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Arte y ciencia:

Cambio de mirada


La noción de cuerpo y los paisajes de la memoria, son los conceptos que dan pie a la reflexión de dos proyectos que vinculan ciencia y arte, dejando claro que más que simplemente reunir a académicos de distintas áreas, de lo que se trata es cruzar las fronteras disciplinares y generar un conocimiento totalmente nuevo.

photo_camera "Cartografías de la Sangre. Atlas y diagrama" y "Geografía, Arte y Cambio Climático: Paisajes de la Memoria en el Valle Exploradores, Patagonia chilena", son dos de los proyectos del Concurso ArTeCiH que se encuentran en pleno desarrollo (Fotografía: Montaje en Sala Gasco/Gastón Laval)

La investigación en arte y ciencia puede tomar rumbos inesperados. Y llegar a resultados sorprendentes, que nos sacan de nuestra área de confort, que nos hacen reflexionar y mirar el mundo desde otras perspectivas. Como hacernos cambiar, por ejemplo, los conceptos que tenemos en la mente, en este caso, de elementos tan triviales como mapa, cartografía y territorio.

Esto es lo que hacen dos proyectos apoyados por el Concurso Artes & Tecnologías, Ciencias y Humanidades, ArTeCiH, impulsado por la Dirección de Artes y Cultura de la Vicerrectoría de Investigación. Iniciativa que, en palabras de su directora y Premio Nacional de Artes Musicales 2020, Miryam Singer, “promueve el diálogo para el conocimiento de otras metodologías, otros objetos interesantes que pueblan el mundo, y que son difíciles de reconocer cuando se mira desde un lugar separado, aislado”. (Ver nota “Una decidida apuesta por la disciplina”)

La disciplina al límite

Crear una obra que reflexione respecto de la noción de cuerpo es el objetivo de "Cartografías de la Sangre. Atlas y diagrama". Un proyecto interdisciplinario que vincula arte, ciencia, medicina y tecnología médica, a través de la investigación artística.

Lo que se busca es discutir cómo las distintas disciplinas han abordado la representación del cuerpo, utilizando imágenes médicas como punto de partida, para gatillar un proceso de reflexión y creación conjunto. Lo que dista mucho de ser simple. Por una parte, el concepto del cuerpo es cambiante, depende del contexto histórico, social y cultural. Y por otra, las imágenes médicas son datos, se pueden transformar en imágenes o sonidos.

Para abordar este desafío, se conformó un equipo integrado por el artista visual y académico de la Escuela de Arte, Gastón Laval; Sergio Uribe, académico de la Facultad de Medicina y del Instituto de Ingeniería Biológica y Médica, además de director del Centro de Imágenes Biomédicas y del Núcleo Milenio en Resonancia Magnética Cardiovascular; Milena Grass, académica de la Escuela de Teatro y directora del Núcleo Milenio Arte, Performatividad y Activismo; y Rodrigo Cádiz, académico del Instituto de Música y de la Facultad de Ingeniería. También se suman estudiantes de las facultades de Artes, Medicina e Ingeniería UC.

Varias han sido las sesiones para exponer los puntos de vista, muchas veces divergentes e incluso opuestos. “Me parece que es fundamental en un grupo de académicos poder discutir y ver cómo entendemos las cosas, para dónde vamos, qué se pretende hacer y qué no… Estos concursos son una muy buena instancia para hacer eso”, opina Rodrigo Cádiz, quien cuenta con una doble formación como ingeniero y músico. “Lo que hemos tratado es que el resultado sea realmente un pensamiento híbrido, más que juntar a personas de distintas disciplinas”, añade.

“Estoy de acuerdo con que es posible integrar arte, ciencia y tecnología; pero ha sido un proceso de conocimiento de cada una de las partes del idioma, la nomenclatura y el lenguaje disciplinar, para llegar a un cierto acuerdo”, agrega el artista Gastón Laval.

La metodología entonces fue conversar: realizaron presentaciones para explicar qué entendía cada uno por arte y ciencia, qué aspectos le interesaba de la disciplina del otro. Así nació la idea de abordar el proyecto desde el concepto de “flujo turbulento”, que proviene de la mecánica de fluidos. “La turbulencia funciona a nivel del cuerpo humano: el torrente sanguíneo es turbulento y a nivel micro, el intercambio de nutrientes también lo es; y lo mismo el flujo de los ríos, el mar, el aire o personas circulando por las calles… De lo micro a lo macro: en el cuerpo humano, el cuerpo social y el cuerpo celeste, hay una ley física que está presente”, explica Gastón Laval.

Como cuenta Cristián Pinet, coordinador del proyecto: “Ha sido muy interesante ver todo el proceso creativo, ver cómo se van cruzando los términos de cada disciplina, cómo se empieza a generar conocimiento”.

El siguiente paso ha sido cómo dar cuenta de esta reflexión en un montaje -que se realizará en sala Gasco- que implica ciencia, tecnología y arte, tanto como visual como sonoro-musical y performático. Se desarrollará en dos espacios: una exposición al modo tradicional y el otro, una especie de laboratorio-taller con instancias interactivas para el público.

La idea es que la experiencia no solo incluya imágenes, sino también sonidos, a través de la sonificación de datos médicos. Como explica Rodrigo Cádiz, se trata de “aprovechar el sentido de la audición, como un input más, en general somos demasiado visuales. Hay muchas formas de transformar datos en sonido, evocando otras cosas distintas a la imagen”.

