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Valentía de mujer


Las oleadas feministas que se han sucedido a lo largo de la historia se transformaron en un maremoto en 2018. Derechos políticos, acceso al mundo laboral, maternidad, aborto y la violencia sexual son temáticas que el género femenino ha abordado en un largo camino de reivindicaciones. Ahora estamos frente a una nueva mujer, que encarna las victorias de todas sus antecesoras. Pero todavía no es suficiente.

Este artículo fue publicado en la Revista Universitaria #151, en noviembre de 2018.

Mujeres levantando las manos.

photo_camera Desde 1990, en Chile comenzaron a articularse agrupaciones que se encargaron de temas como la violencia intrafamiliar, el acoso callejero o la representación femenina. Todas ellas ayudaron al estallido del movimiento feminista chileno en 2018. (Foto: César Cortés)

La modernización ha traído consigo cambios significativos en el rol de la mujer y en su posición en el seno de la familia, el trabajo y la sociedad en su conjunto. Muchos autores vinculan este proceso con aumentos paulatinos, pero inexorables, en la igualdad de trato y condición con respecto al hombre. Esta igualdad fue primeramente jurídica y política, e implicó un reconocimiento pleno de sus derechos en el ámbito político. Entre ellos, el más sobresaliente fue el derecho a voto y por este se recuerda la primera ola feminista con el símbolo de las sufragistas (Chile, 1949).

Hasta hace poco en Chile, la ley electoral exigía locales segregados de sufragio para los distintos sexos, a fin de garantizar la independencia conyugal (y, por ende, la probabilidad de que la esposa votase distinto al esposo). La redundancia fue uno de los principales motivos por el que se negaba el derecho a sufragio en la mujer adulta: ¿qué posibilidad había de que votara de otra manera a cómo lo hacía su padre o su esposo?

Todavía hoy la congruencia conyugal en la preferencia electoral es muy elevada, pero nadie duda que la mujer puede formar lealtades y opiniones políticas independientes y cualquier presión indebida sobre ella resultaría socialmente sancionada. Luego, siguieron las demandas por igualdad de trato de las esposas en la relación conyugal y en la filial. Así, el tradicional modelo del pater familia fue sustituido por una autoridad familiar que recae en ambos padres.

En Latinoamérica, la promoción de la mujer ha presentado características particulares, en cuanto se ha dado en un contexto de plena valoración de la maternidad. Prueba de ello es, a diferencia de muchos de los países económicamente desarrollados, la protección expresada en licencias prenatales y posnatales.

El maternalismo prevalece

La segunda oleada de feminismo comenzó en Europa con la incorporación paulatina de la mujer en el trabajo remunerado. Esta provino –según muchos– de las necesidades de suplir con mano de obra femenina una industria abandonada por hombres que luchaban masivamente en la guerra.

Este proceso fue paulatino, primero solteras, luego casadas sin hijos y, finalmente, madres en período de crianza. En ninguna parte las tasas de participación laboral han llegado a equipararse con las del hombre y ello es particularmente evidente en Latinoamérica y en Chile, donde la brecha sigue siendo significativa.

La teoría de la modernización explica mejor estas evoluciones. En países más desarrollados se ha tornado imperativo que la mujer trabaje en cualquier caso y se sanciona socialmente la condición de dueña de casa, considerada un símbolo de pereza, sobre todo después de la desaparición de la familia numerosa y de los incrementos educativos que eliminan los costes alternativos del trabajo.

La hostilidad hacia la dueña de casa –símbolo de quien se afirma a sí misma en su condición de esposa y madre– fue la expresión característica del feminismo de entonces. En naciones menos desarrolladas no hubo gran dificultad en legitimar y aceptar socialmente la entrada del género femenino al mundo del trabajo, al contrario de lo que se afirma muchas veces.

En sociedades que provienen muy inmediatamente del tronco rural, la mujer siempre tuvo un desempeño económico sobresaliente en la agricultura y en el comercio al menudeo, sin contar la servidumbre doméstica.

Nunca fue extraño que trabajara remuneradamente, menos aún en países como los nuestros, en que la irresponsabilidad paterna y los fallos en la cultura patriarcal (que afirman la autoridad del hombre en su capacidad específica de proveer económicamente las necesidades de la familia) eran notorios y obligaron por doquier a la madre a hacerse cargo económicamente de sus hijos.

Lo que prevalece en este ámbito no son actitudes machistas hacia el trabajo, sino maternalistas, que desaconsejan el trabajo femenino en el período de procreación y crianza. Según la Encuesta Bicentenario UC-Gfk Adimark 2017, todavía en Chile un 52% está “de acuerdo” o “muy de acuerdo” con que la familia se descuida si la mujer tiene un trabajo de tiempo completo.

Una legislación que extiende el descanso postnatal hasta seis meses es una expresión de la valoración de la maternidad. Esto ha sido poderosamente reforzado por las teorías modernas del apego materno y de la importancia decisiva de los primeros meses de vida en la determinación del futuro de los hijos.

