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Los límites de la perfección: ¿Se puede superar la especie humana?


¿Es posible afirmar, desde una perspectiva teológica, que el hombre se puede mejorar y superar? La respuesta es negativa, ya que el criterio que debería guiar los avances neurocientíficos es el aumento en la capacidad de amar gratuitamente, incremento que vuelve a la creatura semejante a Dios y colaboradora de su plan. La teología cristiana no describe el futuro en términos de superación, sino de convertirnos en seres plenos. Este el tema que aborda la Revista Universitaria en su dossier "Humana: la especie que nos une", en su número 157, que vale la pena revisitar en momentos de pandemia.

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photo_camera Fruto de su mejoramiento y superación, en el futuro existirá una especie que no se reconocerá en las preguntas de Hamlet ni en los discursos de Martin Luther King. En la foto, Sophia, la robot más avanzada del mundo. (Fotografía: Wikipedia)

Revista Universitaria

La historia de la humanidad está atravesada por preguntas que, porfiadamente, vuelven una y otra vez. Puede ser en boca de Anaximandro, Agustín, Shakespeare o Freud: hay cuestionamientos escurridizos que no se dejan atrapar. Por más esfuerzo que hagamos, ciertos temas prefieren la ambigüedad del signo de interrogación a la claridad del punto final.

Una de estas inquietudes es la pregunta por el ser humano. Aunque separados por los siglos, es posible rastrear esta duda en los sumerios, romanos, marxistas o postmodernos. Y resulta que ni el tiempo ni las respuestas avejentan esta problemática. Desde tiempos remotos intentamos saber quiénes somos y en qué radica esa identidad, sin quedar nunca satisfechos. Por eso, todas las generaciones, hermanas entre sí, deben enfrentarse a este cuestionamiento con la frescura del primer momento.

Según el historiador Yuval Noah Harari, esta inquietud tendría sus días contados. Siguiendo el parecer de varios científicos y pensadores, Harari sostiene que la ingeniería biológica será pronto capaz de reescribir el código genético humano y modificar el equilibrio bioquímico, tras lo cual podremos fusionar los organismos biológicos con dispositivos no orgánicos que harán desaparecer al homo sapiens. En términos más técnicos, la tecnología nos permitirá mejorar a la humanidad –transhumanismo– e incluso superarlo –posthumanismo–. Así, el posthumanismo sería el resultado de un proceso que, teniendo al transhumanismo como un estado intermedio, produciría seres que ya no podrán reconocerse en sus ancestros (Harari, Y. N., 2014). Por eso, la pregunta por el ser humano tendría fecha de vencimiento. Fruto de su mejoramiento y superación, en el futuro existirá una especie que no se reconocerá en las preguntas de Hamlet ni en los discursos de Martin Luther King.

¿Es posible afirmar, desde una perspectiva teológica, que el ser humano es una especie a mejorar y superar? A mi juicio, la respuesta es clara: no. Ambos conceptos son atributos que, teológicamente, no son aplicables al ser humano. Para el cristianismo no es una especie a mejorar ni mucho menos superable.

¿Cuáles son las razones que justifican esta negativa? Hay varios conceptos básicos de la antropología cristiana que colisionan con la racionalidad transhumanista y posthumanista. En las siguientes líneas, intentaré abordar el tema desde la siguiente máxima: la teología cristiana no describe el futuro en términos de superación, sino de alcanzar la plenitud.

"¿Es posible afirmar, desde una perspectiva teológica, que el ser humano es una especie a mejorar y superar? A mi juicio, la respuesta es clara: no" - Mario Inzulza, académico Teología UC.

