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Revista Universitaria nº 142:

Me enferma tu opinión


Vivimos en tiempos que no perdonan y usando redes de comunicación que parecen efímeras, pero que tienen una estupenda memoria. La cancelación tiene que ver con la reputación de una persona, marca o institución. Y si bien todas las culturas han encontrado formas de establecer sanciones sociales a quienes se salen de la norma, lo nuevo de esta práctica es que está profundamente ligada a las redes sociales, aunque sus consecuencias pueden exceder ampliamente esa esfera.

photo_camera Si de lo que vamos a hablar es de cancelación, un término que se escucha profusamente en el último tiempo, habría que partir por explicar qué es lo que significa. (Crédito fotográfico: iStock Photo)

Este artículo fue publicado en el número 164 de Revista Universitaria. Ver todo el contenido de la edición aquí.

Si de lo que vamos a hablar es de cancelación, un término que se escucha profusamente en el último tiempo, habría que partir por explicar qué es lo que significa. Estamos frente a uno de esos conceptos con definiciones tan elásticas y abarcadoras que pueden terminar por no decir nada. Lo que sí está a la vista es que es un fenómeno, tendencia o cultura, dicen incluso, que alarma a mucha gente, muy variada además: a fines de 2019, el expresidente de Estados Unidos Barak Obama criticó la cancelación, el activismo de hashtag y llamó a los jóvenes a comprometerse realmente con sus causas. Meses después, fue su sucesor Donald Trump quien dijo que la cultura de la cancelación no puede tener espacio en su país. Cuesta creer que estas dos personas, siempre en las antípodas, hayan encontrado precisamente en esta práctica un punto de acuerdo. Todo indica más bien que estaban hablando de cosas distintas. Donald Trump aludía a los ataques contra una serie de estatuas y monumentos a confederados que se produjeron en el contexto de las protestas del movimiento Black Lives Matter. Obama, a cierta moral que piensa que la defensa de determinados valores permite acallar a cualquiera.

El problema entonces es que bajo la cultura de la cancelación cabe de todo: el rapero Kanye West cada cierto tiempo levanta la furia de sus fanáticos en las redes por sus declaraciones controvertidas. Como cuando decidió darle su apoyo público a Donald Trump y ha sido una y otra vez cancelado. También se dijo que la película Lo que el viento se llevó había sido cancelada cuando HBO Max la retiró temporalmente de su parrilla porque ofrece una visión idealizada de la esclavitud; y el rótulo una vez más fue usado en contra de la cantante chilena Camila Gallardo, cuando salieron a relucir unos tuits que había escrito a favor de Evelyn Matthei cuando tenía 16 años.

Atrapados en las redes

Si bien todos estos episodios están ocurriendo y aluden a algún tipo de intento de censurar o sacar de la escena a alguien o algo, no todos son cancelaciones. Para ir despejando entonces, digamos que la cancelación tiene que ver con la reputación de una persona, marca o institución, y que si bien todas las culturas han encontrado formas de establecer sanciones sociales a quienes se salen de la norma, lo nuevo de esta práctica es que está profundamente ligada a las redes sociales, aunque sus consecuencias pueden exceder ampliamente esa esfera. Como la pandemia ha reducido nuestra vida social a las pantallas, se entiende por qué entonces estamos hablando con tanta intensidad de este tema.

La cancelación es pariente de otros fenómenos, como la funa, pero no es lo mismo. Esta última está vinculada a un crimen, a buscar algún tipo de castigo frente a conductas criminales que la mayoría de las veces no encuentran en la justicia la sanción esperada o debida. Por eso, la funa está principalmente asociada a violaciones a los derechos humanos o casos de abuso sexual. La cancelación, en cambio, se refiere a opiniones, expresiones o representaciones hirientes o inaceptables para un grupo. Puede ser una foto de hoy o un comentario estampado en un timeline hace 10 años.

Una pregunta que deja esta práctica es qué es lo que se considera aceptable, qué no y por quién. Bien lo sabe H&M, marca que para evitar que sus clientes occidentales que premueven el comercio justo y consciente los cancelaran, en 2020 publicó un comunicado en que explicaba que no usan algodón de la región china de Xinjiang, donde se han denunciado trabajos forzados y discriminación en contra de las minorías étnicas. Algunos meses después, la declaración comenzó a circular en las redes sociales chinas provocando una ola de indignación nacionalista entre los usuarios que denunciaban la intromisión occidental en sus asuntos. El resultado fue que no solo dejaron de seguir a la marca y presionaron a sus influencers para que cancelaran sus contratos, sino que hicieron un llamado colectivo a boicotear a la empresa que terminó con cierres de tiendas.

