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Revista universitaria

Juana Subercaseaux: Sonata de una artista incansable


Alejada de la academia desde hace más de 20 años, una de las fundadoras del Instituto de Música repasa su vida desde su refugio en Curacaví. La nonagenaria violista da Gamba se blinda de las inclemencias de la edad rodeada de cerros, árboles, perros, instrumentos, libros y recuerdos de una larga trayectoria dedicada a la música y a la difusión cultural. Desde veladas con Churchill a conversaciones con T.S. Eliot, Juana nos invita a compartir sus tesoros. Este artículo fue publicado en el número 150 de la Revista Universitaria.

photo_camera Karina Fuenzalida.

La firma de la reina Maria José de Savoy, la última monarca de Italia, se observa nítida y delicada en una dedicatoria para Juana Subercaseaux. No es el único autógrafo que guarda esta mujer. Un par de fotos descansan en distintos rincones de la casa de esta violista da Gamba que colgó el arco tras una artrosis que curvó sus manos hace más de 30 años. Sobre el robusto piano Steinway de su casona en Curacaví otras dos imágenes firmadas reposan sobre el instrumento. En una aparece el pianista italiano Arturo Benedetti Michelangeli y en la otra el chileno Claudio Arrau. Ambas llevan breves dedicatorias a quien fuera una de las fundadoras del Instituto de Música de la Universidad Católica (IMUC) en 1960, ellos eran amigos de esta mujer de 92 años, hija del antiguo embajador chileno en Gran Bretaña, León Subercaseaux. En esa ciudad los solía ver. “Cada vez que Claudio tenía programado un concierto en Londres, pasaba a la casa a ver a mis padres y dormía siesta en un sofá”, recuerda la profesora con un hablar neutro, sin acentos, y exquisitamente deletreado.

Antes, durante y después de la II Guerra Mundial, Londres sería uno de los epicentros culturales más influyentes de Occidente. Sin quererlo, ahí estuvo Juana conversando con Winston Churchill, recibiendo en su casa al director Leonard Bernstein o al pintor austríaco Oskar Kokoschka, maestro de su hermana pintora fallecida hace dos años en Providencia. Por allí se paseaba y se reunía con distintos miembros del antiguo círculo de Bloomsbury, el grupo en donde reinaba la poderosa novelista Virginia Woolf. Thomas Stearns Eliot era uno de sus miembros, y un amigo entrañable para la familia Subercaseaux Larraín. 

A la casa del embajador llegaba a menudo este poeta y dramaturgo, famoso editor de la firma Faber & Faber. En esa casa Juana tradujo la única conversación que sostendrían en vida Eliot y Gabriela Mistral, quien, en 1946, meses después de ganar el Nobel de Literatura, recaló en la capital británica pasando por la casa del embajador chileno. “Fue una conversación extraña, porque ella solo hablaba español –su francés era execrable-- y él no hablaba nuestra lengua”, recuerda quien años después traduciría al inglés la obra póstuma de la poeta chilena titulada Almácigo/Shoots (Ediciones UC 2010).

La amistad con Eliot, quien obtendría el Premio Nobel en 1948 por su poesía, específicamente por The Waste Land (La tierra baldía), sería una de las más memorables de su vida y duraría los casi 13 años en que ella vivió en Inglaterra. 

“La primera vez que mis hermanos y yo conocimos a T.S. Eliot, nos contó que su madre era una profetisa frustrada y que su padre amaba tanto a los gatos que los pasaba dibujando, y que él había heredado estos gustos de ellos. No nos sorprendió, pues, cuando un día llegó con su Old Possum´s Book of Practical Cats bajo el brazo”, dice la maestra en un ensayo publicado en la Revista Universitaria hace tres décadas, refiriéndose a la obra dramática que se haría famosa en Broadway bajo del nombre de Cats. 

Sabia mujer

Así sean breves o prolongados, los diálogos con Juana Subercaseaux nunca son triviales. Entre palabra y palabra los delgados labios de esta mujer dejan caer siempre una anécdota memorable, luego un juicio riguroso sobre quien protagoniza la historia y, si el receptor tiene suerte, una moraleja coronará el relato, no sin ironía. Después de todo, la extensa vida que le ha tocado recorrer no solo le ha dado sabiduría sino también un personal sentido del humor. 