Dos esquemas interpretativos distintos

 El desarrollo de la neurociencia no debería contentarse con restaurar nuestras capacidades, sino que buscaría modificarlas hasta su superación. (Fotografía célula madre humana)
El desarrollo de la neurociencia no debería contentarse con restaurar nuestras capacidades, sino que buscaría modificarlas hasta su superación. (Fotografía célula madre humana: Google images)

De acuerdo al transhumanismo, nuestra técnica transita de la restauración al mejoramiento del ser humano. Tomemos el cerebro como ejemplo: gracias a la neurociencia prontamente dispondremos, además de los actuales medicamentos que mitigan dolores y ciertas enfermedades, de píldoras que aumentarán nuestras capacidades cerebrales o de tratamientos que las modificarán genéticamente. Así, podremos expandir los procesos mentales hasta sus máximas capacidades.

Los posthumanistas, sin embargo, van aún más lejos: en un futuro próximo superaremos el límite impuesto por nuestra base biológica, al trasladar, por ejemplo, todo su contenido en un dispositivo que almacene dicha información. Nuestro cerebro no solo será reparado de sus dolencias o mejorado en sus capacidades, sino transformado radicalmente en su estructura e incluso reemplazado.

¿Cuál es la interpretación de la realidad y del humano que subyace a este modelo? A mi entender, en este esquema la realidad es un proceso evolutivo de creciente complejidad, tanto en sus estructuras como en sus formas y operaciones. Por ser miembro de este proceso de complejidad global, el ser humano es movido por un deseo evolutivo que, en sintonía con la realidad, busca inevitablemente incrementar sus capacidades. Este esquema sostiene que tanto el proceso evolutivo como el deseo de los hombres están guiados por el mismo propósito –el incremento de la complejidad– que supone un mismo resultado: el permanente mejoramiento y superación de lo existente. De hecho, el progreso de nuestra inteligencia y la creciente sofisticación de nuestra tecnología estarían en directa sintonía con este proceso evolutivo en constante superación.

Volviendo al ejemplo del cerebro, el desarrollo de la neurociencia no debería contentarse con restaurar nuestras capacidades, sino que buscaría modificarlas hasta su superación. Se produce así una coincidencia entre el nivel ético (“deber hacer”), el nivel técnico (“poder hacer”) y el nivel moral (“hacer lo bueno”). ¿Y cuál es el límite que debemos superar? El mayor de los obstáculos: la muerte como expresión última del proceso entrópico en el ser humano.

Parte de la “creación”

El cristianismo posee otra interpretación de la realidad. La palabra “creación” es el concepto teológico para afirmar que la realidad es un proceso dinámico que tiene su origen, sustento y destino en la gratuidad amorosa de un misterio inabarcable que llamamos “Dios”.

El ser humano, por ser parte de la creación, también es un proceso dinámico que tiene su origen y futuro en Dios. En este esquema, entonces, tanto la creación en su conjunto como la creatura en su singularidad están guiadas por una misma intención original –la gratuidad y amor de Dios– que supone un propósito igual en todo –Dios mismo como futuro de lo creado–. De hecho, lo distintivo del ser humano es la toma de conciencia, en cuanto miembro de la creación, de este proceso dinámico que tiene a Dios como su primer y último protagonista. Pero no solo eso: el ser humano está invitado a aportar en este proceso de constante donación por parte de Dios, colaboración que tiene sentido cuando la creatura entra en la dinámica de amor y gratuidad divina. Si volvemos al ejemplo del cerebro, el criterio que debería guiar los avances neurocientíficos es el incremento en la capacidad de amar gratuitamente, incremento que vuelve a la creatura semejante a Dios y colaboradora de su plan.

¿Por qué ni mejorables ni superables?