Aparece ahí una dimensión clave y que diferencia a la cancelación de la mera y legítima expresión de crítica o repudio ante una opinión injusta, odiosa o controvertida. La cancelación pide consecuencias. Que exista una sanción que en muchos casos trasciende el ámbito de lo online. Así fue como le ocurrió a la periodista de 27 años Alexi McCammond que, tras unos días como la flamante nueva editora de la revista Teen Vogue, tuvo que renunciar porque algunos integrantes del equipo reflotaron algunos tuits homofóbicos y ofensivos contra la minoría asiática, que ella había escrito a los 17 años. Los había borrado, sin éxito por lo visto, y se disculpó, pero el objetivo no era ese, sino que no pudiera asumir el cargo, tal como pasó.

La cancelación no conoce fronteras y tampoco clases sociales. Las celebridades y las personas que trabajan en medios están mucho más expuestas pero, a la vez, son las más difíciles de cancelar: no importa cuántas veces ni con cuánta intensidad Kanye West haya ofendido a sus fans o a la comunidad afroamericana con sus comentarios, ninguna ha logrado que sus discos dejen de escucharse. Tampoco se han parado de vender los libros de la autora de Harry Potter, J.K. Rowling, pese a la indignación que han causado sus comentarios en contra de las personas transexuales. En cambio, cada cierto tiempo hay casos de gente anónima para las grandes audiencias que han terminado perdiendo trabajos o contratos por comentarios indignantes, sin disculpa que valga.

una dimensión clave y que diferencia a la cancelación de la mera y legítima expresión de crítica o repudio ante una opinión injusta, odiosa o controvertida. La cancelación pide consecuencias. Que exista una sanción que en muchos casos trasciende el ámbito de lo online.
Una dimensión clave que diferencia a la cancelación de la mera y legítima expresión de crítica o repudio ante una opinión injusta, odiosa o controvertida es que ésta pide consecuencias: Que exista una sanción que en muchos casos trasciende el ámbito de lo online. (Crédito fotográfico: iStock Photo)

Discursos con poder

No es el único ámbito en que se expresa el poder en este debate. Una dimensión importante tiene que ver con quién tiene la atribución de hablar y fijar los términos del debate y quién no. De eso se trató finalmente la discusión sobre la carta publicada a mediados de 2020 en la revista Harper’s Bazaar. La historia se dio en medio de las protestas del movimiento Black Lives Matter, cuando la Poetry Foundation, una de las organizaciones literarias más poderosas de Estados Unidos, publicó un  comunicado  manifestando su solidaridad con la comunidad negra. Rápidamente la declaración no solo fue considerada insuficiente sino que ridiculizada en las redes sociales y motivó, además, una contra-carta firmada por 1.800 poetas y escritores. Ante la presión colectiva a los pocos días renunció el presidente de la asociación.

Thomas Chatterton Williams, editor de la revista Harper’s Bazaar, de ascendencia negra, consideró que la situación había llegado demasiado lejos. Respondió con un llamado colectivo a promover el debate abierto y la tolerancia de las diferencias contra lo que describió como una cultura de la censura que se expande por parte de un activismo progresista. Pusieron su firma Noam Chomsky, Gloria Steinem, Ian Buruma y Margaret Atwood, entre otros 150 ilustres intelectuales. Más de alguno debe haber pensado que se trataba de otra más de las muchas cartas bienpensantes que ya tenían en su currículum. Se deben haber llevado gran sorpresa al ver que apenas publicada la declaración surgía una ola de críticas furiosas. La situación provocó otra carta. Cerca de 160 autores, menos conocidos y racialmente más diversos, cuestionaron en el sitio The Objective la posición de privilegio y poder desde la cual había sido escrita la declaración de Harper’s Bazaar. Su reclamo denunciaba al grupo de ricos y poderosos intelectuales y parte de una elite acostumbrada a hablar cuando quiere y sin cortapisas, que viene ahora a objetar que las personas corrientes y las minorías hayan encontrado un espacio para confrontarlos y hacerlos callar. “Lo que ustedes tienen es miedo a perder sus posiciones de privilegio y eso es lo que hay detrás de su denuncia de la cultura de la cancelación”, acusaron.

Por eso, habría siempre que partir la discusión por aclarar de qué es de lo que estamos hablando cuando hablamos de cancelación. Especialmente si lo que se quiere es precisamente no terminar cancelado. Después de todo, el afán de censura encuentra a su mejor compañera en la manía de opinar de todo sin explicar nada.

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