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Salud y biodiversidad: la difícil ecuación que nos plantea la pandemia


El Covid-19 ha dejado en evidencia la frágil relación entre nuestra salud y la protección del medioambiente. Asimismo, la disminución histórica de las emisiones de carbono y otros gases de efecto invernadero, y los cambios de nuestro estilo de vida, han demostrado que tenemos la oportunidad de apostar por una recuperación “verde”, que nos ayude a prevenir no solo nuevas pandemias, sino preservar nuestra propia especie.

photo_camera Se estima que este año, producto de la pandemia, se dejarán de emitir entre 2 y 3 mil millones de toneladas de CO2, de acuerdo a un artículo de la BBC. (Fotografía: Nicole Saffie)

Un respiro para el planeta. Eso es lo que ha significado la pandemia: la mayor caída en la emisión de carbono (CO2) de la que se tenga registro en la historia. Producto de las cuarentenas y las medidas de aislamiento social, hay una menor cantidad de vehículos en las calles y menos aviones en el cielo, buscamos formas de consumo más eficientes, y las actividades económicas y productivas han disminuido, con la consecuente baja del consumo energético asociado, entre otros efectos.

A nivel global, a marzo de este año, el promedio de transporte terrestre ya había disminuido 50% respecto al mismo período de 2019, de acuerdo a un artículo de la BBC. En la misma fecha, los vuelos se habían cancelado en un 90% en Europa y un 50% en Estados Unidos. Desde febrero, los satélites de la NASA han detectado caídas entre un 20% y 30% de las emisiones de dióxido de nitrógeno o NO2 -un gas nocivo emitido por motores de vehículos, plantas de energía y complejos industriales- en algunos de los países más golpeados por el coronavirus, como Italia, China y Estados Unidos.

“La actual pandemia representa un gran experimento global que permite evaluar los efectos de una reducción en la actividad económica y en las grandes generadoras de electricidad, como centrales a carbón. En este contexto los efectos indirectos de la pandemia han sido positivos en términos de reducir emisiones de CO2, NO2 y otros gases de efecto invernadero”, explica Pablo Marquet, director del departamento de Ecología de la Facultad de Ciencias Biológicas.

La Agencia de Energía Internacional (EIA, por sus siglas en inglés), estima que en 2020 el mundo usará un 6% menos de energía, lo que conlleva a una caída de las emisiones de CO2. De acuerdo al mismo artículo de la BBC, esto equivale a que se deje de utilizar toda la demanda energética de India y sus 1.700 millones de habitantes. En total, se estima que las emisiones disminuirán entre un 4% y 8%, lo que representa entre 2.000 y 3.000 millones de toneladas menos de este gas en la atmósfera.

“Esto implica un efecto inmediato en algunos casos, como un aire más limpio en algunas ciudades, pero en otros los efectos son más lentos”, afirma Sebastián Vicuña, director del Centro UC de Cambio Global y académico de la Escuela de Ingeniería. “Las altas temperaturas, por ejemplo, son un efecto acumulado de decenas de años de emisiones de un gas que está concentrado en la atmósfera y que dura cerca de cien años en promedio”, agrega el investigador. Por lo que consecuencias como el derretimiento de los glaciares y el aumento del nivel del mar, continuarán.

“Los efectos son indirectos para el medioambiente”, añade Juan Armesto, académico de la Facultad de Ciencias Biológicas y director de la línea “Ciencias de los ecosistemas” del Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB. Algunas situaciones que nos han sorprendido, como la presencia de pumas en Santiago, más que de cambios en el medioambiente, nos habla de la relación que tenemos con nuestro entorno.

Como explica el investigador: “La menor presencia de seres humanos en los márgenes urbanos con ambientes silvestres permite que las poblaciones de animales avancen más allá de sus límites territoriales. En realidad, los límites de los territorios de los animales los impone la presencia y actividad humana. Cuando retroceden las ciudades -ya sea debido a esta pandemia, por incendios, terremotos u otro fenómeno-, algunos animales silvestres expanden sus rangos de hogar. Esto implica mayor número de encuentros con los humanos e interacciones peligrosas. Recordemos que vivimos en ciudades embebidas en un medioambiente que no conocemos bien”.

Como afirma Vicuña, el Covid-19 “nos hace darnos cuenta de manera muy evidente que tenemos un impacto sobre el planeta”. Y Marquet añade: “Esto demuestra que sí es posible reducir emisiones, pero si no se mantiene en el tiempo, el impacto no será significativo. Tenemos que lograr la carbono neutralidad independiente de la pandemia”.