Se espera que la muestra, aún en desarrollo, se exhiba en marzo o abril. Pero como concluye Gastón Laval, el valor de esta iniciativa es “poner al límite la experiencia propia para sumergirse en la del otro, comprenderla y desde ahí realizar un trabajo realmente colaborativo”.

Paisajes de la memoria

“Nos planteamos el concepto “paisaje de la memoria”, que es una manera de comprender el paisaje desde otra mirada. Ver el paisaje no como algo inerte, que está allá afuera, sino en una relación directa con el ser humano, con la experiencia de las personas que lo habitan, con el espacio vivido, con su propia memoria”, explica el académico Andrés Núñez. (Fotografía: Valle Exploradores/Nicole Saffie)
“Nos planteamos el concepto “paisaje de la memoria”, que es una manera de comprender el paisaje desde otra mirada. Ver el paisaje no como algo inerte, que está allá afuera, sino en una relación directa con el ser humano, con la experiencia de las personas que lo habitan, con el espacio vivido, con su propia memoria”, explica el académico Andrés Núñez. (Fotografía: Valle Exploradores/Nicole Saffie)

Evidenciar el impacto del cambio climático en uno de los lugares más prístinos del extremo sur de nuestro país, es el objetivo del proyecto "Geografía, Arte y Cambio Climático: Paisajes de la Memoria en el Valle Exploradores, Patagonia chilena", impulsado por los académicos Andrés Núñez, del Instituto de Geografía, y Roberto Farriol, de la Escuela de Arte.

La idea nació como una iniciativa mutua de ambos investigadores, quienes, cada uno en su propia disciplina, llevaba ya tiempo trabajaba con el paisaje y el territorio.

A través de un video-ensayo -que contiene una reflexión- se buscará identificar y representar el impacto del cambio climático en este lugar, donde la universidad cuenta con la Estación Patagonia de Investigaciones Interdisciplinarias UC -la que se asocia con este proyecto-. Pero no se trata de una mera constatación geográfica, de por ejemplo cómo han retrocedido glaciares, sino que se adentra territorios más profundos: la memoria de sus propios habitantes.

“Nos planteamos el concepto “paisaje de la memoria”, que es una manera de comprender el paisaje desde otra mirada. Ver el paisaje no como algo inerte, que está allá afuera, sino en una relación directa con el ser humano, con la experiencia de las personas que lo habitan, con el espacio vivido, con su propia memoria”, explica Andrés Núñez. “El paisaje de la memoria mira al pasado y busca indagar en las huellas que han dejado los cambios”, agrega.

Si bien el trabajo de campo se ha visto retrasado debido a la pandemia por Covid-19, los académicos han trabajado en base a fotografías históricas, para comprender cómo era o cómo se veía el paisaje, así como también qué elementos se destacaban en esas imágenes. Otro elementos son los relatos de habitantes y videos históricos, como el de Augusto Grosse, explorador que se internó en el valle buscando posibles rutas de conexión con el mar a mediados del siglo XX.

El video-ensayo tiene varios ejes. Como explica Roberto Farriol: “El primero, tiene que ver con la documentación -fotografías y videos del lugar- que nos coloca en una memoria. Luego, las entrevistas que se realizarán en el lugar y que da cuenta de otra memoria: Los relatos son construcciones, que se van modificando en el tiempo”.

Las imágenes permitirán hacer una comparación, de cómo era antes un lugar y cómo es ahora. Pero va más allá. A través de los relatos se produce una fisura entre esas imágenes y la memoria. Todo lo cual se contrastará con datos científicos, por ejemplo, respecto del clima o el suelo. De esta manera, como explica Farriol, “La ciencia pasa a ser parte de un relato y el arte, en cierto sentido, pasa a ser una plataforma de ese relato”.

“Un aspecto interesante del video son los cambios de tiempo: una suerte de simultaneidad de episodios y momentos, algunos reales y otros ficcionados, en función de lo que se ha construido sobre la realidad. Todo esto es una suerte de metáfora de lo que significa estar en el lugar, entender que el paisaje no es solo aquello físico sino que más bien nosotros lo construimos”, explica el académico de Arte.

Todo esto se materializará en una video-instalación, lo que permitirá integrar al espectador dentro de la obra, permitiéndole vivir una experiencia con la obra. Lo que se busca conseguir, en palabras del artista, es “conmover: Dejar de ver lo que estamos acostumbrados, hacernos preguntas”.

Estos paisajes de la memoria son entendidos desde una geografía que se expresa a través del arte en sus varios niveles de lectura, constituyendo un relato llamado “cambio climático”. Se piensa (escribe) el vídeo-ensayo como un ejercicio orientado a examinar un fenómeno natural sobre un tejido cultural.

Como concluye el académico de Geografía, “la pregunta que nos hacemos en todo este escenario, paradisíaco, es cómo lo ven las personas que viven ahí. Hay un imaginario de los visitantes o las personas que recién llegan a la región, de volver a lo prístino, es una nueva memoria, distinta de la que tienen sus habitantes. El paisaje no está allá afuera, sino que está adentro de cada persona, es producida desde una trayectoria cultural”.


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