Columna de Cardenal Fernando Chomali: Sociedad salvaje
A propósito de la encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV, el arzobispo de Santiago y Gran Canciller de la UC llama a promover un discernimiento ético y espiritual frente a los desafíos de la inteligencia artificial.
photo_camera Crédito fotográfico AFP / VATICAN MEDIA
En la presentación de la primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica humanitas, el cofundador de la empresa tecnológica Anthropic, Christopher Olah –invitado por el Vaticano– entregó un discurso que ha dado para pensar.
Este hecho refuerza la idea de que la Iglesia dialoga con la ciencia y la tecnología y que la valora cuando promueve el bien del ser humano y es motivo de mayor justicia social. La Iglesia demuestra con este gesto que quiere escuchar, conocer y saber más, para luego pronunciarse sobre los temas que incumben a la humanidad. Los temas vinculados a la contribución que realiza la fe y razón en la búsqueda de la verdad, y el vínculo que existe entre la dimensión ética de la ciencia y la tecnología del hacer humano, forman parte de su quehacer cotidiano en sus universidades y academias científicas y humanistas.
El discurso es brutal –sí, brutal–, y además una clase magistral de cómo –lamentablemente– se mueve gran parte del mundo, especialmente quienes ostentan el poder. Su breve diagnóstico se caracteriza por un realismo y una sinceridad que emociona y da esperanza. Al mismo tiempo, es un discurso donde manifiesta una gran humildad al pedir ayuda para garantizar que los beneficios de la IA lleguen a todos y cómo en este nuevo contexto hacer florecer a la humanidad.
Su mirada puede aplicarse también a nuestra vida y a las instituciones que sustentan el sistema empresarial, político y social de nuestros países, y puede expandirse -tristemente- a los ámbitos de la educación, del área de la salud, del deporte, y un largo etcétera.
Olah enumera básicamente cuatro presiones que se experimentan en la industria y que, en ocasiones, entran en conflicto con el deseo de hacer las cosas bien: 1. mantenerse comercialmente viables, 2. permanecer en la vanguardia de la investigación, 3. enfrentar la tensión geopolítica y 4. (las más antiguas y simples, que nos acompañan durante la vida) el orgullo y la ambición.
Pareciera ser que, en la industria de la IA, no constituye urgencia alguna buscar la verdad, promover la justicia y la paz, colaborar para lograr el bien común, generar las bases para una sociedad más justa, o superar la pobreza y las escandalosas distancias que nos separan. Nada de ello se presenta como un objetivo valioso que motive el desarrollo de la inteligencia artificial. En el discurso del Olah se lee un vago hacer bien las cosas y lo correcto.
Las empresas que se casan con el poder –en este caso, las de la IA–, se ven obligadas a producir ecosistemas que generen conocimientos para incrementar dicho poder sobre las personas, las instituciones, los mercados, los gobiernos; en definitiva, sobre la mayor cantidad de actores posibles. Para ello se debe entrar en un combate sin tregua; si no, se queda fuera de la competencia. Es un sistema que, además, y felicito a Olah por decirlo explícitamente, está alimentado por el orgullo y la ambición.
Vale la pena advertir que corremos el gran riesgo de entrar en esa misma espiral. Esos móviles también pueden estar presentes en cada uno de nosotros y en nuestras instituciones, lo que es motivo de un constante cuestionamiento personal.
Quisiera dar algunos ejemplos de cómo este sistema de relacionarse para seguir en pie y mantener la misma lógica se ha ido enquistando en parte de la sociedad.
Algunos padres -no todos, obviamente-, de manera explícita o implícita, hacen competir a sus hijos para que entren a tal o cual jardín infantil (muchos sometidos a altos niveles de stress); ello les permitirá entrar al colegio deseado, donde tendrán vínculos sociales, les permitirá entrar a la universidad y a la carrera anhelada para perpetuar el status social. Es un itinerario inmisericorde que deja a muchas personas fuera del camino, produciendo resentimiento y frustración a su paso. La presión sobre los jóvenes es indebida y, lamentablemente, está muy presente. En vez de concebir la vida como el espacio para admirarse del mundo, compartir experiencias, descubrir con otros y generar lazos de fraternidad, la vida desde temprana edad se reduce a una competencia donde hay ganadores y perdedores. Muchos niños compiten por quien fue al mejor lugar de vacaciones, tiene la ropa de marca, y otras cosas.
No relacionar la grave crisis que experimenta un sinnúmero de personas, por no sentirse parte de un sistema que gira en torno a la competencia sin límites y al afán de tener más y no ser más, es una miopía que nos dejará aún más ciegos. La IA puede alimentar este sistema si se usa para que piense por nosotros, tome decisiones por nosotros y, en definitiva, nos convierta en sus esclavos. Al respecto, una reflexión filosófica sobre los fines y los medios, la dignidad de la persona humana y el sentido de la técnica, es fundamental, y siempre recordar que la inteligencia artificial no piensa, no ama, no tiene conciencia ni responsabilidad moral.