"El Covid-19 “nos hace darnos cuenta de manera muy evidente que tenemos un impacto sobre el planeta” - Sebastián Vicuña, director del Centro UC de Cambio Global y académico de Ingeniería UC.

Como advierte Juan Carlos Muñoz, director del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable, CEDEUS y académico de Ingeniería de Transporte y Logística, de la Escuela de Ingeniería: “La pandemia ha quitado el foco de la agenda política en la emergencia climática. Espero que una vez identificado un antídoto pasemos a enfrentar esa otra crisis, que augura ser más fuerte, con impactos mucho más dolorosos y para la cual la solución no se podrá desarrollar en un laboratorio, sino que exige cambiar la forma como habitamos nuestro planeta”.

Biodiversidad: la delgada línea entre salud y enfermedad

La deforestación, la expansión descontrolada de la agricultura, la minería intensiva y la explotación de especies silvestres, entre otros, son algunas de las condiciones que propician el contagio de enfermedades provenientes de la vida silvestre. (Fotografía: Nicole Saffie)
La deforestación, la expansión descontrolada de la agricultura, la minería intensiva y la explotación de especies silvestres, entre otros, son algunas de las condiciones que propician el contagio de enfermedades provenientes de la vida silvestre. (Fotografía: Nicole Saffie)

Nuestra salud depende de la biodiversidad. “Tanto nosotros como el Sars-Cov2 -que produce la enfermedad por coronavirus- somos parte de la biodiversidad. El problema radica en que el comercio ilegal de especies y la intrusión humana en ecosistemas prístinos para desarrollar actividades productivas, nos ha expuesto a parte de la biodiversidad que genera una reacción patogénica en los seres humanos”, explica el profesor Pablo Marquet.

La deforestación, la expansión descontrolada de la agricultura, la minería intensiva y la explotación de especies silvestres, entre otros, van creando las condiciones “perfectas” para que se produzca el contagio de enfermedades desde la vida silvestre hacia las personas. De acuerdo a un artículo sobre el Covid-19 de la plataforma Biodiversity and Ecosystem Services, IPBES, las enfermedades como Covid-19 son causadas por microorganismos que infectan nuestros cuerpos que, en más de un 70% de los casos, provienen de la vida silvestre y de animales domesticados.

Según el mismo estudio de IPBES, las enfermedades que proceden de los animales causan aproximadamente 700 mil muertes al año. El potencial de futuras pandemias es vasto: se estima que existen 1 millón 700 mil virus no identificados que viven en animales y aves, que pueden infectar al ser humano.

“Si controlamos de una vez por todas el tráfico ilegal de especies, y restringimos el consumo humano de especies silvestres y la transformación de ecosistemas prístinos, sobre todo en los trópicos, podemos reducir las posibilidades de encontrarnos con nuevos patógenos”, dice enfático Marquet.

Por otra parte, como agrega el profesor Armesto, existe abrumadora evidencia publicada, desde hace años, que la diversidad biológica reduce los riesgos de brotes de enfermedades contagiosas que pueden ser nocivas para los seres humanos (Ostfeld et al. 1999, Sandifer 2015). “El efecto de la biodiversidad es uno de dilución de los impactos y también de una mayor posibilidad de presencia de otros organismos -por ejemplo parásitos, depredadores- que contrarrestan a los vectores de la enfermedad”.

En los ambientes mejor conservados, con mayor diversidad biológica, el riesgo para los seres humanos es bastante bajo. Sin embargo, éste aumenta en los lugares que han sido excesivamente modificados por el ser humano, debido a las actividades productivas intensivas. A esto se suman las viviendas insertas en estos territorios, cercanas unas a otras, que hacen más propensas a las personas a contagiarse de enfermedades de transmisión zoonótica (por animales silvestres o domésticos).

“Si controlamos de una vez por todas el tráfico ilegal de especies, y restringimos el consumo humano de especies silvestres y la transformación de ecosistemas prístinos, sobre todo en los trópicos, podemos reducir las posibilidades de encontrarnos con nuevos patógenos” - Pablo Marquet, académico Ciencias Biológicas UC.