El ser humano busca inevitablemente incrementar sus capacidades. En la imagen, el cyborg -criatura compuesta de elementos orgánicos y dispositivos cibernéticos​- Neil Harbisson, quien se implantó un dispositivo en su cerebro (antena), que le entrega la posibilidad de percibir los colores a través del sonido. (Fotografía: Flickr)
El ser humano busca inevitablemente incrementar sus capacidades. En la imagen, el cyborg -criatura compuesta de elementos orgánicos y dispositivos cibernéticos​- Neil Harbisson, quien se implantó un dispositivo en su cerebro (antena), que le entrega la posibilidad de percibir los colores a través del sonido. (Fotografía: Flickr/NTNU)

¿En qué sentido el ser humano no es superable? Retomando lo anteriormente dicho, es necesario destacar que la causa de la trascendencia humana es la bondad de Dios, agente y plenitud para toda la creación. De ahí, que el sentido último de la creación no es ni su reemplazo ni su desaparición. Por el contrario, el destino de la creación es su plenitud en Dios; lo creado no existe para su permanente superación, sino para la participación en el amor y gratuidad de su Creador.

Esta afirmación tiene su origen en quien justifica cualquier reflexión cristiana: Jesucristo, imagen visible del Misterio absoluto. Toda su vida es el reflejo del amor gratuito de Dios, la cual puede resumirse en vivir perdonando pecados y sanando enfermos. Sin embargo, es la resurrección de Jesús de entre los muertos donde el ser humano puede reconocer el sentido de la creación en su conjunto y de sí mismo en particular. Porque en el resucitado no hay reemplazo de su cuerpo, sino transfiguración; porque en él no hay abandono de su identidad sino plena manifestación de su divinidad; porque en él no hay pérdida de las relaciones, sino intensificación de ellas; y porque la fuente de la vida brota desde un sepulcro vacío; por todas estas razones, los cristianos afirman que la resurrección del Hijo será el modo según el cual el Padre plenificará todas las cosas por la fuerza de su Espíritu.

"El sentido último de la creación no es ni su reemplazo ni su desaparición. Por el contrario, el destino de la creación es su plenitud en Dios" - Mario Inzulza, académico Teología UC. 

¿Y en qué sentido el ser humano no es mejorable? La existencia del ser humano, como todo lo creado, es intrínsecamente buena en tanto querida por Dios. Esto no significa que el ser humano no es mejorable porque en la bondad de Dios ha sido creado completo, en su estado final, ¡por ningún motivo!. El ser humano, como toda la creación, ha sido creado inconcluso –que no es sinónimo de imperfección a corregir o mejorar– y su plenitud solo será encontrada en Dios. Contra toda antropología esencialista o determinista, el cristianismo defiende que el principio y fundamento de la bondad humana es la gratuidad y el amor del Creador, característica que no se presenta ni como tarea acabada u obligación, sino como dinamismo que encuentra su realización plena en el resucitado.

Optimistas pero vigilantes

Es interesante cómo las controversias teológico-científicas se han desplazado desde el pasado –la teoría evolutiva– y desde el presente –las transformaciones sociales– a las preguntas sobre el futuro. Animados por la fe, el amor y la esperanza, en un futuro donde Dios llevará a plenitud su creación, los cristianos están invitados a participar optimistamente en toda iniciativa que despliegue la dinámica que anima a toda la creación: el amor y la gratuidad. Tenemos la capacidad de pensar una humanidad que no solo esté orientada a la supervivencia, sino a reorientar, por ejemplo, nuestros modos de organizar la sociedad, el consumo y la relación con el ecosistema en términos de colaboración. Pero será la confianza en Dios, y no simplemente en nuestras capacidades, la que obligue a la vigilancia creyente. No debemos ser ingenuos. Quien haya leído un poco de historia universal o simplemente hojeado el diario esta mañana sabrá que incluso nuestras mejores intenciones están bajo la sombra de la mezquindad y la violencia.

Quizás, aquí radica la persistente incógnita por el ser humano. Con su amor y gratuidad, Dios le ha confiado una tarea inconclusa. Su respuesta total y final sobre nuestra identidad es difícil de descifrar: un jardinero hablando con María Magdalena, un peregrino de camino a Emaús, un extraño a la orilla del lago. Tal vez, estemos obligados a discutir sin que nadie pueda monopolizar la conversación. Al parecer, siempre seremos una pregunta abierta, inmejorable, e insuperable… gracias a Dios.

*Revisa la Revista Universitaria 


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