¿Cuáles son sus planes a futuro?, le preguntó un periodista de la revista municipal de Curacaví. “Ir a morirme al cementerio”, diría la profesora, un emblema de la escena cultural de esa comuna hasta donde han transitado, gracias a su patrocinio, excelsos músicos de la escena docta. Desde que jubiló de la UC hace más de 20 años, esta incansable mujer ha seguido entregándose por completo, como una sacerdotisa, a la música. Nunca se casó ni tuvo hijos. Así ha vivido siempre y así vive en la localidad donde ha tratado de llevar parte de su legado. No por nada les pidió a sus amigos, el Premio Nacional de Arquitectura Teodoro Fernández y el escenógrafo Ramón López, encargarse de construir una casa que también pudiera albergar conciertos de música selecta. 

En ese lugar han tocado, por ejemplo, la connotada Edith Fischer, el fallecido pianista Óscar Gacitúa, el clavecinista Lionel Party y una larga fila de connotados músicos de la escena. 

“La época musical más vibrante acá en mi casa fue, sin duda, la del período 1998-2015. ‘Cacho’ Gacitúa vivía cerca de acá justo antes de morir y siempre armábamos proyectos, como el de las 32 sonatas de Beethoven que dimos por todo Chile. Cuando salió un aviso en El Mercurio, de que Curacaví era la única comuna de la Región Metropolitana donde se darían las sonatas, la gente me llamaba y me decía ‘Juanita, se equivocaron en el diario, dicen que Curacaví tendrá las sonatas de Beethoven’ y yo respondía: ‘no, está correcto, los conciertos se darán en mi casa’”. 

Nace el Departamento de música

El primer acercamiento de Juana con la universidad estuvo lejos de ser musical. Fue contratada como traductora por Julio Phillippi –desde pequeña habló español, inglés, italiano y francés—para auxiliar a la Facultad de Ciencias Económica y Administrativas y el grupo de académicos que, a mediados de los 50, llegó desde Estados Unidos a firmar el famoso convenio entre la UC y la Universidad de Chicago. 

Así trabajaría por un período no muy largo como traductora para el recién creado Centro de Investigaciones Económicas, fundado como parte de ese acuerdo. El trabajo, sin embargo, no la inspiraba y por esto, decidió hablar directamente con el rector, monseñor Alfredo Silva Santiago, para pedirle asumir otro tipo de labores en la universidad, “porque lo mío es la cultura, no la economía”, sostuvo. Desde entonces trabajaría con el historiador Jaime Eyzaguirre, director de la extensión cultural. 

Con Eyzaguirre haría un sinnúmero de cosas, subrogándole en diversas materias incluso. “Recuerdo que un día estando Jaime fuera de la universidad llegó un español para decirme que había llegado el caballo. ¿Cuál caballo?, pregunté. El caballo con don Pedro de Valdivia”. Se trataba de la estatua ecuestre del conquistador español que llegó en 1963 a Chile.  Juana tuvo que recibirla acompañando al representante de la comunidad española a firmar la entrega del monumento que, en un principio, se instaló a los pies del cerro Santa Lucía, mirando hacia el museo de Bellas Artes. 

Sin embargo, de los muchos asuntos que coordinaron con el rector, el más importante de todos, para ella y para la historia del plantel, sería la creación de un departamento de música en 1960, antecedente directo del actual IMUC.  

“El rector me mandó a llamar un día diciéndome que bajara a su oficina. Entonces me dice, sabe Juana, tengo una idea: quiero formar una unidad de música y se me ocurre que su director sea Juan Orrego Salas. Yo conocí a Orrego de toda la vida. Monseñor me pidió contactarlo y así lo hice. Éramos amigos”, explica. Orrego Salas aceptó tan solo con la condición de que el Cuarteto Renacentista creado por Juana Subercaseaux debía ser el primer conjunto afiliado a la nueva unidad.