Los ambientes silvestres son un beneficio para la sociedad y también una amenaza, si los perturbamos y transformamos, sin claridad sobre las funciones que estamos afectando.  Debido al creciente impacto humano y homogenización del planeta, además de la globalización y transporte entre países, es que debemos esperar nuevas pandemias en el futuro”, afirma Armesto.

De hecho, las pandemias de origen zoonótico (o animal), no son nuevas. Recordemos la gripe aviar, enfermedad que afecta a aves y que fue identificada por primera vez en Italia en el siglo XIX, y la gripe porcina, que se encuentra en aves de corral y cerdos, que originó una pandemia global entre 2009 y 2010. Así como el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS) y Ébola, cuyo origen no ha sido descubierto, pero que se cree puede estar escondido en algún animal u otros reservorios.

Pero entonces, ¿qué hacemos? Como responde el académico: “La forma de minimizar sus impactos es una mayor preocupación por los ambientes donde vivimos, mayor humildad en el sentido que no estamos por encima de estos desastres naturales, y un mayor esfuerzo por mantener ecosistemas “sanos”, es decir, libres de contaminantes y de impactos humanos de gran alcance -deforestación, cambio de usos del suelo a gran escala, entre otros-“.

Esta realidad pone de manifiesto el vínculo siempre presente entre la salud humana y la ecología, que muchas veces pasamos por alto. “Este es un tema de investigación interdisciplinaria cada vez más urgente y prevalente en la sociedad moderna para prevenir brotes epidémicos”, acota Armesto.

Requerimos de "un mayor esfuerzo por mantener ecosistemas “sanos”, es decir, libres de contaminantes y de impactos humanos de gran alcance -deforestación, cambio de usos del suelo a gran escala, entre otros-" - Juan Armesto, académico de Ciencias Biológicas UC e investigador IEB.

Recuperación… ¿verde o gris?

Una "recuperación verde", con una inversión decidida en las energías renovables y el aumento de la eficiencia energética, son algunas de las propuestas. (Fotografía: Pxhere.com)
Una "recuperación verde", con una inversión decidida en las energías renovables y una mayor eficiencia energética, son algunas de las propuestas de los expertos. (Fotografía: Pxhere.com)

Una cosa es clara: la pandemia ha cambiado nuestras formas de trabajar, de transportarnos, de consumir y hasta de relacionarnos. Nuestra vida ya no es la misma. El menor uso del transporte público o la utilización de otros medios como la bicicleta, el teletrabajo, el uso de la tecnología para hacer reuniones y actividades de manera remota, los huertos en casa y el uso más eficiente de los recursos, entre otros, son algunos de los cambios que hemos experimentado.

Todo ello abre grandes oportunidades para pensar en una green recovery o una “recuperación verde”, sustentable, más acorde con el cuidado de nuestro entorno y de nuestra propia calidad de vida.

Para Sebastián Vicuña, la necesidad de reactivar la economía después de la pandemia, es el momento para apostar decididamente por los sectores sustentables. “El desafío es seguir creciendo, pero no seguir aumentando las emisiones”, afirma. Por ejemplo, invertir en energías renovables o aumentar la eficiencia energética, se ven como parte de la solución.

Pero como advierte Juan Armesto, “podemos prever que ocurrirán efectos ambientales negativos, debido a que las necesidades económicas post crisis tienden a relajar las reglas que la sociedad ha acordado para proteger los ambientes naturales, los ríos, los bosques y las especies amenazadas. Reglas que muchas veces ha costado mucho tiempo implementar, se borran en un abrir y cerrar de ojos”. De esta manera, las actividades económicas como la agricultura intensiva, se extienden hacia los ecosistemas frágiles o amenazados, o se eliminan las restricciones –“algo que ya sucedió este año en Estados Unidos”, recuerda el investigador- afectando el estado del ambiente.

Como concluye Juan Carlos Muñoz: “Surgen oportunidades para repensar cómo estamos estructurados en las ciudades y las actividades que a diario realizamos, que no son inocuas. Sin embargo, los cambios necesarios para reorientar nuestra convivencia exigen de autoridades con una visión clara, y una implementación precisa y rápida. Ellas deben aprovechar esta ventana de oportunidad para hacer cambios que puedan impedir a la población a volver al business as usual". El futuro, como siempre, está en nuestras manos.

“Los cambios necesarios para reorientar nuestra convivencia exigen de autoridades con una visión clara, y una implementación precisa y rápida"  - Juan Carlos Muñoz, director de CEDEUS y académico de Ingeniería UC.

 


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