Esta comprensión del rol de la mujer –que revela un feminismo culturalmente moderado, algo que se expresa también en el rechazo masivo al aborto libre y en muchos países aún al aborto restringido– constituye una de las causas posibles para la aún baja participación laboral del género femenino.

A ello se suma un lento reacomodo de las actitudes del hombre frente a las obligaciones de crianza y de las tareas domésticas, algo que ha sido anotado como una anomalía para el caso chileno, cuyo nivel de desarrollo económico y educativo debería haber estimulado más rápidamente el trabajo remunerado femenino y el doméstico masculino.

Actualmente, las demandas por igualdad se concentran más en la brecha salarial que en la laboral. Las causas de la disparidad de ingresos no encuentran justificaciones.

Algunos sostienen que no se debe a discriminación y menoscabo de la mujer, es decir al machismo imperante, sino al maternalismo que incluye decisiones y preferencias respecto del tipo y condiciones de trabajo que permitan complementar mejor trabajo y familia.

Aluden con ello a la opción por ciertos destinos ocupacionales de menor rendimiento económico, la preferencia por trabajos de horario flexible y las pausas maternales a veces prolongadas que debilitan las carreras laborales. Otros, en cambio, atribuyen las brechas salariales al control masculino del poder y de las fuentes laborales que simplemente no valora adecuadamente el aporte laboral femenino.

También se cita al maternalismo como uno de los factores más importantes para explicar las disparidades de género en comportamientos de riesgo (sobre todo en criminalidad y abuso de drogas, 90% de la población penitenciaria en casi todos los países es masculina). La condición materna –prevista o actual– aleja muy rápidamente de las fuentes de riesgo social y de contacto criminógeno, algo que incluye el efecto moderador del embarazo precoz en poblaciones de alta vulnerabilidad.

ACCESO AL TRABAJO. En algunas sociedades, el lento y escaso desarrollo de la mujer en el ámbito laboral no se debe a actitudes machistas, sino maternalistas, que desaconsejan el trabajo femenino en el período de procreación y crianza. Fotografía: César Cortés.
ACCESO AL TRABAJO. En algunas sociedades, el lento y escaso desarrollo de la mujer en el ámbito laboral no se debe a actitudes machistas, sino maternalistas, que desaconsejan el trabajo femenino en el período de procreación y crianza. Fotografía: César Cortés.

 

En Latinoamérica, la promoción de la mujer ha presentado características particulares, en cuanto se ha dado en un contexto de plena valoración de la maternidad. Prueba de ello es, a diferencia de muchos de los países económicamente desarrollados, la protección expresada en licencias prenatales y posnatales. Ello puede explicarse por la relevancia concedida desde siempre a la familia, que se ha construido y mantenido gracias al soporte femenino.

Violencia: al margen de la cultura patriarcal

Una tercera oleada de demandas por igualdad de género se concentra actualmente en problemas de violencia y abuso sexual. A diferencia de lo que se cree habitualmente, la instalación de una cultura patriarcal moderó y contuvo mucho esta problemática contra la mujer, sobre todo la violencia doméstica: el hombre estuvo obligado a ser padre, es decir a instalarse dentro del hogar, permanecer establemente con una pareja y hacerse responsable de sus hijos.

El machismo y la violencia intrafamiliar florecieron siempre al margen de la cultura patriarcal, en manos de un hombre en que se conjugaba la irresponsabilidad paterna y la inestabilidad (e infidelidad) conyugal. La desarticulación de esa cultura, en el último medio siglo, ha provocado nuevas formas de violencia, de la misma manera que la paternidad y conyugalidad responsable se pospone hasta una edad cada vez más tardía.

La desarticulación de la cultura patriarcal en el último medio siglo ha provocado nuevas formas de violencia, de la misma manera que la propagación inaudita de la juventud, en que difiere la paternidad y conyugalidad responsable hasta una edad cada vez más tardía.

También es característico del feminismo de nuevo cuño centrar su atención en diversas formas de violencia simbólica, que persisten incluso cuando la física ha cedido y se ha vuelto menos apremiante.

La exacerbación del cuerpo femenino, como objeto de intercambio simbólico en la industria publicitaria, es un buen ejemplo de esta clase de violencia. La pornografía no solo ha aumentado en acceso y disponibilidad, sino también en aceptación social como nunca lo había hecho antes.

El rechazo a la industria pornográfica ha sido una de las demandas claves del feminismo moderno, pero en su conjunto ha continuado protegida bajo el derecho a la libertad de expresión, que solo inhibe el discurso resueltamente ofensivo, es decir, aquel que incita a la violencia contra alguien en particular, algo que no alcanza a demostrarse en el caso de la expresión pornográfica.

En muchos de estos aspectos, la teoría de la modernización falla por completo. Varios procesos que son característicos de una sociedad moderna están abriendo nuevas tensiones y conflictos en esta larga historia por asegurar la dignidad e igualdad de la mujer.