En el debate público, hay escasa reflexión sobre la cultura imperante y sobre la urgencia de trabajar unidos para generar más conocimiento al servicio de la sociedad y, mucho menos, para profundizar en lo propiamente humano. El empobrecimiento de las carreras humanistas en las universidades es pesaroso, y no hemos sopesado lo suficiente qué consecuencias tendrá aquello.
Mientras los jóvenes se sienten solos o sin encontrar sentido a sus vidas, llegando algunos, incluso, a atentar contra sí mismos, el sistema social salvaje sigue prosperando. Son muchos los que se ven aquejados por la soledad, y lo mismo sucede entre los ancianos. Hace algunas semanas, tres ancianos murieron calcinados en el incendio de un barrio humilde de Santiago. La noticia no nos ha impactado hasta el punto de movilizarnos a hacer las cosas mejor: a los cinco minutos, ya había quedado en el pasado. Lo mismo pasó, por ejemplo, con el joven que asesinó a una asistente de la educación; o con el caso de una niñita de dos años que cayó del piso once. Así ocurre con cada tragedia y con cada situación dolorosa en la que podríamos haber encontrado una oportunidad de mejorar reflexionando todos juntos con la vista puesta en el corto, mediano y largo plazo. El Papa Francisco hablaba de la “globalización de la indiferencia”.
En este ambiente de superficialidad donde el poder es un objetivo central, lograr un minuto de fama vale oro sin importar cómo se obtenga: sea pagando a los medios por publicidad que se hace pasar como noticia, o recurriendo a alguna frase rimbombante con tal de tener una cámara al frente. Sin medir las consecuencias de lo que implica tensionar el ambiente, generar más polarización o denostar a alguien.
Como sociedad chilena, estamos llamados a anhelar lo mismo que Christopher Olah le pidió a la Iglesia en el Vaticano y que resumo en: 1. pedir que haya personas ajenas a esos incentivos que estén prestando mucha atención; 2. que estén dispuestas a decir cosas difíciles; 3. personas dispuestas a ser nuestros críticos sinceros y reflexivos.
Sin duda alguna, el Papa León XIV es uno de ellos, -al igual que tantos otros pontífices- y muchos nos sumamos a él porque nuestro centro es el anuncio del Evangelio, el resguardo de la dignidad del ser humano y lograr la civilización del amor.
¿No será hora de hacer lo mismo en nuestro país, frente a una inteligencia artificial que ha entrado en el corazón mismo de la humanidad y ha penetrado en nuestra vida personal y familiar, en el mundo del trabajo y en cada ámbito de la actividad social? ¿No será hora de decir cosas difíciles y con valentía y decisión emprender un diálogo desde un espíritu crítico?
Es urgente y perentorio hacer un esfuerzo de discernimiento espiritual y moral, como lo pide el Papa reiteradamente en la encíclica. De ello depende si viviremos en una sociedad individualista, fría y esclava de quienes gobiernen la inteligencia artificial, o en una sociedad libre, con Dios al centro y, por lo tanto, fraterna, justa y solidaria. Para ello debemos sincerar nuestra visión acerca del ser humano, ¿quién es?, ¿parte de una humanidad magnífica o es un mero consumidor, un cliente, un número, un usuario o un engranaje del sistema productivo? A Olah le interesa garantizar que los beneficios de la inteligencia artificial se compartan globalmente y no sean otra fuente de exclusión y pide necesidad de imaginación y ambición moral respecto del florecimiento humano. ¿Cómo hacerlo? Es la pregunta que nos debemos hacer y tomarla muy en serio.
Me da esperanza saber que Olah piensa que es posible, a condición de orientar el trabajo que se realiza y de estar informados para criticar con autoridad. Ello requerirá autonomía de espíritu, libertad frente al poder y una gran lucidez intelectual para comprender el fenómeno de manera adecuada, todo ello animado por un espíritu de colaboración.
Este es un llamado para cada uno de nosotros. No se queda en generalidades, por ello nos pide no asumir una actitud pasiva, sino comprometida. No sin razón, León XIV, citando a San Pablo dice: “Que cada cual se fije bien de qué manera construye” (1 Corintios 3, 10). Ello implica grandes espacios de oración para discernir la voluntad de Dios, reflexionar sobre qué significa custodiar lo humano y qué caminos podemos seguir para quedarnos con lo positivo de la IA. También implica revisar estructuras propias en las cuales nos desenvolvemos y discernir si están inspiradas en la búsqueda del bien común, mayor justicia social o en acrecentar los espacios de poder.
Es bueno recordar que una cosa es el poder que da cierta posición en una organización, pero otra muy distinta, en la autoridad que se gana sirviendo de manera desinteresada a los demás.
Es la hora del coraje, de la valentía, de la libertad de la que Cristo nos ha dotado de manera espléndida y de la que brota la dignidad de esta magnífica humanidad a la que pertenecemos. Es la hora del discernimiento espiritual y moral, como el Papa lo pide de manera insistente para que nuestra sociedad sea cada vez más auténticamente humana, magníficamente humana.
*Esta columna fue publicada originalmente en El Líbero y ha sido reproducida con autorización del autor.