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Visión UC

¿Cómo comenzó la participación femenina en la Universidad Católica?


Entre 1935-1960 hubo más de mil egresadas de la educación superior. Desde entonces, académicas y alumnas han abierto el paso a nuevas generaciones ¿Cómo era ser profesora o estudiante a fines de los 50, 60 o 70? Este es un reportaje de la última edición del periódico Visión UC.

Disminuir las brechas de género, trabajar por la igualdad en espacios universitarios. Son conceptos que se repiten por estos días. Sin embargo, cincuenta años atrás o más, ser alumna o académica en la UC estaba lejos de convertirse en una opción masiva. Hasta hoy, miles se han formado o han hecho clases en sus aulas, pero las huellas de las pioneras son difíciles de rastrear.

La dificultad para reconstruir una historia de la presencia femenina en la universidad revela cómo se ha dado el proceso. Solo una decena ha sido reconocida como emérita de un total de más de 130 nombramientos, pero otras más han pasado a la historia por sus aportes en las humanidades, ciencias y artes, obteniendo reconocimientos nacionales e internacionales.

La participación femenina en la educación superior ha tardado en consolidarse. Hasta 1877, no había una prohibición expresa que impidiera a las mujeres asistir a la universidad, sin embargo esto se daba casi como un hecho aislado. La situación cambió con la promulgación del decreto Amunátegui, con el cual la posibilidad para este grupo de acceder a
estudios superiores se oficializó, con rendición de exámenes en igualdad de condiciones que los hombres.

La académica del Instituto de Historia, Macarena Ponce de León, releva este hito. «Más que abrir la universidad, crea una demanda gigantesca por educación secundaria femenina, que hasta entonces no existía», indica. El primer liceo femenino se abrió en Valparaíso en 1891; para 1900 existía una matricula de 1.228 estudiantes y 25 años después, ascendía a 20.492.

Junto a Eloísa Díaz, la primera universitaria chilena que se graduó de Medicina en la U. de Chile en 1886, Ernestina Pérez y Eva Quezada Acharán se convirtieron en médicos cirujanos un año después. Luego, Matilde Brandau y Matilde Throup fueron las primeras abogadas en 1892, todas ellas de ese plantel.

Con el cambio de siglo, más mujeres ingresaron a la universidad, principalmente a carreras como pedagogía, enfermería, servicio social y también a disciplinas como la farmacéutica y la odontología. Esto, porque la medida impulsada por el ministro de Educación Amunátegui, suponía que las mujeres tenían ventajas para ejercer oficios relacionados con la asistencia de las personas.

En 1929, la primera escuela de servicio social de Latinoamérica se instaló en la UC. Se llamó Escuela de Servicio Social Elvira Matte de Cruchaga y en ella se crearon las «ollas del pobre», con el fin de mitigar los efectos de la crisis económica de los ‘30. Entre 1935 y 1960 cerca de 1.200 mujeres egresaron de la educación superior. Su aporte a la sociedad comenzaba a ser cada vez más notorio.



Ejercer entre hombres


En esos primeros periodos, los sesgos en ciertas disciplinas asociadas a la masculinidad eran mucho más dramáticos, aunque varias profesoras emblemáticas de la UC coinciden que dentro de todas las experiencias que han vivido, la Universidad Católica ha constituido un espacio privilegiado para el desarrollo de sus carreras.

Es el caso de la Premio Nacional de Educación (2011) y profesora emérita, Erika Himmel, quien entró a dictar clases a la Escuela de Psicología en 1955 tras estudiar Pedagogía en matemáticas en la Universidad de Chile. «Siempre me sentí en igualdad de condiciones. Nunca me sentí discriminada. Incluso diría que en Psicología y Sociología había paridad a nivel académico».

Distinta fue la experiencia de la científica Gloria Montenegro, Premio Internacional For Woman In Science de L'Oreal Unesco (1998) y académica de la Facultad de Agronomía. Relata que, tras sus 47 años en la UC, que se iniciaron cuando ingre-só a biología como alumna, su trabajo por posicionarse en un panorama eminentemente masculino ha sido arduo. En los 70 entró a hacer clases al Departamento de Ecología tras especializarse en botánica en Estados Unidos, y se convirtió en la única académica del área. «Desarrollé gran resiliencia para que me hicieran caso y me escucharan. Siempre tuve claro que la única manera en que reconocieran mi trabajo siendo mujer era tratando de ser la mejor», expresa.