Orrego Salas llegó desde el plantel vecino a la Universidad Católica en 1960, directo al nuevo Departamento de música que se ubicó en calle Lira 28. Era un edificio en muy mal estado. Tan malo que Juana recuerda con risa cuando el maestro de piano Carlos Botto, Premio Nacional de Artes en 1966, decidió hacer clases con un paraguas en una sala para sortear las gruesas goteras que caían del cielo. Así estuvieron casi una década, cuando de Orrego Salas la dirección pasó a manos de Juan Pablo Izquierdo, luego a Fernando Rosas y a Santiago Pacheco. Con la llegada de la nueva década, el departamento cambió de nombre a Instituto de Música y también de sede a Casa Central, quedando frente a la rectoría. A campus Oriente se trasladarían en 1979, cuando Juana ya era su directora (lo fue entre 1976-89). 

La educación y los conjuntos

El padre de Juana, León Subercaseaux era diplomático y conoció a su madre, Paz Larraín, en Francia. Ambos nacieron en París. Por la labor de León los tres hijos del matrimonio, Paz, Pedro y Juana, tuvieron una educación tan cosmopolita como sofisticada. Vivieron en Bolivia, Italia y, mucho tiempo en Inglaterra, hasta donde él arribó en 1938 como embajador de su país bajo el gobierno de Pedro Aguirre Cerda. 

Juana nació en Purén, en febrero de 1926. Tuvo como institutriz a una gobernante irlandesa y a los cinco años llegó a vivir a Italia. Fue en ese lugar, en Roma, con siete años, cuando comenzó con sus clases de violín con la reconocida Gioconda de Vito, alabada por su talento por el propio Mussolini.  Con ella estudió antes de partir a Londres, donde recaló en un colegio en Ascott para completar sus estudios antes de cursar un posgrado en el prestigioso Royal College of Music de la capital británica. En Inglaterra se rodearía de cultura, amigos, poetas, músicos e intelectuales. 

A Chile llegó a mediados de la década del 50 para salir nuevamente a cursar una beca, esta vez a Nueva York, auspiciada por la Comisión Fullbright. Estudiaría con el prestigioso conjunto New York Pro Musica (fundado como Pro Musica Antiqua por Noah Greenberg). Como el grupo no era una institución académica en sí, Juana debió afiliarse a la Universidad de Nueva York, aunque terminó asistiendo a cursos sueltos de Columbia por la prominencia de sus teóricos.

Con todo este expertise retornó nuevamente a Chile para trabajar, en paralelo a sus labores universitarias, en la conformación de dos insignes conjuntos nacionales hoy desaparecidos, pero que crearon escuela en toda América Latina: el Conjunto de Música Antigua y el Cuarteto Renacentista. Para ambos reclutó a conocidos músicos locales como Sylvia Soublette, Óscar Ohlsen, Octavio Hasbún y Mary Ann Fones, entre otros que vendrían en el futuro. Fueron los primeros conjuntos de este tipo en la región. 

“En Brasil, Colombia, Perú y Venezuela fundamos conjuntos, dictamos clases en distintas instituciones, dimos a conocer la música del temprano barroco, del renacimiento y del alto medioevo para estos países, incluyendo Chile”, sostiene.

Con dichas agrupaciones, Juana viajó por distintos países del mundo, incluyendo las naciones europeas, tocando para distintos festivales como el de Atenas (1966) y el Dubrovnik (principios de los 70), llegando a Tailandia e incluso a la China de Den Xiaoping a fines de los 80. A este destino llegó poco antes de que su artrosis la obligara a dejar su viola “sin pesar, pues se veía venir”, dice, para dedicarse de forma exclusiva a la academia. Tras la muerte de su madre en 1994 decidió jubilar retirándose a su noble casona de Curacaví, en donde hoy repasa sus días con sus amigos músicos, viviendo con sus perros, proyectando iniciativas que no sabe si verán la luz, repartiendo sus invaluables libros, muchos de los cuales están llegando a la Universidad Católica, como una forma de preservarlos cuando ella ya no esté.


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