada y media, motivados por sus profesores para vivir experiencias de aprendizaje.


En esta línea, el científico declara que la astronomía ciudadana está cambiando el diseño de los grandes proyectos futuros. “Por ejemplo, el Gran Telescopio en el cerro Pachón, que tomará imágenes del cielo del Hemisferio Sur en forma continua, tiene estipulado incorporar en sus bases este concepto, ya que todas las imágenes captadas estarán disponibles para el público en una interfaz amigable. Será una especie de Google Map donde se podrá clasificar y hacer ciencia ciudadana”, adelanta el astrónomo, dejando entrever una verdad ineludible: que el Universo es de todos y está ahí para quien lo quiera disfrutar e indagar, a simple vista o a través de un telescopio, la pantalla de un Mac o de un PC y también, por qué no, desde un teléfono inteligente.

Pasión de aficionados

El aporte de las asociaciones de aficionados ha sido clave en el desarrollo de la astronomía en Chile. Así lo demuestra la trayectoria de la Asociación Chilena de Astronomía y Astronáutica (Achaya) –pionera en el tema junto a la Sociedad Astronómica de Valparaíso (Saval), y con más de 60 años de existencia– fiel hasta la fecha a su objetivo fundacional: desarrollar el estudio astronómico entre sus socios y divulgar sus conocimientos a la comunidad.


Su director, Pablo Vera, explica: “Achaya difunde la astronomía a nivel de aficionados entre el público general. No hay condiciones para entrar, nunca hemos cedido a tentanciones comerciales y no vendemos nada. Los viernes en la noche ofrecemos cursos de bajo costo en nuestro observatorio en el cerro Pochoco y los sábados está abierto para los 220 socios activos que existen, quienes tienen a su disposición todos los artilugios de la asociación”.


Con orgullo reconoce que son varios los astrónomos que han pasado por sus filas. “Gaspar Galaz y Mónica Rubio, entre otros, fueron socios cuando niños o jóvenes, y reconocen que aquí despertó su amor por la astronomía y decidieron posteriormente seguir la carrera”, cuenta. Agrega que son los socios quienes le dan vida a este observatorio por el que pasan aproximadamente 800 personas al año –entre alumnos y visitas– para aproximarse a esta disciplina. “Porque el astrónomo aficionado tiene una visión más pragmática y el manifiesto interés por transmitir conocimiento al resto de las personas. En muchos casos puede ser un astrónomo frustrado, por lo menos ese es mi caso. Pero la pasión que sientes es tan fuerte como la que puede tener un profesional. Existe una entrega incondicional del conocimiento sin esperar nada a cambio. Hacemos esto simplemente porque nos gusta, sin esperar una retribución monetaria”.


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