Montenegro manifiesta que una vez que comenzó a publicar en renombradas revistas científicas y logró instalar en la UC el primer microscopio electrónico de barrido, sus colegas comenzaron a respetarla.

«Era una época en que incluso costaba que se valoraran las especies endémicas, y ese era uno de mis temas de investigación. Algo que hoy está muy instalado», explica. Tal vez tuvo que ver, dice, con que el mundo científico ha sido emblemáticamente territorio de hombres, por eso «era muy raro una mujer jefa de laboratorio».

El avance femenino en lo profesional desde inicios del siglo XX ha sido complejo, dice Felícitas Klimpel en su libro La mujer chilena (el aporte femenino al progreso de Chile) 1910-1960. En ese entonces existían dos tipos de mujeres: aquellas que «por sus conocimientos y preparación –obtenida con obstáculos de diversos órdenes (…)– encauzan su potencialidad hacia las profesiones, el comercio, la industria y las manifestaciones del intelecto», y otras que, «sin preparación, pero con necesidades, forman el enorme contingente de mujeres que trabajan con sus manos».

A nivel UC, las disciplinas con mayor presencia femenina entre 1935 a 1960 eran las de asistentes sociales (421), profesoras de castellano (255) y profesoras de educación primaria (101), registra el libro de Klimpel. Otras carreras más asociadas al mundo masculino de la época estaban lejos de incluir mujeres, pero poco tiempo después el avance fue gradual.

La académica del Instituto de Geografía Pilar Cereceda, exdirectora del Centro del Desierto de Atacama, relata que en sus años de estudiante solo dos mujeres de su generación –a fines de los 60– optaron por esa área. «Había que ir a terreno y eso no era visto como algo femenino».

Cuenta que se casó y que tuvo sumprimera hija en tercer año de universidad. Recuerda que solo un par de veces sintió que se juzgaba su condición de mujer de clase alta, pues era una «época muy política y me señalaban por venir de un colegio norteamericano». A nivel académico, explica que siempre se ha sentido reconocida y valorada por sus pares. Sin embargo, reconoce, ser madre y académica de su área en la juventud, fue un impedimento para hacer un posgrado fuera de Chile, lo que se volvió más difícil cuando se separó a sus 37 años. «Y aún sigue siendo complejo hacer posgrados para las mujeres geógrafas por las responsabilidades asociadas a la maternidad. Probablemente –y esto es una opinión personal– eso tiene que ver con el hecho de que el plantel del instituto sea eminentemente masculino. Los hombres tienen más posibilidades de perfeccionarse en ese sentido».

De todas maneras, asegura, eran años en que no se hablaba de ese tema en términos de discriminación, menos de violencia de género.

Otra visión tiene una de las fundadoras del Instituto de Música en los 60 y directora del mismo (19761989), Juana Subercaseaux. La violista da gamba, formada en Europa, relata que en sus años en la dirección no eran usuales esos casos, pero que sí supo de al menos dos y apenas se enteró «no me demoré ni cinco minutos en despedir a los denunciados».

El ser mujer u hombre en el mundo de la música para ella no es determinante. «La música tiene que ver con talento y no con paridad», señala la creadora del Coro Interfacultades y de la puesta en marcha de agrupaciones que llegaron a todo el mundo como el Conjunto de Música Antigua.

 

Cambios y apertura


Si bien las cifras de mujeres en la academia siguen estando al debe a nivel país y en la universidad, los últimos años se ha avanzado. Si en 2000 el porcentaje femenino en este contexto llegaba al 30 por ciento, hoy bordea el 40 por ciento. Otro factor que ha cambiado, dice Himmel, «es el tamaño de la UC y con ello los desafíos en este asunto. Lo que está ocurriendo es que se ha hecho más visible el tema de las mujeres y eso es un reflejo societal».

Cereceda concuerda y señala que «hoy se está viviendo en una sociedad más abierta y sorprende lo que está ocurriendo». Por su parte, Subercaseaux asegura que, al menos, desde su disciplina, jamás se planteó el tema de la paridad y que lo más urgente a resolver es el acoso. Para Montenegro, en cambio, los desafíos desde la óptica científica son varios: «Tener las mismas oportunidades, salarios, responsabilidades y que nos evalúen igual que a los hombres. Falta incorporar mayor número de mujeres a la academia. La UC lo hace, pero la desigualdad sigue existiendo».

Revisa el especial sobre la mujer en la última edición de Visión UC aquí.

 


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