Misiones y Trabajos de verano: Encuentros a lo largo de Chile
Durante diez días de enero, hogares de distintos rincones de Chile se transformaron en espacios de encuentro y fe, acogiendo a jóvenes voluntarios de la Pastoral UC, quienes llevaron esperanza, escucha y compañía a comunidades de norte a sur.
photo_camera En Paine, los voluntarios del proyecto Viviendas construyeron diez casas definitivas. (Crédito fotográfico: César Dellepiane)
Los proyectos Misión País, Siembra UC, Capilla País, Viviendas UC y Coro Misión País, de la Pastoral de la Pontificia Universidad Católica de Chile, congregaron a más de 1.400 jóvenes voluntarios que salieron al encuentro de 53 comunidades a lo largo del país. Desde el 5 al 14 de enero, personas y familias de las distintas zonas compartieron sus vidas y abrieron las puertas de sus hogares, convirtiendo estos días en alegría, encuentro y transformación.
Los relatos que cruzan las distintas iniciativas no hablan primero de obras ni de cifras, sino de nombres: Carmen, Elba, Beatriz; comunidades que se abren al encuentro y parroquias que recuperan espacios para reunirse. Esa prioridad por la escucha constituye la principal diferencia entre cualquier acción social eventual y un acompañamiento con sentido.
En la comuna de Independencia, por ejemplo, Misión País participa con la “Semana Recreativa” ―un programa de tutorías, formación cristiana y fomento lector que atiende a niños y niñas durante el verano. Este surge de la constatación de que muchas familias requieren apoyo para que sus hijos tengan acompañamiento, recreación y aprendizaje durante esta época del año. Y, sobre todo, para infundirles el placer por leer.
Judith Chamorro, coordinadora de las tutorías, lo explica en simple: la intención no es “escolarizar el verano”, sino entregar herramientas y entusiasmo por la lectura, y que eso permanezca en los hogares.
Una casa, una nueva vida
El proyecto Viviendas representa claramente el impacto de lo tangible en la vida familiar: en Paine, en la Región Metropolitana, en solo cinco días de trabajo, se levantaron las estructuras, paneles y techos para diez casas definitivas.
El testimonio de Carmen Núñez —beneficiaria de una de esas viviendas— resume la experiencia: “Para mí y para mi familia esto es algo que no lo esperábamos (…) Los chiquillos prácticamente ya son como parte de la familia (…) Felicidad ante todo y lo primero, dar gracias a Dios por lo que nos están dando (…) porque Él puso a estos jóvenes en nuestro camino”. Para una familia, pasar de una vivienda precaria a una casa con una estructura segura, no es sólo cambiar de paredes: es reducir el estrés diario, mejorar el sueño de los hijos, abrir posibilidades de salud y escolaridad, y permitir que la vida comunitaria vuelva a florecer en torno al hogar.
“Estamos muy felices, la recepción de las familias ha sido tremenda. Todas han estado súper presentes. Nos alegra muchísimo ver cuando clavan, cuando martillean, cuando hacen propio al final su hogar”, expresó Diego García de la Huerta, coordinador de Viviendas este verano.
El proyecto integra no sólo construcción, sino también vínculos basados en el respeto, el amor y la esperanza en Dios. “Lo que más valoro es el encuentro con Cristo que vemos entre todos nosotros y la familia. Cada uno carga una experiencia y un testimonio de Dios muy distinto”, manifestó Pedro Urrea, voluntario de Viviendas.
Capillas y salones: tejidos sociales que vuelven a entrelazarse
En muchos barrios, la capilla y el salón parroquial son mucho más que una nueva construcción: se transforman en el corazón del sector, un espacio donde la comunidad vuelve a reunirse, a escucharse y a acompañarse. Así lo relata el matrimonio Mansilla, Jorge y Elba, vecinos de la zona de Puerta Sur en Puerto Montt, quienes valoran profundamente contar con un lugar que permita retomar la catequesis, las confirmaciones, las reuniones de adultos mayores y las actividades para niños y jóvenes.
Para ellos, más allá del recinto, es la posibilidad de recibir, compartir y sentirse acompañados. “Ha sido súper bonito, porque estos jóvenes nos vienen a alegrar la vida de verdad. Yo tengo una sobrinita enferma y el otro día me vinieron a rezar. O sea, rezaron conmigo, y fue muy bonito”, comentó Elba. Esa misma alegría de acogida experimentó Jorge: “muy emocionado de ver a los jóvenes así, sus actitudes, abrazos, y siempre nombrando a Dios, rezando todos. Es bonito, como una inyección, es motivador”.
Capilla País construyó cinco capillas y cinco salones parroquiales. Estos se vuelven un refugio para cuidar el real valor, que está en lo que ocurre después de la obra: en que el espacio quede vivo, en uso permanente, y que siga siendo un lugar donde las personas se encuentran, se cuidan y fortalecen sus vínculos en Cristo.
Más que levantar muros, estas capillas y salones devuelven a los barrios un punto de encuentro estable, capaz de reactivar la vida comunitaria y de recordar que nadie camina solo.
"Antorchas de Cristo"
Todos los proyectos combinan formación, oración y escucha. Esa conjunción llega a las casas en forma de talleres, visitas domiciliarias y momentos de encuentro que permiten a los vecinos formar comunidad, revivir muchas veces su fe y compartir la alegría de saberse amados por Dios. Es así como Siembra UC —integrado por escolares y universitarios que misionan y anuncian el Evangelio— llevó adelante su misión en 15 comunidades, con su lema "Llamados por nuestro nombre, seamos antorchas de Cristo".
“El encuentro con las comunidades estuvo lleno de esperanza, alegría y mucho Dios. No me cabe duda de que tanto los voluntarios como quienes nos recibieron, fueron verdaderos ‘fuegos que encienden otros fuegos’ (San Alberto Hurtado). Pude ver en todo momento cómo Dios se hacía presente en cada uno, siendo Él el motor principal de todo esto”, subrayó Montserrat García, coordinadora de Siembra UC en esta versión.
Agregó también que “el énfasis estuvo en reconocernos apóstoles y amigos de Jesús. Es decir, que no es casualidad que cada uno esté acá y que fuimos elegidos para poder llevar la misión más allá de estos diez días”.