Demandas de hoy

El debate sobre la igualdad se libra actualmente en diferentes dimensiones. En la política, a través de la capacidad del género femenino de acceder a posiciones de liderazgo.

Sin embargo, este proceso esconde algunas paradojas para la teoría de la modernización, ya que ha sido en países menos desarrollados donde se han visto los casos más sobresalientes. Con todo, es evidente que la participación femenina en los cuerpos electivos de representantes (cualquiera sea su naturaleza) es notoriamente insuficiente. Ella requiere de esfuerzos específicos, como podrían ser las leyes de cuota parlamentaria que han comenzado a diseminarse en todas partes.

Hoy, la participación femenina en los cuerpos electivos de representantes es notoriamente insuficiente. Ella requiere de esfuerzos específicos, como podrían ser las leyes de cuota parlamentaria que han comenzado a diseminarse en todas partes.

Respecto de otros derechos, se debaten cuestiones como el acceso a cargos de conducción en empresas, organismos gremiales, entidades de educación superior, etcétera. A ello se añade el de la igualdad salarial o los reclamos por una liberalización en materia sexual.

El aborto, concebido como un derecho que solo puede ser abreviado en condiciones especiales, constituyó la principal bandera de lucha del feminismo de los setenta (un caso judicial emblemático es el de Roe & Wade, que despenalizó el aborto inducido en Estados Unidos, en 1973).

También representaba la expresión política de la autonomía de la mujer, identificada con la posibilidad de controlar su maternidad, algo que se presuponía frenaba todas las aspiraciones de igualdad económica y social.

El control de la natalidad se obtuvo por doquier, con independencia de la legislación abortiva, simplemente por obra de la proliferación de técnicas contraceptivas que hicieron caer dramáticamente las tasas de fecundidad hasta límites por debajo de las tasas de reemplazo.

En Latinoamérica, esa tendencia se verá reforzada por el histórico patrón de un varón descomprometido, tanto con la madre de sus hijos como con estos últimos. Esta caída en las tasas de fecundidad, y de la presión que recayó históricamente sobre la procreación y la maternidad, es el cambio más importante en la condición de la mujer moderna.

El caso chileno

A su vez, la evolución chilena de la situación de la mujer no ha seguido exactamente la misma progresión descrita antes, tanto en tiempo como en demandas.

Tampoco las causas que explican algunos de esos cambios son las mismas. Como sucede con el descenso de la natalidad y del número de hijos por persona, que no pueden explicarse solo por su incorporación al mundo laboral.

Una primera contribución que puede hacer la UC en esta materia es aportar con mejores estudios en torno a esta realidad, que permitan tener un adecuado diagnóstico, indispensable para promover políticas públicas y desarrollarse en todos los planos. 
Las posibilidades reales, por ejemplo, de conciliar familia y trabajo son un desafío urgente para todos, pero especialmente para la mujer, quien continúa cargando la tarea del cuidado de los hijos y de los enfermos del hogar.

La universidad puede contribuir a dar esas alternativas mostrándolas, tanto en el plano teórico como en el práctico, partiendo por desarrollarlas en su interior y luego presentar su experiencia. 

No cabe duda que, como afirmara San Juan Pablo II, este siglo está llamado a ser el del “genio” femenino, en cuanto la vida social de un país requiere del aporte complementario de ambos sexos. 

El desafío para Chile es que ello sea posible, promoviendo a la mujer en el desarrollo de su identidad, de sus múltiples dones, capacidades y de sus vocaciones. En esa misma línea, es fundamental permitir que la maternidad sea posible, realzando su aporte a la sociedad en todos los ámbitos.


Propuestas

  1. Incrementar la participación femenina en los cuerpos electivos de representantes, cualquiera
    sea su naturaleza, lo que requiere de esfuerzos específicos.
  2. Realizar una evaluación profunda de la situación de la mujer en Chile con más estudios intencionados, los que permitirían diagnósticos adecuados que son indispensables para la promoción de políticas públicas.
  3. Mejorar las condiciones para compatibilizar la maternidad y el trabajo, asegurando que sean
    siempre posibles.
  4. Disminuir la brecha salarial, más que la laboral, es un desafío inmediato de la sociedad chilena.

Para leer más:

Referencias bibliográficas:

  • Stuven, Ana María; Fermandois, Joaquín. Historia de las mujeres en Chile, Penguin Random House Grupo Editorial Chile, 2014.
  • Egaña, María Loreto; Núñez, Iván y Salinas, Cecilia. La educación primaria en Chile, 1860-1930: una aventura de niñas y maestras. Lom Ediciones, 2003.
  • Stuven, Ana María; Cabello, Tania; Crisóstomo, Bernardita y Lozier, Maureen. La mujer ayer y hoy: un recorrido de incorporación social y política. Centro de Políticas Públicas UC, 2013. 
  • Montecinos, Sonia (compiladora). Mujeres chilenas: fragmentos de una historia. Editorial Catalonia, Unesco, 2008.

 


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